Amalgama

Categoría: César, habitación 13
Amalgama

Una luz revolotea en el mirador de la casa. Está a media ladera del alto que domina la veintena de edificaciones que forman el pueblo. Desde el tejado de la iglesia un gorrión observa y, finalmente, se lanza a volar picado por la curiosidad. Da un par de vueltas sobre la casa aislada y se posa en la barandilla de la terraza, a unos pocos metros de donde se encuentra sentada la mujer que escribe en un pequeño cuaderno; aunque falta poco, el sol aún no ha salido, así que se ayuda de una lámpara de esas que se llevan sujetas en la frente con una cinta elástica para iluminar el papel.

Ella no es la única que está despierta: hay un gallo que le canta todos los amaneceres, que le avisa de la llegada del alba. Hoy también. Al oírlo la mujer deja el cuaderno sobre la mesa y coge su vieja Olympus. Mira por el visor de la cámara hacia la parte alta del valle, dónde nace el riachuelo que atraviesa el pueblo, y aguarda la llegada del sol.

Mientras espera algo se mueve en la pradera que ocupa la parte inferior del encuadre, llamando su atención. En ese momento entra por levante la primera luz del día e ilumina justo donde está mirando: un zorro de piel rojiza, brillante por el rocío de la noche, la mira directamente desde un mar de hierba esmeralda. Ella duda pero, finalmente, hace la foto; en el pasado se habría guardado la imagen para ella, en la memoria, hoy prefiere asegurarse y tener una copia del recuerdo en papel.

Martín aparece por la puerta del balcón, va envuelto en un cobertor, el pelo revuelto, descalzo. Inés le mira, entre divertida y pícara; sabe que él sólo duerme con el pantalón del pijama, con uno corto, fino, de esos que se quitan fácilmente. Se levanta y se dirige hacia él.

–¿Nunca te cansarás de hacer fotos a estas horas? –Le pregunta él, rascándose la barba y rematando con un bostezo.

–Mientras sigan dándome los buenos días chicos sexis ligeritos de ropa como tú… Hazme sitio ahí dentro. –Y se le cuela bajo la manta.

–¡Joder, tía, estás helada!

–Ya, bueno. Tranquilo. Enseguida se nos pasará. No sufras.

–Hum… Sabes que eso que está debajo de tu ma-no-gé-li-da es mi culo, ¿verdad?

–¿Sí? ¡Vaya! Pues es muy… ergonómico –le contesta ella, apretujándole un poco con los dedos–.

–Lo sé, me lo dicen muy a menudo –le responde Martín, divertido–.

–Serás… –Y le da un golpe con la cadera que hace que ambos se tambaleen.

El gorrión, que ha estado todo este rato observando la escena, gira la cabeza hacia el pueblo, mira hacia abajo desde la barandilla y, dando un pequeño salto, sin extender aún las alas, se lanza al vacío y se pierde en la penumbra.

–Estaba escribiendo en el cuaderno –la voz de Inés suena ahora más grave–. Como me recomendó el médico, ya sabes. Cosas que contarme a mí misma, a mí yo futura en realidad.

–Me estaba contando cómo nos conocimos –continua Inés, pegando su cabeza, su oreja, al pecho de Martín; le gusta oír su corazón–. Fue hace seis años, en Guatemala. ¿Te acuerdas? La revista me envió a hacer un reportaje fotográfico sobre la ONG con la que colaborabas entonces. Era abril, finales. Me acuerdo porque, nada más conocernos, para impresionarme, lo sé, me contaste la historia de los ascios –y baja la barbilla para que su voz suena más profunda y se parezca a la de él–: los habitantes de los países que por su latitud, cercana al ecuador, dos veces al año reciben rayos de sol tan verticales que dejan de proyectar sombra.

–Hoy es uno de esos días, me dijiste. Salgamos fuera y te enseñaré tu no-sombra.

