Hermanos de Armas

Categoría: César, habitación 13
Hermanos de Armas

Cuando el tren sale del túnel una avalancha de traqueteo barre todo el valle. Gérard, el maquinista, hace sonar el silbato de vapor. No tiene por qué hacerlo pero, desde que acabó la guerra, no puede reprimirse. Le encanta hacerlo. Y cualquier excusa es buena: túneles, estaciones, puentes… Es su manera de decir a todos que está contento, feliz por hacer lo que hace. Que está vivo. Sí, sobre todo eso… que está vivo.

Las vías corren entre los abetos, siguiendo la margen izquierda del río. Desde su posición en la cabina, Gérard aprovecha cada claro en el bosque para asomar medio cuerpo fuera de la locomotora y dejar que el viento le sople la ropa. De paso también echa un vistazo al convoy; esta vez sólo lleva enganchados un par de vagones: uno de mercancías y otro más de pasajeros. Pasajeras, en realidad, por lo que pudo ver en la estación antes de salir.

Gérard siente curiosidad, no sólo por el cargamento o por el pasaje, que también, sino por el destino: se dirigen al pueblo en el que creció. Y tiene una sensación rara, desagradable, en la boca del estómago. Le pasa cada vez que vuelve. Es como querer estar allí y, a la vez, en otro sitio distinto, lejano. Desde que salió del pueblo, hace quince años, únicamente ha vuelto cinco o seis veces; se conforma con verlo en la distancia, asomado a la ventanilla de su locomotora, cada vez que pasa por delante.

El final del valle conecta con una gran planicie, hasta dónde alcanza la vista no se distingue el más mínimo resalte. Gérard, que no conoce más país ni más paisaje que este, sabe que en unos años volverá a ser verde y frondoso, habitable. Habitado. Pero ahora no, aún no. Hoy sólo es tierra, en todos sus colores y tonos, en todas sus texturas. Una vasta superficie, inerte, por la que hace poco vagaban, sin rumbo, grupos de soldados de ambos bandos.

Días antes del armisticio uno de estos grupos, combatientes de la resistencia, entra en una pequeña población del llano. El tamaño y la ausencia de edificios industriales indican claramente que la estación de tren situada a las afueras está allí únicamente por motivos estratégicos, por estar en mitad de la nada.

El grupo de hombres no tarda mucho en atravesar el pueblo. Casi todas las casas están derruidas y apenas hay lugares donde un enemigo podría esconderse y atacar por sorpresa.

Sin embargo, al llegar al otro extremo ven que enfrente de ellos, a trescientos o cuatrocientos metros, se mantiene en pie un edificio grande, ancho, de dos plantas, con grandes ventanales y un amplio patio a la entrada. ¿Un internado, tal vez? Se aproximan con cuidado: la mitad de ellos por la entrada principal, el resto por la parte de atrás. No hay un solo muro que no esté picado de viruela.

Cuando se encuentran de nuevo en el vestíbulo de la planta baja, los que han ido por detrás cuentan al resto que han encontrado una docena de tumbas, muchas de ellas superficiales. Algunas bastante recientes. Un par de ellas demasiado pequeñas para ser de un adulto.

Vuelven a dividirse para inspeccionar el edificio por dentro, esta vez en tres grupos; los dos más numerosos se dirigen al piso superior y al sótano, el resto toma posiciones en la planta baja.

Unos diez minutos más tarde, el grupo que ha registrado el piso de arriba está de vuelta. No han encontrado nada. Al poco aparecen los demás hombres.

–No os vais a creer lo que había ahí abajo.

Y se separan, desvelando la sorpresa: un grupo de quince críos, niños y niñas, cubiertos de polvo de la cabeza a los pies; el mayor de ellos no puede tener más de doce o trece años.

Los chavales les cuentan que llevan en Saint-Sulpice, en el hospicio, desde siempre; que al principio no se enteraron de la guerra; pero que luego sí, cuando empezaron a escasear los envíos de comida. Por suerte tienen algo de ayuda, la 311. Cuando el tren que pasa lleva esa locomotora a la cabeza no es raro encontrar a lo largo de las vías latas de conservas y carbón para las estufas.

