Ratones y Polillas

Categoría: César, habitación 13
Ratones y Polillas

Una mañana de enero, cuando Germana se despierta y se asoma a contemplar la calle, ve que el pueblo entero ha desaparecido. Sorprendida, se frota los ojos con las manos abiertas, como si se lavase: Quizás no me he dado cuenta y se me ha quedado pegado un sueño –piensa–.

Pero no, nada cambia; los tejados que tendrían que verse desde el ventanuco del sobrado no están. Lo único que distingue, a lo lejos, son las coronas de los cuatro chopos que crecen junto al puente, a este lado del río; el resto, hasta dónde alcanza la vista, es todo como una manta de tocino nuevo recién puesta en salazón.

Josefa, la hermana mayor con la que comparte cama, también se despierta. ¿A qué andas? –le dice a Germana–. Pero no hay respuesta. Mientras se despereza la ve junto a la ventana, acurrucada bajo una colcha raída que no pasará de este invierno, la mirada fija en lo que hay fuera. Le pica la curiosidad, así que ella también se asoma a mirar: ¡Pues sí que ha caído una buena esta noche! Hoy no hay misa que valga, toca quedarse en casa. Lo menos hay un metro de nieve.

Ellas no se dan cuenta pero, en ese momento, la luz de la amanecida está iluminando sus caras, y el vaho de la respiración, y por un instante sus cabezas quedan flotando, fantasmales, en la fría negrura de la habitación.

Custodio vive permanentemente en la obscuridad. La vista se le fue hace unos años. La edad, Custodio, la edad –le dicen, como si eso sirviese de alivio–. Él sólo sabe que ya no puede tejer, que nunca más podrá. Se acabó. Para siempre. Lo único que le queda ahora es el consuelo del suave tacto de las piezas que, durante décadas, ha ido tejiendo para sí.

Tiene cientos, miles tal vez, guardadas en enormes arcones, trufadas con bolitas de alcanfor. Ya no las puede ver, pero las reconoce al tacto, a todas, porque todas son distintas: cada pieza unos recuerdos, una parte de la Historia.

En el pueblo nunca se desperdició nada, ni siquiera lo roto. La ropa, cuando ya había sido heredada, transformada, zurcida, parcheada, cortada en trapos de usos varios, y uno pensaría que había llegado su fin, entonces, se guardaba en una saca.

En invierno, como había poco que hacer y cualquier entretenimiento era bueno, se ponía la saca en mitad de la cocina, se iban cogiendo retales y, con las partes sanas de estos, se hacían tiras de un dedo de ancho y todo lo largas que se podía. Las tiras se llevaban entonces a tejer, y se transformaban en jarapas que se usaban como cobertores o como mantas, para las personas o para los animales, lo que más conviniese. Las sobras se guardaban para el relleno de las almohadas o para tapar algún agujero entre las piedras de la pared.

Ahora ya sólo queda uno de los mediasangre, pero en tiempos los tres hermanos estuvieron a cargo del telar: Décimo, el de en medio, que recogía los encargos y convenía tamaño y forma; Custodio, el más joven, que tenía la habilidad de tejer con igual maestría lo basto y lo delicado; y Mateo, el mayor, que se encargaba de cortar y rematar la pieza final. El apodo se lo pusieron de pequeños, en la escuela, por ser hermanos sólo por parte de madre; nunca se libraron de él, tampoco les importó, a fin de cuentas era verdad, y aceptarlo los unió.

Las jarapas de los mediasangre eran especialmente valoradas por los compradores, no sólo porque duraban más que las de la competencia, sino porque se apreciaba en ellas el detalle puesto en el trabajo realizado; era como si las tiras que las componían hubiesen sido escogidas para ocupar el lugar más adecuado.

Y era cierto, en parte. Cuando las tiras le llegaban a Custodio, éste las esparcía por la sala del telar y, una a una, las clasificaba; pero no por su color, o por su tamaño, o por su calidad. No, no era por criterios tan burdos como esos, no. Lo que hacía Custodio era pasar suavemente los dedos por la tela y esperar hasta que ésta le devolvía una imagen, un pensamiento quizás, de quién hubiese usado la prenda original: a veces un eco lejano y borroso, a veces un batiburrillo de voces y colores superpuestos; las más, cosas sin importancia. Esto era lo habitual.

Sin embargo, en ocasiones –pocas– se topaba con un recuerdo único, nítido, puro. Cuando esto sucedía, Custodio enrollaba cuidadosamente la tira sobre sí misma hasta formar un pequeño cilindro de tela que después guardaba en la cajita de hojalata que siempre llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón.

Más tarde, en la habitación de los arcones, sobre una pequeña mesa de trabajo iluminada por un candil, Custodio extraía la tira de la caja de metal, la extendía sobre la madera y la deshacía, hilo a hilo. Entonces se levantaba, se dirigía a uno de los baúles, lo abría y, sin necesidad de rebuscar, sacaba de él la pieza de tela que los dedos le indicaban. Ya de vuelta a la mesa, con la ayuda de una fina aguja de hueso, añadía un nuevo recuerdo a la memoria preservada en la tela, hilo a hilo.

Custodio está sentado en la penumbra, junto a su telar. Sus manos se deslizan por el relieve de un bordado. Está leyendo, reviviendo, una primera gran nevada: la sorpresa y la alegría; el frío en los pies; la inocencia intacta de dos hermanas niñas; los primeros rayos de sol al atravesar el cristal de una ventana; la excitación, las ganas de correr y saltar; el vaho de las respiraciones en el aire; la esperanza, la inconsciente convicción, de que nada puede ir mal; las caras iluminadas, flotando en una creciente negrura, perdidas.

Sus dedos se detienen y deja de ver, de oír, de sentir lo ajeno. En medio de esa noche silenciosa, vacía de estrellas y luna, Custodio es consciente de que es el último de su estirpe; de que nadie más leerá los recuerdos que ha atesorado durante su existencia; de que vivirán lo que él viva. Sabe que todo lo allí guardado, esa inmensa biblioteca despoblada, será únicamente de provecho a ratones y polillas.

Etiquetas: cuento, Hb13, pueblo, relato

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