La vieja y el faro

El faro es feo. De hormigón gris. Con las vidrieras de la cúpula sucias y resquebrajadas tras años de abandono. La linterna dejó de iluminar cuatro, quizá cinco, décadas atrás. Alrededor de él, zarzas que resisten al salitre, al calor pegajoso y a la fuerza del viento marino. Sobre el fondo gris del hormigón, adolescentes en busca de aventuras y deseos artísticos, van dejando su huella.

Un chirrido. Una bicicleta oxidada. Tan oxidada como la barandilla del balcón del faro. Sobre ella pedalea una mujer, con la cabeza cubierta con una enorme pamela trenzada en paja. Se detiene frente a la torre. Apoya un pie en el suelo y espera hasta recuperar el resuello. Ya no es joven. Ha olvidado cuándo dejó la juventud. Huele las moras calientes y la brisa mediterránea. La mujer mira ahora el faro; su sencillez resulta abrumadora. Mira con aprensión la barandilla. Desvía los ojos en dirección al sol, casi sobre un fondo blanco. Hacía el mar, donde un barco de vela pintado de rojo surca unas aguas silenciosas y brillantes. Luego los desvía hacia la vegetación, a tres tiros de piedra: arbustos raquíticos que comparten la misma sencillez abrumadora del faro.

Baja de la bicicleta. La deja sobre el suelo pedregoso y decolorado desde tiempos arcaicos. Una gaviota sobrevuela por encima del faro. Se abandona a una repentina ráfaga de aire, con pereza. La mujer se sujeta con las dos manos la pamela y busca una sombra. A esas horas, ni el faro la puede cobijar del sol. Flota en el aire la viscosidad que se suele imponer en los veranos más duros. Veranos que la mujer añora. Sin prisas, se acerca a la torre.

Una serpiente se aparta, alertada por la presencia humana. Las zarzas son densas, mucho más altas que la mujer. Imposible llegar hasta la puerta, que está obstruida por una plancha de hierro herrumbrosa. Se sienta en una piedra. Cerca se balancea una mantis religiosa de color terroso. Sus movimientos son hipnóticos. A poca distancia, la serpiente acecha al insecto. La mujer observa a los dos animales, mientras los minutos pasan lentamente. Mientras que el calor se va haciendo más pesado, más insoportable. La mujer espera el momento en el que el reptil se abalance sobre la mantis. La paciencia es lo suyo, ha tardado veinte años, pleito tras pleito, en conseguir que le declaren dueña legal del faro. Y durante esos años ha ido dejado tras de sí «cadáveres», amistades, reputación.

La mujer sonríe.  Por supuesto, tiene asumido que de ella dirán «¡Mirad, la loca del faro!». No le importa. No puede ser de otra manera. Sí, el faro es feo, pero la lucha para adquirirlo ha valido la pena. En esa torre pasó su infancia, su juventud, perdió su inocencia y mató a la persona que más amaba. Ahora recuperará, por fin, su pasado, escribirá sus memorias, sobre lo que ocurrió en la barandilla, y, tal vez, relatará una escena donde aparezca una mantis comiéndose a una serpiente.

Etiquetas: Faro, relato

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