–Cosas que “se caen” de los vagones –dice uno poniendo cara de santo.

–No se está tan mal –mienten a coro, quitándole importancia, haciéndose los gallitos.

–Lo peor fue hace unos días –continúa el mayor de ellos–, cuando un grupo de soldados enemigos apareció por entre las casas del pueblo. En cuanto los vimos llegar nos preparamos: mientras el señor Dante y tres de nosotros subíamos al primer piso con nuestros fusiles y la escasa munición que aún nos quedaba, la hermana Béatrice reunía al resto para bajar al sótano. Hubo intercambio de disparos; durante un largo rato. Al final los asaltantes se cansaron, lanzaron una granada para cubrir su retirada y desaparecieron.

El chico que ha relatado el asalto baja la mirada y mete las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos. Las punteras de sus zapatos casi se tocan. Coge aire y sigue.

–Cuando el viento arrastró la nube de polvo y dejaron de pitarnos los oídos vimos que al señor Dante le habían alcanzado las balas; a dos pequeños que estaban en el patio y a la hermana Béatrice que salió a buscarlos, la granada. Los enterramos esa misma tarde. A todos juntos. Al lado de los otros.

Todos callan, por respeto, porque saben lo que es enterrar a un hermano, porque en tiempo de guerra no se puede compartir nada más valioso que un poco de paz.

–A nosotros no nos disparasteis al llegar –comenta uno de los soldados, el que parece ser el jefe, tras un par de segundos. Intenta cambiar el tono de la conversación.

–Es que ya no teníamos munición –le dice uno de los chicos desde el fondo.

–Pero casi les apedreamos –remata otro, y se echan a reír.

Pasan el resto del día juntos y, durante unas horas, los niños vuelven a ser niños, y se permiten jugar, y los soldados, personas, y se permiten sentir. Corren, ríen, se cuentan historias mientras comparten la poca comida que tienen. Esa noche ninguno de los soldados siente cansancio, todos quieren hacer guardia y velar los sueños de los quince niños, verlos dormir, sólo eso.

A la mañana siguiente, procurando no hacer ruido, los soldados se preparan para continuar la marcha.

–¿Por qué no nos han avisado antes, Capitán? –tres de los chavales ya están en pie–. Vamos a tardar un poco en despertar a todos y recoger nuestras cosas.

El jefe de los soldados, el que los chicos llaman Capitán, no dice nada. Les mantiene la mirada, deja que sean ellos mismos los que deduzcan cuál es la situación.

–No vamos a ninguna parte –dice uno de los chicos, más para sí mismo que para los otros dos, mientras su cara se queda sin expresión–, van a dejarnos aquí.

Los soldados que están alrededor siguen recogiendo sus cosas, lo hacen con la mirada baja. Los que ya han acabado aceleran la marcha al pasar junto a ellos.

–No podemos llevaros con nosotros –les dice el capitán–, no soportaríais el ritmo; un par de vosotros tal vez, pero el resto… Además, aquí habéis aguantado bastante bien, y dicen que no falta mucho para el final de la guerra.

–Ya –eso es todo lo que alcanzan a decir.

–Os dejaremos algo de munición –sentencia el capitán–. Por si acaso.

La mayoría de los soldados está al final de la sala, al lado de la puerta, el resto ya está fuera. Esperan la orden de su jefe, que ha dado la espalda a los niños y ahora se dirige hacia ellos.

Mientras avanza oye como los chicos hablan en voz baja entre ellos: hazlo, dice uno, díselo, apremia otro.

Cuando está llegando junto a sus soldados, e inicia el gesto para hacer salir a todos, una voz le alcanza desde el otro extremo de la sala. Una acción desesperada. Un disparo a ciegas.

–¡Tenemos comida!

Los soldados se paran. El capitán gira levemente la cabeza.

–¿Qué has dicho? –pregunta, retando al chaval a repetir el tiro.

–¡Que tenemos comida! –le dice de nuevo adelantándose un par de pasos, gritando aún más–. ¡Mucha!

El capitán da media vuelta y echa a andar hacia donde están los chicos. Al llegar a su altura se para.

–Así que tenéis comida… Mucha comida… Vaya. Y dime, ¿por qué tendría que creerte?

