Sin Futuro

Categoría: César, habitación 13
Sin Futuro

Serán algo más de las seis y veinte de la mañana. En unos minutos sonará el bip-bip-bip de la alarma del despertador. Sacaré la mano por debajo del embozo, apagaré el reloj y encenderé la luz. Giraré el cuerpo hasta ponerme boca arriba; dejaré que colchón y edredón me devuelvan un poco del calor cedido durante el sueño. Unos minutos nada más, el tiempo que tardará la bombilla en calentarse e iluminar la habitación.

Me levantaré y me vestiré; me pondré la ropa de andar por casa, la desgastada y suave que se pega a la piel, la que templa. Iré al baño y al lavarme las manos me preguntaré quién es el tipo que observo en el espejo y porqué ya sólo lo veo a él.

Seguiré la rutina de la mañana; en el salón extenderé el mantel hasta ocupar media mesa, encenderé la televisión y pondré las noticias; en la cocina prepararé el desayuno: dos piezas de fruta, una tostada con mantequilla y un café con leche hirviendo. Lo pondré todo en una bandeja, junto a los cubiertos y a una servilleta de papel, y volveré al salón. Miraré por el ventanal mientras como, aunque hasta primavera no se verá más que oscuridad.

Ordenaré, recogeré y guardaré, y ya, de nuevo en mi habitación, me desnudaré; juntaré la ropa para lavar, me pondré las zapatillas y me iré a duchar. Dejaré la ropa sucia en el cesto que hay detrás de la puerta del baño. Abriré el grifo y esperaré a que salga el agua caliente; mientras tanto encenderé la radio: mismas noticias, distinta voz.

Me meteré en la bañera y correré la cortina. Me lavaré la cabeza, los brazos, el pecho, la espalda, las piernas, los pies. Me aclararé el jabón. Miraré hacia abajo y veré desaparecer la espuma por el sumidero. Y, cuando ya no corra más que agua, yo seguiré en la misma posición, dejando que se me enrojezca un poco más la piel.

Cuando salga de la ducha me pondré el albornoz y me peinaré. Me cepillaré los dientes con la mirada perdida en el reflejo de mis propios ojos. Me afeitaré. Terminaré de secarme y me pondré un poco de colonia y desodorante. Colocaré todo en su lugar y volveré a mi habitación.

Calzoncillos blancos, calcetines negros, camisa azul claro, traje gris oscuro. Corbata a rayas. Zapatos marrones de cordones.

Gafas. Reloj y cartera. Dinero suelto. Llaves.

Recorreré las habitaciones apagando la luz y subiré las persianas del salón para que las plantas tengan algo de sol a mediodía. Cerraré el agua y el gas.

Bufanda, abrigo, guantes. Dos vueltas de llave y ascensor hasta el portal.

Saldré del edificio y caminaré solo hasta la parada del autobús, donde no habrá nadie más. Las buenas intenciones de no apurar al madrugar, de ir al trabajo con tranquilidad, no aparecerán hasta la llegada del buen tiempo.

Me sentaré en la parte de atrás, lejos de las puertas y sus mordiscos helados. Repasaré con la vista al resto del pasaje. Todos rostros conocidos, familiares. Ojos medio abiertos y cerebros desconectados. Autómatas. Corderos.

Con la mano abriré un ojo de buey en el vaho de la ventanilla y miraré hacia afuera. A esa hora la nieve aún se verá gris. Un paisaje en mil tonos sin nombre salpicado, tiznado por el artificioso color de las luces: de los coches, de las farolas, de los hogares.

Me apearé en la parada que está en la esquina del edificio en el que trabajo.  Caminaré esos últimos metros sobre las huellas de otros, esquivando el hielo. Pasaré frente al quiosco de prensa, plagado de noticias caducadas envueltas en tinta aun fresca; frente a la cafetería, atestada de apáticos trabajadores apurando un último café y un último minuto de falsa libertad; frente al grupo de fumadores de acera que, entre caladas, estará organizando la liga de pádel que jugarán el fin de semana en la urbanización de adosados clónicos en la que conviven.

Accederé a la oficina por la entrada lateral, la reservada a los empleados. Tras la puerta de cristal un vestíbulo, gastado y gris, con el espacio justo para los tornos de control y la mesa del vigilante de seguridad, un tipo de cara simplona al que nunca le he visto los pies.

Iré hasta el fondo de la sala, donde están los ascensores y la puerta de acceso a la escalera de servicio, la que sube hasta la planta siete y baja hasta el sótano tres. Yo bajaré. Dejaré atrás las dos plantas en las que decenas de coches escrupulosamente ordenados proclaman el rango de sus dueños y alcanzaré el último nivel.

Allí tomaré el pasillo de la izquierda, atravesaré la sala de mantenimiento y llegaré a la zona central, donde está la caldera de la calefacción y, justo detrás, el depósito de combustible. Miles de litros de fuego en potencia a la espera de ser usados.

Sacaré la caja de cartón de su escondite y montaré el detonador, la última pieza. Conectaré la batería y ajustaré el temporizador a diecisiete minutos. Cerraré la caja y la pondré bajo el depósito.

Después desandaré el camino recorrido: subiré hasta la planta cero, atravesaré los tornos del vestíbulo, saludaré con un leve movimiento de cabeza al vigilante de seguridad y saldré a la calle. Cruzaré al otro lado y caminaré hasta la parada del autobús. Me sentaré en el banco que hay bajo la marquesina y esperaré la llegada de la liberación.

 

bip-bip-bip

bip-bip-bip

bip-bip-bip

Es hora de levantarse.

Etiquetas: Hb13, negro, relato

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