–Y no volvimos a entrar.

El corazón de Martín se ha acelerado mientras escuchaba a Inés. Ella lo ha oído y ha seguido su compás. Se gira para tenerlo de frente, quiere besarlo. Alza la mirada buscando la de él, pero en sus ojos no encuentra amor, ni deseo; en sus ojos hay miedo mal disimulado, y tristeza, y ternura.

–Nunca sucedió, ¿verdad? –se dice a sí misma–. No así –y se hace un poco más pequeña–. Tendré que borrarlo de mi memoria; arrancar un par de páginas.

–No, déjalo –le dice Martín, intentando no darle mayor importancia–. Me gusta más este recuerdo tuyo.

–¡Ah! Te gusta más este –Inés se separa bruscamente de Martín–. ¿Y, por qué? ¿Por qué te gusta más este-recuerdo-mío? ¿Por qué prefieres esta puñetera, falsa, historia a la verdadera? Porque la nuestra, sea la que sea, es una simpleza –alza la voz–. Porque no conviene alterar a la enferma –crece–. Porque la pobrecita Inés en unos cuantos meses ya no se acordará de nada –se expande–, y su memoria será de papel, y… y… ¡y dará igual! –explota–… da igual, ¿no? –susurra–.

Inés se ha vaciado, y se queda perdida en su metro cuadrado de terraza: si soplase un poco viento se iría con él. Mordisquea su labio inferior –la parte izquierda, como hace cada vez que está nerviosa o asustada–. Sujeta con los brazos el temblor de su cuerpo. Se deja abrazar por Martín. Se abandona a su calor. Llora, por él, que recordará esta primera discusión sobre la enfermedad, y por ella, que es incapaz de recordar si esta es la primera vez.

–Inés…

–¿Sabes que tienes unos pies muy bonitos? –Es lo único que ella acierta a decir–.

No hay sorpresas en los meses siguientes, sólo pequeños olvidos. Muchos pequeños olvidos. Vacíos que el cerebro de Inés rellena con lo que tiene más a mano y así la cocina se convierte en un bar, el cartero en un novio de su juventud, o las llaves de casa en el sonajero del hijo que nunca tuvo. A veces Martín no es nadie y ella se asusta mucho.

Con todo lo peor son los momentos de lucidez, los ratos en los que Inés se da cuenta de la situación, de su situación. Entonces la luz se le va de la cara y Martín se llena de tristeza, primero, y de culpa, después, cuando se sorprende sintiéndose aliviado al ver que ella vuelve a su mundo feliz.

Curiosamente, en todo este tiempo hay dos cosas que Inés no ha dejado de hacer: tomar notas en la libreta que lleva a todas partes metida en el bolsillo de atrás del pantalón, y hacer fotos, a todas horas, a cualquier cosa, aunque sea incapaz de explicar el motivo, o la intención.

La dedicación que requiere Inés va en aumento día a día; lentamente, sí, pero constante, implacable. Ineludible. Martín está llegando al límite. Las últimas semanas de primavera han sido muy absorbentes, muy exigentes. Para su cuerpo y para su alma. Si ha podido aguantar todo este tiempo ha sido porque ha contado con la inesperada ayuda de El Coronel, un gato callejero tuerto que mira siempre de medio lado. Desde el día que se coló en casa nunca se ha separado de Inés. Ni ella de él. Se diría que ambos se entretienen y se consuelan mutuamente.

A finales de junio Martín decide contratar a alguien para que le eche una mano, con la casa y con Inés. Julia, una joven viuda, vecina del pueblo de al lado, se ofrece a ayudarle hasta finales de septiembre; más no puede, le dice, en octubre su madre volverá de pasar el verano en casa de su hermano y tendrá que cuidarla hasta pasadas las navidades. Martín acepta. Le parece buena idea tener cerca a alguien acostumbrado a cuidar de otros, aunque sea solo por tres meses.