–Habíamos cogido esto para el desayuno –y hace una seña a los dos que le acompañan.

Los chavales salen de la habitación por una puerta lateral. A los pocos segundos reaparecen cargando como pueden dos enormes latas de conservas. Las dejan a los pies del capitán.

–Melocotones en almíbar –le dice el chico–. Diez kilos. Cada una.

El capitán no acaba de creerse lo que está viendo. Los soldados que estaban al fondo de la sala tampoco, así que se han acercado a comprobarlo.

–Decidme, chicos, ¿cuánta comida tenéis, exactamente? –pregunta el capitán, intentando apartar la mirada de las latas.

–No lo sé –le responde el mayor–. Mucha. Dos estantes hasta el techo casi llenos. Y hay de todo.

–Ya veo. Debe ser una habitación muy grande, ¿no? Y estar bien escondida, claro, porque ayer no la vimos en el registro.

–Sí –le dice el chico justo en el momento en el que se da cuenta del rumbo de la conversación–, pero no les vamos a decir dónde está –y da un paso atrás, uniéndose a sus dos compañeros.

–Escúchame, mocoso, no tenemos tiempo para esto –el capitán ha subido el volumen de voz–. Dadnos la comida y nos marcharemos. No os preocupéis, no la cogeremos toda. Os dejaremos la suficiente para que aguantéis hasta que os enviemos ayuda.

–Ni hablar, Capitán. Además, quién nos asegura que llegarán a un puesto de mando, y que enviarán a alguien para defendernos; lo mismo caen en una emboscada y acaban prisioneros, o muertos. Puede ser, ¿no? ¿Y entonces, qué?

El capitán deja su mochila en el suelo, acerca un taburete y se sienta en él. Los ojos de todos quedan a la misma altura.

–Vamos a hacer una cosa –les dice en tono más grave mientras desenfunda el cuchillo que lleva al cinto–. Traemos a uno de vuestros hermanos, a uno de los pequeños, y yo vuelvo a preguntarte –gesticula descuidadamente con la mano que sujeta el arma–. Si obtengo una respuesta positiva todos tan amigos: repartimos la comida y nos vamos. Si no es así…

El sonido sordo del acero contra la madera vieja de la tarima resuena en toda la estancia, y hace que los chicos den un respingo. El capitán ha dejado caer el cuchillo, que queda clavado en el suelo a la vista de todos, y ahora espera. Deja que lo vean, un par de segundos nada más. Después alarga el brazo, lo arranca de un tirón y señalando con él al chico le dice:

–Y entonces volvemos a empezar. ¿Te parece?

Uno de los soldados se ha acercado en silencio y ha puesto la mano en el hombro de su capitán, que le mira molesto por la interrupción.

–Por amor de Dios, Jérôme –le dice el hombre que está de pie.

Tienen que pasar unos segundos antes de que el capitán reaccione y salga del trance. Se gira hacia los chicos y los ve muy juntos, y encogidos, y ya no le mantienen la mirada. Y entonces comprende.

Llena sus pulmones un par de veces, despacio. Devuelve el cuchillo a su funda. Retoma el control.

–Está bien, chico listo ¿qué es lo que propones?

–Que no se vayan –responde sin dudar apenas–. Aquí podemos aguantar bien –y devuelve los argumentos al capitán–. Dicen que la guerra está a punto de acabar.

–Además –remata–, ¿quién les va a decir nada por quedarse aquí, protegiendo a unos pobres huérfanos abandonados en mitad de ninguna parte?

–Escúchame –le responde el capitán–, si hacemos eso nos la estamos jugando. Nuestra única ventaja está en permanecer en movimiento. Si nos paramos no hacemos otra cosa que esperar a que nos cacen. ¿Lo entiendes?

–La oferta es muy tentadora, créeme –continua–, pero no voy a ordenar a mis hombres que se queden. Ni siquiera se lo voy a pedir.

–¡Capitán! –el llamamiento llega desde el grupo de soldados. Le hacen señas para que se aproxime.

Los soldados forman un corro para parlamentar. Desde donde están llega un murmullo ronco, constante, como de motor diésel al ralentí. De vez en cuando hay una voz que sobresale por encima de ese runrún, un segundo nada más, antes de ser engullida de nuevo por una nube sonora de tormenta.

