El rock de la cárcel

El rock de la carcel

Paula está en el pasillo, acaba de abrir la puerta.

No hay nadie, quita la alarma, y distraída la vuelve a poner. Marca los números, uno dos, uno dos.

Está agotada. La operación de esta noche había sido complicada y  larga.

Dos cánceres de colon, en total seis horas de pie, cuatro compañeros para controlar y la responsabilidad final suya, y de nadie más. Durante un instante, en medio de la operación cuando hubo una “dehiscenza del anastomosis”, una complicación muy grave, estuvo a punto de desmayarse. Su asistente tuvo que sujetarla y ella, en vez de darle las gracias, le echó una bronca. Tendría que volver a suturar otra vez .

Siente una sensación extraña,como si cada dia perdiera un trozo de hierro de la jaula de autocontrol que había ido construyendo con los años. Su umbral de agresividad aumenta con los turnos de guardia y las horas extras de quirófano. La profundidad de sus varices también. No le gustaría nada tener que operarse. No es paciente.

Un último esfuerzo, preparar la papilla de verdura de su hija Marta y podrá tumbarse.

Sube al primer piso y en el dormitorio tira al aire los botines que le hacen polvo los pies. Necesitaría una cura de reposo un mes entero. Luego apoya el maletin en el suelo, cerca de la cama, y se dirige escaleras abajo hacía la cocina.

La mezcla es la de siempre, zanahoria, pollo, patata, aceite y puerro. La grasa de la piel del pollo, la aridez de la zanahoria, el tacto resbaloso de la patata. ¿Qué le pasa?

Es el estrés, todos sus sentidos en alerta. Necesita bañarse, acostarse, apagar la luz y poner música relajante.

Baja la llama del gas al mínino para que la verdura se vaya cociendo a fuego lento y se arrastra hacia arriba para ducharse.

Su vida es igual que esa escalera.

Arriba y abajo, algún día tendrá que parar, piensa. Y encima un catarro incipiente que le da dolor de cabeza.

Vuelve a sentir su cuerpo. Decían los romanos ”a la salud por el agua”.

El olor a lavanda del gel de baño. Inhala y exala fuerte. Dobla el cuello y deja que el chorro de agua se fije sobre las vértebras cervicales masajeándolas. Así se queda un rato largo hasta que sus ojos ya no ven el mármol de la bañera. Con la neblina del vapor la tensión se volatiliza y se depeja la nariz.

Ahora mismo se iría a la cama, cerraría los ojos y hasta mañana, pero tiene que  bajar a la cocina, si no quiere que la papilla se queme.

En albornoz y zapatillas llega justo a tiempo, casi se cae por los malditos escalones.

La retira del fuego, la  vuelca en el bol de Disney y la tritura con la batidora.

Hace un mes la asistenta le pidió un día de permiso.

—¿Es urgente? —le preguntó ella— Sabes que yo te puedo ayudar en todo.

—No, señora, necesito papel de médico de cabecera —Y cambió de habitación.

Se aprovechan de ella, de su carácter dócil, de su autocontrol, en casa y en el Hospital, se promete a sí misma que algo cambiará y pronto.

Guarda la papilla en el frigo, saca la botella de vino blanco y se sirve una copa.  Visualiza una bolsa de almendras  en un plato de postre y se come tres.  Mira alrededor. Qué casa tan bonita.

Qué más quiere, tiene un día de descanso y su vida no está tan mal.

Peor está el segundo al que he operado, lleno de metástasis, se dice a sí misma.

Saborea el refrescante aroma del vino, lo deja un segundo sobre la lengua y al tragarlo goza de un instante de felicidad silenciosa.

De vuelta hacia arriba nota la fatiga en las piernas. Encima se les ha ocurrido comprar un chalet. La verdad es que fue ella la que insistió, quería tranquilidad y jardín. Demasiada tranquilidad. Ella y Sergio no coinciden casi nunca por culpa de los horarios y la lejanía. Qué felices eran en aquella pequeña buhardilla justo al lado del hospital. Se caía de la cama y ya había llegado.

Se detiene un segundo en el descansillo, apoyándose en la pared. Oye el ruido de la puerta. Será Sergio, piensa, le daré una sorpresa, y con palpitaciones de adolescente se esconde en el armario-vestidor.

Es él, reconoce el olor de su colonia a musgo y tabaco, sus pasos seguros.

Está hablando por teléfono con la voz especial de los momentos de intimidad.

—Hola cariño, no hay nadie, no te preocupes.

Paula tampoco, estaba la alarma puesta. Recojo el billete que está en el abrigo y la maleta que escondí en el baño de servicio y te llevo todo. Mañana a esta hora estaremos en el aeropuerto rumbo a Méjico.

Adiós palomita, te quiero. Sí, más que a ella. Sí. No me preguntes más.

Te dije que ya no la aguanto…  Sí,  a la vuelta le pediré el divorcio. Esta noche solo quiero estar con la niña. Tranquila, besos mi amor—.

El ruido del beso sonoro la sobresalta, se encoge temblando y un cabreo frío como una ducha escocesa cambia de sitio a varias conexiones neuronales. Ve la cabina teñida de rojo.

Se siente como una papilla a la que acaban de triturar él y la gatita.