Julia enseguida establece un orden, una rutina, para todos. Los domingos por la mañana los tres se sientan alrededor de la mesa de la cocina. Mientras se toman un café con leche y madalenas pintan en una cuartilla el plan de la próxima semana. El Coronel, desde lo alto de la nevera, supervisa y aprueba con maullidos cada decisión.

–Por suerte no pierde ojo –bromea Inés–, menos mal –y, después, se echa a reír; todas las veces.

Por las tardes, a última hora, Julia le da a Inés la medicación para la noche, la acompaña a su dormitorio, la ayuda a desvestirse y charla con ella hasta que se duerme: cosas de chicas, le gusta decir a Inés, entre misteriosa y coqueta. Antes de irse repasa con Martín las actividades para el día siguiente: cambios en el tratamiento, horarios de visitas médicas, compras para la casa, limpieza,…

Finales de agosto. Martín está sentado en la terraza, mirando hacia el valle; el sol se ocultará en unos minutos. Los días son cada vez más cortos y empieza a notarse el cambio de estación. No ha sido un buen día para Inés, para ninguno de ellos en realidad. Últimamente casi todos son así.

Julia aparece por la puerta del balcón y ve a Martín, perdido en sí mismo; se detiene, duda; finalmente da media vuelta y entra de nuevo en la casa. Al poco vuelve con un par de vasos y una botella de vino.

–A lo mejor eres más de cerveza –le dice mientras se aproxima.

Martín, sorprendido, se gira hacia ella; su mente, reconectada de repente, tarda unos segundos en componer de nuevo el mundo.

–Sí… no… eeeh… vale, disculpa. Vino está bien, gracias –le responde, enderezándose en la silla.

Julia se sienta a su lado, le pasa un vaso, sirve un poco de vino para ambos, deja la botella en el suelo, se vuelve hacia Martín y brinda:

–Por los días pasados, ya dulce historia. Por los días futuros, aún excitantes promesas. Por los hoy, por los ahora. Porque no hay más que lo que ocurra en este momento. ¡Salud!

Y beben. Julia le cuenta que es el brindis con el que, cada año, ella y un par de amigas que venían a veranear al pueblo se despedían del verano, y de ellas mismas, al acabarse las vacaciones. Eran terribles, inseparables. Eso fue hace mucho tiempo, le dice.

Julia y Martín charlan como viejos amigos, como si siempre hubiesen estado allí. El pasado se les está subiendo un poco a la cabeza. Sus ojos chispean recordando, compartiendo, locuras de juventud.

Y puede que hoy no pase nada; y que mañana tampoco. Pero una tarde acabarán muy cerca el uno del otro y el vacío los absorberá. Y no podrán hacer nada salvo dejarse arrastrar, sofocar todo deseo de lucha y ceder al apetito de sus cuerpos desnudos de amor; como si no hubiese un mañana.

Porque no lo hay. Nunca lo hubo.

En cada encuentro repetirán el anterior y la vía de escape se convertirá en prisión; una prisión de la que sólo podrán evadirse cuando dejen de huir.

Al final comprenderán.

Casi acabado septiembre, una mañana azul, la pareja de cigüeñas que anidaba en la torre del campanario ha iniciado su viaje al sur; este año no han criado. A Martín le gusta pensar que son de las pocas que aún vuelan miles de kilómetros hasta llegar al Sahel africano, y no de las que se quedarán a invernar en el vertedero de alguna gran ciudad.

Es tiempo de decisiones. Julia se irá en unos días y Martín no se ve con fuerzas para hacerlo todo él solo. Mucho menos ahora que Inés ha perdido, casi por completo, su conexión con el mundo y necesita atención las veinticuatro horas del día.