Finalmente el círculo se abre y el capitán queda frente al grupo de chicos, que ha ido creciendo durante este tiempo.

–Muy bien, os haré una última oferta: nos quedamos hasta que se acabe la comida. ¿Os parece bien?

Y, aunque nadie contesta, todos convienen que las carreras, los gritos y los saltos de los quince críos valen tanto como un sí.

Un par de días más tarde, el 11 de noviembre de 1918, quinientos kilómetros más al norte un tren se para en un claro del bosque de Compiègne, cerca de Rethondes. Son poco más de las cinco de la madrugada. Los representantes de los países responsables de esta larga guerra han decidido reunirse aquí para firmar el documento que sentenciará su final. Pompa y olvido en proporciones desiguales.

Por desgracia aún tendrán que pasar un par de semanas antes de que la noticia llegue a todas las guarniciones. Hasta entonces, tanto para los habitantes del orfanato, como para el pelotón de soldados enemigos que se dirige hacia ellos, la guerra sigue viva.

El vigía, que se ha pasado los últimos seis días encaramado en el tejado del hospicio, ocupado únicamente en la contemplación de las aves migratorias, hoy lanza una maldición. Aparta la mirada unos segundos y, después, vuelve a observar a través de sus prismáticos, aguzando la vista. No hay error posible. Vienen hacia aquí.

Desde su atalaya el centinela silva a los que están abajo, dándoles aviso. Indica la dirección de la amenaza, y hace las señas de tres –kilómetros– y cincuenta –soldados–. Tienen media hora para prepararse; media hora que pasa en un parpadeo.

Esta vez sólo combatirán soldados. Los chavales, todos, a regañadientes, están en el sótano. Escondidos. Y armados, por si acaso.

La batalla se prolonga durante tres días. Los defensores, mucho menos numerosos, tienen que soportar el goteo continuo de ataques que lanzan sus adversarios; tienen que aguantar, pelear como si fuesen más del doble.

La mañana del cuarto día, apenas ha salido el sol, se produce el asalto final. Cuerpo a cuerpo, sin cuartel. Al principio se oyen dos o tres disparos, como dando la salida de una prueba atlética. Después llegan los gritos, las bayonetas atravesando tela y piel, los quejidos, los culatazos, los puñetazos y empujones, los cuchillos de trinchera golpeando y sesgando…

Un par de horas más tarde no queda nadie en pie. Hay un gran silencio. Los chicos aprovechan para salir del sótano. La visión que se encuentran es sobrecogedora. A lo largo de esta guerra han visto muertos, sí, pero nunca tantos, ni con esas heridas.

Tras la conmoción inicial se dan cuenta de que no todos los resistentes están muertos. Aunque hay muchos heridos, algunos de gravedad, la mayoría de ellos permanecen tumbados simplemente porque están exhaustos.

Los asaltantes han huido. O han muerto.

Cuando este suceso llega a oídos de la prensa enseguida llama su atención. El interés está claro. Ya no se trata de una batalla, ni de una acción de guerra, no. El público está cansado de eso. Se trata de la valerosa acción de un grupo de excombatientes, de bravos muchachos del país, que días después de haberse firmado el armisticio, y camino de vuelta a casa, no dudan en poner de nuevo su vida en juego para defender a un grupo de desvalidos huérfanos del cruel y despiadado ataque de una banda de sanguinarios rebeldes extranjeros.

La bola de nieve ya rueda colina abajo. Cuantas más veces se imprime la noticia, más indefensos están los huérfanos, más valientes son sus defensores y mayor es el número de pérfidos asaltantes. Al final es tal el eco que alcanza la historia que llega a oídos del Presidente de la Nación; un presidente que necesita héroes en los que apoyarse para levantar de nuevo el país. Sin duda hay que organizarles un homenaje de estado. Y debe ser pronto, antes de que decaiga la euforia del momento.

