Enredado

Enredado

Tres o cuatro veces al año, sin previo aviso y sin compromiso de asistencia, varios colegas del trabajo solemos quedar para cenar, tomar unas copas y llegar a casa lo más tarde que nuestras actividades del día siguiente nos permiten.

Una de las últimas veces, tras mucho de todo, acabaron dándonos las tantas de la madrugada y entre risas y abrazos llegamos a las despedidas.

Una compañera y yo, que compartíamos ruta, decidimos volvernos a casa en el búho; total, Cibeles estaba a cinco minutos andando.

No sé si fue por los efectos del alcohol, por intentar mantener la estabilidad o por el frío que hacía, pero a la altura de Sevilla nos cogimos del brazo, nos apretujamos el uno contra el otro y procuramos sincronizar el paso para que el aire no se nos colara por en medio.

Y así seguimos hasta el autobús. Y en el autobús, mientras charlábamos, hasta que se bajó unas cuantas paradas antes que yo.

No recuerdo haberme sentido atraído por ella; sin embargo, cuando nos separamos, noté que me dejaba un vacío cálido en el estómago. Ya me había pasado otras veces; mi cuerpo es incapaz de soportar, más allá de unos pocos meses, la vida en soledad.

Esa misma noche fui consciente, además, de que tendría que intentarlo con alguien ajeno a mi círculo. Creo que no habría soportado la negativa de una mujer que me conociese.

Una vez comprendidos estos hechos tan simples, la solución se hizo visible de inmediato: el anuncio televisivo al que jamás había prestado atención cobró significado. Ya sólo quedaba lanzarse y buscar la página web, apuntarse, rellenar la ficha, el test, adjuntar una fotografía,…

Creí que a partir de ese momento la cosa iría rodada. Me equivocaba. Mucho. No dejaban de llegarme mensajes que a mí no me interesaban en absoluto, y que yo declinaba lo más amablemente que podía, mientras que los míos eran sistemáticamente ignorados.

Desesperante. Algo estaba haciendo rematadamente mal, y estaba tan metido en el asunto que era incapaz de ver qué era.

¡Lele! Tenía que hablar con ella y conseguir que me echase una mano.

Lele y yo nos conocimos el primer día de instituto. Nos caímos mal inmediatamente. No sabría decir por qué, fue algo… visceral.

Seguimos así hasta mediados de curso, cuando coincidimos corriendo delante de la policía en no sé qué protesta estudiantil; aunque corríamos todo lo que podíamos, el humo y los gritos estaban cada vez más cerca.

Yo estaba acojonado, me sentía como un pulpo a la espera de ser ablandado. Lele no. Lele sabía qué hacer, podía vérselo en los ojos. Al doblar una esquina me cogió del brazo y me arrastró hasta el portal más cercano; me empotró entre la puerta y la pared y, justo cuando las porras llegaban a nuestra altura, me besó.

Un policía se paró a unos metros de nosotros. La escena le debió parecer rara pero, tras observarnos un par de segundos, giró la cabeza y siguió repartiendo calle abajo.

Nos separamos y la miré sorprendido durante un buen rato. Fue ella la que finalmente dijo algo.

–Si lo cuentas te arranco los pulmones.

Por supuesto nunca conté nada de aquello, y nunca más nos besamos; sin embargo, a partir de ese día nos convertimos en inseparables.

Quedamos para vernos en mi casa el jueves por la tarde. Jose, su chico, se haría cargo de los dos chavales.

Escuchó atentamente mientras le contaba toda la historia. No hubo interrupciones. De vez en cuando daba un trago a su cerveza y asentía con la cabeza. Cuando acabé, recapituló mentalmente unos segundos. Yo no dejaba de mirar sus labios, expectante por lo que fuese a decir.

–Tustasmutonto.

Me lo dijo así, todo junto.

–¿Y no podías quedar con alguna chica, como todo el mundo? Un bailoteo, unas copitas, un poco de charla…

Se quedó observándome unos segundos.

–Vale, no he dicho nada. Veremos qué se puede hacer…

Miró por la ventana. Se nos había echado la noche encima así que decidimos dejarlo para la semana siguiente.

La acompañé hasta la puerta. Al salir, dio media vuelta para despedirse. Lo que yo creí que sería un “Ya nos veremos, sé bueno”, fue un “Me separo de Jose, el domingo”. Y sin más, me dio un beso en la mejilla y desapareció escaleras abajo. El ruido de la cancela del portal me sacó del alelamiento.

–Joder, Lele.

Sabía que si la llamaba no iba a coger el teléfono así que preferí esperar hasta el día de la cita para poder charlar tranquilamente con ella. Llegó quince minutos tarde y con un crio cogido de cada mano; Jose estaba recogiendo algunas cosas en casa.