Sabe que basta con coger el teléfono y hacer una llamada. A partir de ese momento Inés contará con toda la atención que necesite, la mejor disponible; aunque no será la suya; y eso le hace sentirse ruin, porque le parece que es desembarazarse del problema. Y no quiere hacerlo. Quiere que sea otro el que decida, y que le libere, y así tener a quien señalar, a quien culpar. Pero no hay nadie más.

Martín ha vuelto a trabajar. Hay muchas facturas que pagar. Además, necesita ocupar su tiempo, su mente, cuando no está con Inés. La visita todos los días, en cuanto sale de la oficina; los fines de semana los pasa al completo con ella.

Inés apenas se levanta de la cama, por la medicación. Suele estar mirando por la ventana; da a un arboleda, un pinar, donde no es raro ver corretear a alguna ardilla entre las ramas.

Las últimas semanas no se ha separado de su cuaderno; apenas escribe en él, aunque a veces, como ahora, sí que lo lee.

–Martín, ¿puedes alcanzarme el bolso?

A él esa simple pregunta le suena tan natural, tan inesperada, que por un momento duda que sea real.

–Martín… el bolso… –le repite ella mirándole a los ojos.

–Sí, claro. Perdona. Un momento.

Él se levanta. Va al armario. Coge el bolso de viaje de Inés y se lo acerca a la cama. Ella busca algo en su interior, lo encuentra y se lo ofrece a Martín.

–Ten –y le da un carrete aún en su caja de cartón–. Ilford FP4 Plus 125, treinta y seis exposiciones, lo mejor para fotografiar en blanco y negro.

Martín está tan sorprendido de encontrarse de nuevo con Inés que no sabe qué hacer, qué decir.

–Ya sé que a ti no te gusta mucho eso de hacer fotos –continúa Inés–, pero creo que es porque no te has dejado llevar. Si alguna vez te decides quiero que uses este carrete.

–Inés, yo…

–Martín, ya sé que han pasado muchas cosas –le dice mientras aprieta el cuaderno contra su pecho–, y que quedan algunas más por pasar, pocas. Pero ¿sabes?, nada de eso me interesa ya. Sólo quiero abandonarme un poco al tedio de la normalidad; ver pasar el ahora, contigo. Sólo eso. Y pedirte un favor.

–Dime.

–No quiero despedidas, Martín. No quiero desperdiciar nuestro tiempo diciéndonos adiós. Solamente te pido una cosa: antes de que me vaya del todo, mientras siga siendo Inés, quiero que me beses… que me beses como la primera vez…

–¿Y cuál es el favor? –Pregunta él, sonriendo, manteniendo a duras penas la voz en su lugar.

–Anda, ven –le dice Inés mientras da un par de golpecitos sobre la cama con la palma abierta–. Cuéntame cómo una desmemoriada y un alérgico a los bichos acabaron adoptando un gato tuerto.

Martín se sienta a su lado; se deja coger la mano; mira por la ventana, hacia el pinar, y le cuenta la historia de El Coronel: su aparición repentina; sus idas y venidas a casa del vecino, que ahora tiene una preciosa gata siamesa embarazada; los trastazos que se daba de vez en cuando al no calcular bien las distancias en los saltos, por la falta del ojo; las siestas a los pies de ella,…

Inés relaja la mano que sujeta la de Martín, lo suficiente para que él lo note y calle. Martín se gira hacia ella y mira sus ojos: se están volviendo mate. Se aproxima a Inés. Mientras lo hace viaja al pasado, a la primera noche que pasan juntos, solos, bajo una lluvia de fugaces Perseidas. Las dos imágenes se superponen, y entonces, como ahora, Martín besa a Inés por primera vez.

La luz que va entrando por el ventanal de casa finalmente le da en los ojos, y le saca de su ensimismamiento. Está mirando hacia la calle. En la acera de enfrente ve pasar a un perro, uno grande, que va corriendo con la lengua fuera. Un par de segundos más tarde pasa el dueño agitando en alto la correa, gritando como un loco. También él va con la lengua fuera.

