La muñeca.

La muñeca colgaba de la rama de un árbol. Todavía giraba sobre sí misma, sujeta, milagrosamente, por los pocos pelos que le quedaban. Le habían arrancado una pierna y mostraba quemaduras en la cabeza y en una de las manos. Y no había sido un juguete barato, como tampoco habían sido baratas las otras muñecas. El padre de las mellizas compraba las mejores para Carla, su ojito derecho, sin reparar en gastos y, a los pocos meses, aparecían sucias, mutiladas o quemadas.

Ángeles, la melliza de Carla, tras una larga carrera por el camino pedregoso, llegó hasta el árbol. Su aspecto gris, con ramas tortuosas y agrietadas, acompañaban al tétrico baile de la pepona. Los ojos de Ángeles brillaban, como si fuera a llorar.

La muñeca dejó de girar.

Detrás de Ángeles venía, cansado y con el rostro compungido, el padre de las mellizas.  El hombre buscó con la mirada a Carla, sabiendo que le sería difícil verla. La capacidad que tenía la niña para esconderse era prodigiosa. El hombre emitió un suspiro largo y quejumbroso, mientras apartaba a Ángeles para descolgar la muñeca. Con cierto hastío, pero ya pensando en la próxima muñeca que le compraría, se la pasó a su hija, que la apretó contra su pecho. Su padre le dijo que volviera a casa, que él se ocuparía de encontrar a Carla y regañarla. A la muñeca se le desprendió un ojo. Ángeles lo recogió, al tiempo que esbozaba una sonrisa.

Al llegar a casa, Ángeles fue directa al cobertizo. Colocó la muñeca en la estantería donde, como trofeos de caza, estaban las otras. Las miró con satisfacción. Sabía que su padre no se ocuparía de su hermana, que no la buscaría; siempre lo decía y nunca lo hacía. Esperó a que Carla llegara y le pidiera perdón. Perdón porque su padre la quería más que a ella. Perdón para que no volviera a destrozar su próxima muñeca. Ángela volvería a jurarle que no lo haría, y Carla, una vez más, la creería.

Metió el ojo caído en una bolsa, junto con otros tantos ojos.

 

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