Adiós a mis planes.

Visto lo visto decidimos que lo mejor sería que Lele se dedicase a revisar mi perfil y las solicitudes, y que yo me dedicase a los chicos. Nada que objetar, a los cuatro nos pareció una idea estupenda.

Al final de la tarde Lele me dio varias recomendaciones para “alegrar” mi perfil. Yo, a cambio, le devolví dos piltrafillas con la energía justa para que pudiese llevárselos a casa sin problemas y meterlos en la cama.

Los siguientes días fueron un constante intercambio de sugerencias por su parte y de intentos de acercamiento por la mía. Tampoco podía insistir mucho, Lele me contaría lo que tuviese que contarme cuando lo considerase oportuno.

Por mi parte, pasaba las tardes sentado frente al ordenador: mano derecha al ratón, mano izquierda al botellín y a los panchitos. Al menos este sistema estaba siendo más barato que ir a un bar de solteros.

Casi mes y medio después de su última visita, Lele se presentó una tarde en mi casa sin previo aviso. Viniendo de ella tampoco me extrañó. Tardamos en ponernos al día de los temas generales lo que se tarda en recorrer el espacio que hay entre la puerta de entrada y el sofá del salón.

Cómodamente sentados, y con el portátil frente a nosotros, me pidió que la pusiese al día en el tema del “ciberligoteo”. Esto nos llevó algo más de tiempo, tampoco demasiado; contadas por mí, las cuatro citas que había tenido desde la última vez que nos vimos no daban para mucho.

Lele no sólo escuchaba: preguntaba, opinaba. Participaba. Al final me dio un golpe en el hombro de esos que se dan los amigos del alma en las películas americanas para expresar afecto, comprensión y solidaridad; Por desgracia Lele nunca supo calibrar su fuerza.

–Hostias, Lele. ¡Duele!

Me levanté frotándome el golpe y fui a la cocina a por un par de cervezas, las necesitábamos. La nevera estaba prácticamente vacía, así que no tuve que rebuscar demasiado.

–Se tiraba… se tira a una de sus “colaboradoras”. Supongo que seguirá haciéndolo.

Me repatea que haga eso, que me pille con la guardia baja cuando suelta estas bombas. Me tomé mi tiempo para abrir las cervezas y volver al salón, no mucho, el justo para evaluar qué estrategia seguir.

Gilipolleces. No había nada que decidir, Lele es mi amiga. Apoyo al cien por cien, sin fisuras, y Jose es un cabrón y ya está.

Los siguientes tres cuartos de hora fueron un monólogo de Lele sobre Jose: la “pillada”, la negación de la mayor, las excusas cada vez más débiles, el reconocimiento, la justificación, la petición de perdón,… la súplica. La patada en el culo que le dio Lele, físicamente hablando.

Yo escuchaba.

Cuando acabó nos quedamos mirando la pared de enfrente, en silencio, hombro con hombro, hasta que acabamos nuestras bebidas.

Se hizo tarde. Lele se levantó y cogió su abrigo; yo le alcancé la mochila.

No podía dejar que se fuese así, tenía que hacer mi papel de “el-mejor-amigo-del-mundo-mundial”. Aprovechando que estaba frente a mí me dispuse a soltarle la frase reconfortante. La tenía preparada desde hacía un buen rato, lo juro; sin embargo, en algún punto entre mi cerebro y mi boca, la frase se perdió y yo me quedé con la boca medio abierta emitiendo un quejumbroso “eeeeee…”.

Penoso.

Lele sonrió, me acercó a ella tirándome del brazo y me abrazó. Al separarnos, mientras caminaba unos pasos de espaldas, me preguntó:

–¿Por qué nunca me devolviste el beso?

Cuando acabé de procesar la pregunta Lele ya estaba saliendo de casa. La puerta de la entrada, al cerrarse, sonó como el cuerpo de un boxeador al caer sobre la lona. Esta vez no sólo me había pillado con la guardia baja, esta vez me había noqueado.

Seguí con la práctica diaria de atender mi perfil social, y de pimplarme un botellín con su correspondiente bolsa de panchitos. Aparte de un par de encuentros para olvidar, lo único que conseguí en ese tiempo fueron unos pantalones dos tallas más grandes y un dolor de cabeza, casi constante, derivado del runruneo de la pregunta de Lele en mi cabeza.

La situación se mantuvo así dos o tres semanas más. Una tarde, de repente, lo vi todo claro. Desde que conozco a Lele nunca ha estado sin pareja, y ahora lo está, y yo también, y nos conocemos de toda la vida. Si hasta me llevo bien con sus hijos.

