Cicatriz

Cicatriz

Nunca pensé que fuese a ser una mujer. Ni siquiera me lo planteé. Simplemente di por supuesto que sería alguien como él, alguien parecido a Miguel.

Ahora veo que no tiene lógica; nada de esto la tiene, la verdad. Todo este tiempo, este esfuerzo dedicado a buscar… ¿A buscar qué? ¿Qué esperaba encontrar? ¿A alguien como él? ¿Alguien que compartiese alguno de sus gustos, de sus gestos? ¿El mismo tono de voz, quizás? No lo sé. Creo que solamente quería dar con algo, cualquier cosa, que revelase su presencia en ese cuerpo extraño.

Hoy la he seguido. Por todo el centro. Calcando sus movimientos, sus pasos. Al principio creí que iba de compras, pero no, enseguida me di cuenta de que ese era únicamente el pretexto: para empaparse de ciudad, de gente, de movimiento.

La he visto observar a los repartidores, saliendo a la carrera de sus furgonetas mal aparcadas, empujando en sus carritos torres de cajas de cartón tan altas como ellos. La he visto escuchar recortes de conversaciones ajenas, de gente que, a media mañana, para en su trabajo y baja al bar de la esquina a tomar un café con sus compañeros. La he visto correr junto a peatones que, sin dejar de mirar el reloj, se arriesgaban a ser pitados por cruzar cuando no debían, donde no debían.

La he visto caminar sin rumbo fijo sabiendo, exactamente, a dónde quería llegar.

Se ha sentado en una terraza, en una placita que yo no conocía, aunque he paseado cientos de veces por estas callejuelas. Ha sacado unas gafas de sol, ha apoyado la espalda en el respaldo de la silla de metal y, levantando un poco la barbilla, ha dejado que la luz le inunde la cara.

Mi mente me lleva al pasado, a todos esos días que como hoy, fríos y soleados, pasé con Miguel. Nos gustaba desperezarnos sin prisa, levantar la persiana y volver corriendo a la cama hasta que el sol templaba la habitación. Si el día anterior habíamos salido de fiesta, Miguel se levantaba y preparaba chocolate, bien caliente; manías de la abuela, decía. No he podido volver a tomarlo.

Estoy sentada en una mesa del bar de enfrente. No creo que nos separen más de diez o doce metros. Parece una mujer agradable, sus facciones lo son. Se ha desabrochado el abrigo; debajo lleva un vestido quizás demasiado ligero para este tiempo. No parece importarle. Nada parece hacerlo. Ahora mismo se diría que es transparente a la realidad.

El camarero se ha acercado a ella, se ha puesto la bandeja debajo del brazo y han charlado animadamente durante un buen rato. Sin duda se conocen desde hace tiempo. Él, finalmente, le pregunta algo, toma nota en una libretilla que ha sacado del bolsillo de su chaleco y, dando media vuelta, desaparece en la penumbra del bar.

No parece que le haya costado trabajo decidir, supongo que habrá pedido lo de costumbre. Es curioso, la cantidad de decisiones que tomamos a lo largo del día, de todos los días, sin darnos cuenta. Cedemos la responsabilidad sobre las pequeñas elecciones a esa parte del cerebro que se encarga de las monotonías, de las simples repeticiones, para así poder dedicarnos a actividades más placenteras. O, simplemente, a no hacer nada.

Y entonces llega el caos. Y, aunque crees que estás preparada, no lo estás. Porque nada te prepara para ese momento.

Un día, uno cualquiera, recibes a media tarde la llamada de un número desconocido y, tras asegurarse de que eres la persona que están buscando, te dicen que ha habido un accidente, que Miguel ha sufrido un atropello, que está en el hospital. Que está grave.

Te piden que vayas cuanto antes. Y tú lo dejas todo y vas. Y en cuanto entras por la puerta te empiezan a bombardear con jerga médica, con información que agradeces, pero que no entiendes, porque tú lo único que quieres es poder verlo, tocarlo, besarlo.

Te llevan a su lado y casi no lo reconoces: intubado, magullado, con cortes por todos lados. Tocas su mano para asegurarte de que es él. Está ardiendo.

El médico que te ha acompañado no ha dejado de hablar en todo momento. Ahora está junto a la cama, a tu lado. Pone unos papeles frente a ti y te dice que la única opción es operarlo cuanto antes. Que es peligroso. Que necesitan tu consentimiento. Y, aunque el hospital está lleno de gente, tú estás sola; porque nadie más va a poder decidir por ti; porque, aunque hagas miles de preguntas y recibas miles de respuestas, la firma en el documento será la tuya.