Martín da media vuelta. Se dirige hacia la mesa y se sienta. Frente a él tiene la vieja Olympus de Inés y el carrete que ella le dio en la clínica, metido aún en su cajita de cartón. No se decide. Teme que, al poner la película en la cámara, al usarla, se desprenda y se pierda el recuerdo del momento en que la recibió.

Toma aire, despega con cuidado la solapa lateral de la caja y extrae el bote de plástico que contiene el carrete –Martín nota el corazón en las sienes–. Le quita la tapa y deja que éste se deslice sobre su mano –vacío en el estómago–. Es entonces cuando se da cuenta de que la película no asoma por ninguna parte de la carcasa –y un sabor metálico en la boca–: Inés le dio un carrete usado.

Martín ha tenido que esperar casi una semana a que le entreguen las copias en papel. Cuando por fin las recoge el dependiente de la tienda se sorprende de que no les eche un vistazo allí mismo. Martín le dice que no hay problema, que seguro que estarán bien. Paga y se va. Lo cierto es que le ha faltado valor; no sabe qué es lo que se va a encontrar, pero no quiere encontrárselo allí, en terreno extraño.

Hace casi todo el camino de vuelta a la carrera; sin embargo, ahora que está en casa, que tiene las fotografías ante él,… ahora no se atreve a tocar el sobre que las contiene.

Se levanta de la silla y da un par de vueltas por la habitación, siguiendo la dirección que van marcando las punteras de sus zapatos. Se vuelve a sentar. Acerca la mano al sobre, despacio, y roza con los dedos la solapa, que salta y se abre. Desliza la mano dentro y saca las fotos. Están boca abajo. Una a una les va dando la vuelta y las va colocando en filas sobre la mesa.

Un rayo de sol iluminando las copas de una alameda a primera hora de la mañana. Un gorrión en el alféizar de una ventana. Una taza humeante sobre la barandilla de un balcón. Una habitación en penumbra. Una sombra en un espejo. Un zorro mirando a cámara, entre la hierba. Una nube con forma de nube. Un retrato de Martín durmiendo en el sofá: un hilillo de baba caído desde la boca ha dejado una mancha en el cojín sobre el que apoya la cabeza. Un reloj de pared.

Un estante lleno de botes de medicinas. Un autorretrato de Inés, parece asustada. La terraza de la casa, con la sombrilla abierta junto a la mesa y dos sillas. Un primer plano de El Coronel, desenfocado. Una hoja de papel con el cuadrante de la semana colgado en el panel de corcho de la cocina. Una caja de pinturas. Una cigüeña en pelo vuelo, con las alas extendidas, planeando. Martín cocinando con un delantal de florecitas. La habitación de Inés, de noche, iluminada solamente con la lámpara de la mesilla.

El Coronel corriendo por el cabecero del sofá, desenfocado. El armario de Inés abierto de par en par. Unas botas de goma embarradas. Inés y Julia mostrando media cara cada una. Un llavero con las llaves colocadas de forma radial, parece una palmera. La sombra de Inés proyectada sobre una sábana blanca tendida. Miles de estrellas componiendo el Camino de Santiago en un cielo sin luna. Julia y Martín tomando vino en la terraza. Unas maletas a la puerta de casa.

La plaza del pueblo con diez o doce vecinos alrededor de la furgoneta de un vendedor ambulante. Unos árboles borrosos al pie de una carretera. Una estación de servicio abandonada. Un caballo y una vaca mirando desde una valla. Un barrio de casas bajas. Un edificio inmenso, gris, con muchas ventanas. Una habitación blanca, con una cama estrecha y un gran ventanal desde el que se ve una arboleda. La libreta de notas de Inés abierta por la última página escrita, no se distingue lo que pone. Martín durmiendo en una butaca medio reclinada, tapado con una manta, dejando al aire sus pies descalzos.

Etiquetas: animales, Hb13, relato, tiempo

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