A la deriva debe flotar

Mi primera maleta me la regaló mi abuelo por mi décimo cumpleaños. Recuerdo que me dijo que había dos tipos de maleta; la que preparas sin prisa para un viaje largo con mucho más de lo que vas a necesitar, y aquella que te llevarías si tuvieses que huir deprisa, en la que casi todo sobra. La que me regaló era rectangular, del tamaño de una caja de cartón de un televisor pequeño, con un asa de plástico marrón y dos cierres metálicos. Era color beige y de madera. Pasé la noche pensando con qué la llenaría si escapase.

—Tienes las maletas en la puerta, no quiero volver a verte —me dijo ella desde el otro lado del teléfono. Así era más fácil.

            Desde bien pequeño me gustaba meter la cabeza en la maleta de mi abuelo porque todavía olía a salitre. Sus hebillas doradas sujetas a un cuero rudo granate, cuarteado por el paso del tiempo, encerraban una bocanada de alta mar al abrirse. Durante horas mi abuelo la tuvo sostenida entre sus brazos varados frente a la costa. En su interior, un marco con una fotografía en sepia, un pañuelo bordado con tres iniciales y unos papeles burocráticos guardados en una tartera, con el fin de proteger el sueño de poder volver, y así lo hizo. En algunas partes resecas de su forro quedaban restos de sal, como minúsculos cristales adheridos que pinchaban al pasar los dedos. Era un tacto entre seda y espinas. «Como la vida», me dijo.

—Con él no saldrá bien —solo supe decirle.

—Contigo tampoco.

            Unas maletas era lo único que quedaba de uno, y uno era todo lo que cabía en unas maletas. En la entrada de nuestra casa, junto al zapatero, ella me había colocado el juego de cuatro maletas que nos regalaron, ordenadas de mayor a menor tamaño. Parecían una fila de hermanos obedientes. Caminé por el salón, miré por la ventana mi último paisaje desde aquel octavo, estaba atardeciendo. Recorrí el resto de la casa sintiendo como nunca antes el parqué bajo mis pies, crujía donde sabía que iba a hacerlo, era mi suelo. La loseta de la cocina se movió sin fallar justo al lado de la basura y los productos de limpieza. Las alfombras del dormitorio se escurrieron como cada noche al entrar en la supuesta tierra prometida. La cama era un territorio que habíamos diseñado los dos, uniendo los puntos numéricos de nuestros cuerpos en inagotables formas ahora desdibujadas. Escruté cada una de las habitaciones. Cuando debes marchar sin vuelta atrás no hay tanto que quieras llevarte, y lo que anhelas no cabe en un regalo de boda.

            En el taxi acaricié la maleta que llevé conmigo, todavía olía a una mezcla de azúcar, pegamento y goma. La madera tenía un tacto entre vetas pulidas y astillas.

 

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