Estaba claro: yo era su elección, y su pregunta el pie que me daba para que me lanzase.

Reconozco que le di muchas vueltas, que fantaseé con la posibilidad. Pero siempre llegaba a la misma conclusión: nunca había visto a Lele como algo más que una buenísima amiga, ni siquiera las veces que ambos habíamos coincidido en nuestras solterías. Y nunca me pareció que ella estuviese interesada en mí de esa manera. Tenía que hablar con ella.

Esa vez fui yo el que se plantó en casa del otro sin previo aviso.

Error. Según abrió la puerta, y sin mediar besos de por medio ni nada, me soltó:

–¿Baño o cena?

–¿Qué? –acerté a decir yo con mi mejor cara de besugo.

–Que si prefieres bañar a las fieras o preparar cena para cuatro –remató Lele, mientras en su cara crecía una sonrisa con dos hoyuelos.

En fin, que hubo baño y hubo cena, y hubo “chicos, a la cama”, y “jo, un ratito más”, y risas… Y finalmente silencio y tranquilidad. Y Lele y yo sentados en el sofá tomándonos un té.

Por un instante sentí la tentación, la punzada de deseo irracional, de tener más de eso. Más días. Todos los días.

Cuando me volví hacia Lele, ella ya estaba girada hacia mí, se diría que me esperaba. Tomé aire, repasé al vuelo todos mis argumentos y, durante diez minutos, más o menos, le expuse mis conclusiones. Lele no apartaba los ojos de mí, ni siquiera cuando sorbía su té; se diría que me miraba divertida, perpleja, sorprendida.

Al acabar mi perorata Lele dejó la taza sobre la mesa y se puso cómoda en el sofá.

–No has respondido a mi pregunta –eso es lo que dijo; así, con todas sus letras.

¡Cómo que no había respondido a su pregunta! ¡Pues claro que lo había hecho! ¿Qué estaba haciendo ella mientras yo respondía, repasar mentalmente la agenda del día siguiente? Hay veces que mataría a esta chica.

Comenzó a hablar sin esperar mi réplica.

–Reconozco que el punto de partida es bueno, pero el resto… el resto me temo que es un gran patinazo. No has hecho lo que hubiese sido más fácil: responder la pregunta. Literalmente. ¿Por qué nunca me devolviste el beso? Tuviste muchas ocasiones. En alguna, incluso, te lo hubiese permitido. Pero no lo hiciste. ¿Por qué?

Iba a meter baza pero me contuve; me contuve, básicamente, porque la muy puñetera tenía razón. Había montado un circo de tres pistas alrededor de la pregunta, pero ahora, cuando miraba el escenario principal, lo único que veía era una pregunta rodeada por un inmenso vacío; veía una pregunta sin respuesta.

Mientras yo le daba vueltas al tema Lele aprovechó para tomar un par de sorbos de té. Cuando vio en mi cara que, efectivamente, yo había comprendido la situación, siguió hablando.

–La respuesta es muy sencilla: no quisiste hacerlo. Nunca. Así de simple, o quizás no tanto.

–Creo que no eres consciente de ello –continuó–, pero prácticamente todas las relaciones que has tenido te las has cargado tú, activa o pasivamente, pero te las has cargado tú. Sí, no pongas esa cara. Concédete un rato para pensar en ello y lo verás claro. A ti lo que te pasa es que te encanta vivir sólo, crees que te gusta “lo que a todos”, y lo buscas constantemente, pero en el fondo, en el fondo… no soportas compartir tu espacio con nadie.

–Nunca quisiste devolverme ese beso porque sabías que, de haberlo hecho, nos habríamos liado –la voz de Lele sonaba ahora más grave–; y, sí, habríamos vivido nuestra historia de amor, una temporada. Sabías, sabes, que al final habríamos acabado separándonos… sintiendo ese dolor que sólo se calma dando tiempo a la distancia. Por eso no lo hiciste, sólo por eso.

A mí se me había quedado cara de trofeo de pabellón de caza. Mi cuerpo estaba allí pero mi mente vagaba por otro lugar. Lele se levantó del sofá, me dio un par de golpecitos en el hombro, un beso en la frente y se encaminó hacia la cocina con la taza de té vacía.

–Apaga las luces cuando te vayas.

Yo seguía en el sofá, mirando al infinito. En ese momento estaba teniendo “una charla” con mi subconsciente. El muy cabrón acabó confesando, llevaba años timándome, engañándome. Sentí una mezcla de desconcierto, tristeza y vergüenza al reconocer la realidad; sentí que me habían arrancado los pulmones.

Etiquetas: Hb13, pareja, red, relato, web

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