Un triángulo de luz

Lanzaste la moneda solo para comprobar si yo la seguiría con la mirada. Fue en la piscina de la casa Malva, en el jardín donde pasaron los mejores recuerdos de verano.

—Un trozo de tarta para quien la encuentre —dijiste.

Yo, sobre la húmeda toalla pegada al borde, disimulaba por entre las páginas de Miller mientras miraba de reojo hacia tu sombrero de paja. Tú, reías y fumabas sosteniendo las cartas de la baraja, como un abanico lleno de mensajes cifrados. Los niños correteaban con los flotadores o los manguitos puestos, llenos de inocencia y de carcajadas nerviosas por atraparse. En las hamacas ellas, con los cascos a modo de diadema y un par de revistas con ídolos en las portadas. En el césped ellos, dormidos con la cara cubierta con sus camisetas. Vuestra mesa estaba llena de botellas, de restos de dulce, de ceniceros y de alboroto adulto. Tú, con el vestido de rayas abierto y el bikini granate a medio asomar, comías los restos del milhojas pegando y despegando tu dedo índice del plato. Yo, con mi libro como escondite, no podía dejar de leerte a ti, todos tus puntos, todas tus comas.

El pequeño Guille reclamó tu atención, algo te dijo. Al levantarte se abrazó a tus piernas y con un zarandeo le abrazaste mientras besabas mil veces su mejilla. Se fue corriendo y tú caminaste hacia la cortina de bolitas de madera. En un par de minutos regresabas con una tarta que dejaste sobre la mesa auxiliar, antes de acercarte al borde de la piscina. Entonces fue cuando lo dijiste, justo antes de tirar la moneda al agua como pidiendo un deseo. Me miraste guiñando un ojo y sonreíste. Yo también lo pedí mientras me colocaba los tirantes sin apartar la vista del reflejo dorado, que se sumergía rápido hacia el fondo. Dejé de escuchar el griterío porque solo me escuchaba a mí, la respiración, el pum pum. Ellos ni se movieron, ellas levantaron la cabeza, se apartaron los cascos un momento y volvieron a sus confidencias. Los pequeños corrieron al borde y se tiraron sin más. Bucearon una y otra vez, una y otra vez, pero nada. Protestaron por no encontrarla, lo intentaron en cuatro chapuzones más y te llamaron, que estabas de nuevo con las cartas en tu mano izquierda y con la derecha bebiendo de una copa de balón. Volviste a la piscina a soportar con gracia sus protestas, la moneda no estaba te decían, gritaban que no la habías tirado y tú reías mientras afirmabas que sí, y levantabas los hombros. Vi cómo recorrías el fondo con la mirada buscándola, lo hacías con detalle, tu cigarro quedó mitad ceniza. Te reclamaron en la mesa, era tu turno. Antes de irte volviste a mirarme mientras les decías en alto que podían comer tarta aun sin encontrarla y me hacías un gesto ladeando la cabeza. Yo negué moviéndola muy poco.

Era de cincuenta céntimos. Estuve en el lugar exacto, aquel que ofrece una vista que solo una persona puede tener, y esa vez fue para mí. El sol caía sobre la piscina desplegando múltiples reflejos, sus rayos se sumergían y se proyectaban sobre los baldosines azules. Desde mi posición vi caer la moneda cerca de una de las esquinas. Era un sitio donde un rayo de sol dibujaba un triángulo de luz como una porción de la tarta y donde el dorado de la moneda no se distinguía. Esperé impaciente los chapuzones, pendiente de que el rayo no se moviera y pudiese ponerla al descubierto. Con el alboroto de la merienda aproveché para deslizarme casi sin ruido en el agua. La apreté con fuerza dentro de mi mano, no eran cincuenta céntimos, sentí que era un pase especial a ti y no podía perderlo.

Debían ser las once y pico, subiste a tu habitación. Te seguí detrás para enseñarte la moneda, quería hacerlo sin que hubiera alguien delante porque era nuestro secreto. Cerraste la puerta y yo enseguida llamé dos veces con los nudillos, no quería pensarlo porque me podían los nervios. Levantaste las cejas, te enseñé la palma de mi mano.

—Pues… ya no queda tarta.

Se oyó crujir la escalera, subía tía Coro que al vernos comenzó a quejarse de una picadura de mosquito y se puso a mi lado en la puerta.

—Venga a la cama —me dijo. Tú me miraste y bajaste los ojos hacia mi mano que ya estaba cerrada y pegada a mi pierna.

—Pasa que te doy la crema —le dijiste.

Hoy recuerdo ese momento, la tía Coro pasó a tu habitación y tú te acercaste con el vestido de rayas dejándome entrever el bikini granate, me agarraste la cara con las manos y me diste un beso en la mejilla. No fue un beso rápido, fue un beso de los que se prolongan un poquito, apenas unos segundos pero que lo hacen porque encierran mucho. Muchas palabras juntas, muchos sentimientos sin palabras, mucho de algo que no se puede nombrar.

Treinta y cinco años después aprieto la moneda en mi mano cuando me cuentan que ya no estás, y siento vívido cada detalle de aquella tarde. El rayo de sol en la esquina de la piscina, tu olor a cloro, tabaco y azúcar, tu pecho marcándose entre las rayas del vestido, mi palma temblar y el tiempo parado esos segundos frente a tu puerta. Tus labios bajo mi pómulo cerca de la comisura de los míos, tan cerca que casi pude notarlos rozarse, y el calor de tu boca al separarte y el tibio resto de carmín. Lo que no recuerdo es escuchar después volverse a abrir tu puerta.

Seguro, lanzaste la moneda solo para comprobar si yo la seguiría con la mirada.

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