Dragones

Mi primer relato fue una mierda. Trataba de una princesa, un príncipe y un dragón. Me dijeron que sería un fracaso rotundo. ¡Había miles de historias de este tipo y, además, la temática estaba pasada de moda! Para colmo, ¡las niñas ya no querían ser princesas! Así que metí el manuscrito en el olvido de una carpeta del ordenador. En el segundo relato puse también un dragón. Uno pusilánime. Que se asustaba hasta del fuego que salía de su propia boca. Un dragón con escamas de un color verde desvaído, que se desprendían con una simple sacudida. Un dragón que es salvado de la extinción por una joven bióloga. Lo mandé a uno de esos concursos literarios. Por supuesto, no gané. En el tercero, el dragón no hacía nada. Solo volar por paisajes desérticos, por grandes bosques, por playas, por glaciares. Escribí todo un recital de descripciones casi poéticas a las que solo les faltaba música clásica. Lo borré antes de terminarlo, por puro aburrimiento. Lo intenté de nuevo. El dragón dormía. Y al dormir, soñaba. Y soñaba que era un ser humano que sabía escribir historias legendarias sobre un dragón que quemaba a los críticos literarios.

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