Durante los preparativos se descubre que el orfanato se construyó, y se ha mantenido desde entonces, gracias a las aportaciones de Las Damas de Saint-Sulpice: un grupo de mujeres anónimas que ha velado en todo momento por el bienestar de los niños, incluso durante la guerra. Es tal el secreto que las envuelve que únicamente se ha podido contactar con ellas a través de su abogado. Tras varios intentos fallidos, la intercesión de un par de altos cargos de la administración consigue que este grupo de ilustres señoras participe en la celebración. La imagen de las benefactoras encontrándose con los niños y los hombres que los salvaron promete dar la vuelta al mundo. Y qué mejor marco para la reunión que el propio lugar de los hechos.

El día del festejo el andén de la estación de tren está lleno a rebosar: autoridades civiles, eclesiásticas y militares, representantes del gobierno, una banda de música, un surtido grupo de periodistas y fotógrafos, nacionales y extranjeros. El grupo de soldados, algunos vendados y con muletas, está en el centro; delante de ellos, repeinados y vestidos de domingo, los quince chavales. A ambos lados del apeadero, una multitud procedente de todas partes agita las banderolas que les han entregado minutos antes.

Cuando el tren se encuentra a menos de cien metros la locomotora empieza a silbar, una, dos, tres veces; la última, manteniendo el sonido varios segundos.

–Es Gérard –comenta el alcalde a la mujer que tiene a su lado–. Seguro. Este hombre va a volvernos locos a todos con tanto pitido.

El convoy finalmente se detiene. La banda de música comienza a tocar. Las autoridades enderezan la espalda y estiran el cuello, alzan la barbilla. La prensa toma posiciones a codazos. La gente chilla y vitorea. Los soldados y los niños simplemente esperan.

La puerta del vagón se abre. Las mujeres empiezan a bajar y a caminar por el andén, haciendo sitio para las demás. Es tal el ruido, la algarabía, la locura desatada, que la multitud tarda unos segundos en ver lo que estas mujeres no han querido ocultar; y entonces el silencio se abre paso.

–Pero si son… –el militar con el pecho tapizado de medallas deja la frase colgada en el aire.

–Putas, mon Général, son putas –concluye el de al lado–. Todas ellas. Desde que formaron el grupo de las Damas de Saint-Sulpice ese ha sido su único requisito –es su abogado el que habla, el que sonríe mientras se enciende un cigarro.

La estampida es inmediata. A mayor relevancia, mayor velocidad de escape. Se lanzan insultos e improperios. Hay madres tapando los ojos de sus hijos con las manos, y esposas tirando del brazo de sus maridos; curas con los dedos entrecruzados y los ojos medio cerrados, bisbiseando, rogando el perdón ajeno; caballeros escabulléndose entre la multitud que se aleja, esperando no ser reconocidos.

En unos minutos, a excepción de la banda de música y de algunos periodistas, en el andén sólo quedan los soldados y los niños, que siguen donde estaban; no saben muy bien qué hacer. Las mujeres se dirigen hacia ellos. Cuando pasan por delante del vagón de carga dan unos golpes en el portón y un par de hombres lo abren desde dentro: comida, agua fresca, vinos y licores, tabaco, jabones, perfumes, un par de bañeras de zinc, ropa nueva, braseros, unas grandes carpas donde poder resguardarse,… y muebles, claro, de salón y de alcoba. En fin, todo lo necesario para celebrar lo único que ninguno debe olvidar, que están aquí, y que están vivos.

Hoy, los chavales tendrán los cuidados de una madre, las mujeres el abrazo de sus hijos, y los soldados… los soldados van a guardar toda su vida el recuerdo de lo que está a punto de comenzar.

Gérard, que ha estado todo este tiempo observando la escena al pie de su locomotora, ve ahora como una de las mujeres se dirige hacia él.

–Ven Gérard –él se sorprende de que la mujer lo llame por su nombre–. Deja descansar a tu querida 311 y acompáñanos. Únete a la fiesta. No pensarás que vamos a dejar que uno de nuestros niños ande solo por ahí, ¿verdad?

Por unos instantes Gérard no sabe qué hacer, qué decir, pero luego sí, sí que lo sabe: da media vuelta y sube a la máquina del tren, se asoma por la ventanilla y comienza a tirar de la cuerda que cuelga del techo; el tren empieza a pitar, una vez, dos, tres, cuatro…

Etiquetas: guerra, Hb13, relato, tren

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