Las cosas no salen bien, y Miguel acaba en coma. Y, tras dos meses largos en ese estado, una tarde, al entrar en su habitación, te encuentras a su médico junto a él, esperándote. El corazón te da un vuelco pensando que serán buenas noticias. Pero no lo son, se lo ves enseguida en la cara. Te dice que Miguel no lo ha superado, que ya no hay actividad eléctrica en su cerebro, que su mente se ha apagado. Ahora no es más que el cascarón vacío del hombre que un día amé, que todavía amo.

Sus palabras te llegan como si estuvieses bajo el agua; suenan apagadas, lejanas. Y entonces, cuando por fin lo comprendes, llega el dolor. Un dolor que, como el calor del fuego, sientes antes de que toque tu piel; una cuchilla que te abre en canal, de arriba abajo; una mano repugnante que te revuelve las tripas y que te arranca de lo más hondo aquello que más quieres mientras aún palpita.

Pierdo la noción del tiempo. El mundo pasa a mi alrededor, pero soy incapaz de comprenderlo. Se ha convertido en una sucesión de escenas cortadas y mal ordenadas de una película que es, a la par, extraña y familiar.

Dejo que mis párpados me proporcionen el alivio de la oscuridad, pero sólo dura unos segundos porque entonces empiezo a oír mis pensamientos, mis recuerdos, las voces y ruidos a mi alrededor; un todo mezclado, fusionado, en un único sonido cada vez más agudo y penetrante.

Cuando el pitido que suena en mi cabeza desaparece abro los ojos; hay otra persona en la habitación, una mujer; no parece ser doctora. Me coge de la mano. Se sienta a mi lado. Veo cómo mueve los labios. Tardo unos segundos en comprender lo que me está diciendo.

Me está hablando de la generosidad de los donantes de órganos, de las vidas que se salvan gracias a su solidaridad; de la esperanza y de la alegría de los receptores, familiares y amigos. Siento que sus palabras me están preparando para algo, pero no alcanzo a ver para qué. Veo cómo van trazando una espiral, cada vez más cerrada, cada vez más cercana.

Y entonces la interrumpo, y le digo que sí; que doy mi consentimiento a que le extraigan los órganos cuando muera. Porque sé que él lo habría querido así. Porque yo misma lo quiero así… Porque quiero que esto pare: no puedo seguir oyendo nada más.

La mujer guarda ahora silencio. Noto cómo sus manos estrechan un poco más las mías y busco sus ojos. En su mirada hay tristeza y comprensión, pero también hay… espera. Me está dando tiempo. Tiempo para que asimile la situación, para que ordene la realidad.

Giro la cabeza y veo a Miguel en la cama. Veo los tubos, el respirador, el gotero. Me doy cuenta de que ese ya no es Miguel; que es sólo el cuerpo que un día lo contuvo; que si las máquinas se apagasen desaparecería todo vestigio de él; que esa es, sí, la decisión que esperan de mí.

He tardado mucho en recuperarme de aquello. Hubo momentos en los que me sentí superada, en los que pensé que no podría. Pero lo hice. El tiempo ha ido añadiendo puntos de sutura a la herida abierta. Ha sido un proceso largo y doloroso que me ha dejado marcada la piel; a cambio me ha permitido sobrevivir.

Dejo el pasado a un lado; no quiero olvidarlo, pero no es un buen lugar para vivir en él. Vuelvo al aquí, al ahora. A esta plaza felizmente descubierta. A su luz. Al griterío de los críos jugando a sus anchas mientras sus padres toman algo en las terrazas. Al olor a especias que llega del restaurante hindú de la esquina. Al sabor amargo y fresco de la cerveza.

Me fijo de nuevo en ella, apenas se ha movido. Sigue disfrutando del sol en la piel, del ambiente a su alrededor. Empiezo a comprender por qué le gusta este lugar.

El camarero se acerca a su mesa y deja sobre ella el pedido: una caña y un platillo con aceitunas. Ella, al verlo, parece dudar unos instantes. Finalmente se gira y le dice algo. Él, que ha vuelto a ponerse la bandeja bajo el brazo, se muestra sorprendido. Intercambian algunas palabras y a los dos les da la risa. Él asiente, coloca de nuevo la consumición en la bandeja y se vuelve al bar. Al rato sale de nuevo. Deja ahora frente a ella una taza grande de la que sale un hilillo blanco de vapor; hace una pequeña reverencia, siguiendo una broma que sólo ellos conocen, y se vuelve al interior del local.

La mujer toma la taza con ambas manos, sintiendo su calor, y da un pequeño sorbo. Después la deja de nuevo sobre su plato y vuelve a recostarse en la silla, a alzar la mirada para sentir de pleno el sol.

Y mientras el tiempo sucede, con su dedo corazón y casi sin darse cuenta, recorre sobre su pecho la marca que nos une a ella y a mí.

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