Ya sabe quién es. Su amiga Gloria con sus uñas arregladas, sus ojos  color verdetigre, sus andares felinos, sus medias atigradas.

El sonido de los pasos de Sergio al alejarse, y  el golpe autoritario de la puerta la recomponen, aunque las neuronas se quedan deslocalizadas.

¡Traicionarla, a ella! Su marido y su mejor amiga. A ella, que es dueña de las vidas de los demás. Qué ilusos. Nadie le hará daño sin su permiso.

Vuelve al dormitorio apoyándose en las paredes y se sienta al borde de la cama. Primero se tiene que tranquilizar y luego pensar.

Pensar en qué. En la traición, el desengaño, en su inocencia o en cómo vengarse.

Su cabeza va explotar. Podría hacer como si hubiera sido un sueño, una pesadilla o las palabras de otro, no de su Sergio. Ella no es así. No es una mujer objeto.

Mira su maletín en el suelo y poco a poco una idea la va animando. Lo recoge, lo acaricia, forma parte de ella. Tiene muy claro lo que va a hacer, como si hubiera sido predestinado hace tiempo. Se moviliza, una camisa, el vaquero y baja las escaleras volando, ligera.

Llama a la maestra de la niña y le comenta que hoy la recogerá su hermana.

Sabe que la dulce Elisa estará feliz de llevarse a Marta y que encima duerma  en su casa.  Luego marca el número de su hermana, — Hola cariño.

—¿Como estás? —le responde ella—. Estoy un poco preocupada por ti, ni te veo ni te siento y cuando pasa esto es que llevas el estrés a cuestas y haces cosas de las que luego te arrepientes  Recuerda aquella vez en la playa que casi ahogas a…

—Mira, Elisa, no tengo tiempo para recuerdos, por eso mismo, porqué estoy estresada te pido que recogas a Marta y te la quedes esta noche. ¿Es demasiado pedir?

Luego prosigue con más calma, para no asustarla—Ya sabes que Sergio se va un mes a Mexico. Necesitamos estar solos. Gracias, cariño.

—No hay problema, encantada.

Le cuelga el teléfono, no tiene necesidad de escuchar más. En un segundo de remordimiento piensa que su hermana es un cielo y que Marta no se merece lo que va a hacer. Da lo mismo, no tiene tiempo.

El número de Gloria está ocupado, estará hablando con él. Menuda ella, con su sonrisa meliflua. Y sus garras rapaces de paloma.

Aprovecha para hacer la cama de Marta, en el suelo una bolsa de chuches con un corazón rojo, se lo pone en el bolsillo de los vaqueros. Vuelve a marcar, escucha su voz —¿Eres tu Paula?

—Sí, soy yo.  Quisiera hablar contigo, ¿podemos comer juntas?… Mejor en mi casa.

—¿Pasa algo?— Nota inseguridad en su voz.

—Nada especial, te vas para muchos días y tengo que contarte una guarrada que me han hecho en el trabajo. Le da a su voz un timbre dramático —Porfa te necesito—.  Suspira fuerte como si estuviera a punto de llorar.

—Paula, no llores, por favor, dentro de un rato iré para allá.

Por fin lo ha conseguido, se pone a la obra. Prepara el puré de lentejas, que tanto le gusta a la gatita, receta de su suegra, y se dispone a esperarla con otro vaso de vino.

Ha tenido suerte al encontrar el último bote de lentejas precocidas en la despensa.  Lo que menos le gusta es cocinar, lo suyo es cortar, como mucho, coser.

Pone un CD de Elvis, el rock le da mucha energía. Baila y baila, vueltas y más vueltas. Su mente no se relaja y su corazón sufre el carcoma de la traición.

Las veces que de jóvenes bailaban ella y Sergio el rock&roll en las clases de baile. Eran buenos, se entendían con la mirada, y él con su fuerza de deportista la lanzaba al aire. Entonces se decía que lo habría amado toda su vida.

Se para, la náusea le llega a los ojos y vuelve a ver rojo.

Saca del maletín el bisturí nuevo, las pinzas y algunas gasas y los esconde encima del frigorífico, al borde de la puerta. Controla que no se vean.

El maletín lo esconde en el armario de la limpieza.

Vuelve a subir las escaleras y aterriza encima de la cama, no puede cerrar los ojos. La música se ha parado.

A las dos horas suena  el timbre. No sabe ni como se le han pasado tan pronto.

Abre la puerta. Es Gloria con su sonrisa falsa, vestido amarillo que deja poco a la imaginación, y tacones de aguja que le agujerean el parquet.  Por poco tiempo.

—Querida, gracias por invitarme a comer, estoy tan atareada con los preparativos que no he tenido tiempo de pensar en nada. Viajar a Tailandia y compartir unos días con mi amiga Rosa, tú la conociste, la que trabaja en la embajada, es un sueño. Toma, una botella de Champagne.

Su voz de pito le rasga los tímpanos  y su mentira le acorta la respiración.

—Cariño, muchas gracias, luego brindaremos por tu felicidad. He cocinado para ti el puré de lentejas que tanto te gusta, el que se parece a la papilla de la niña como dices tú. ¿Quieres un vinito blanco y unas aceitunas? —Silba las ”eses” como una víbora. Gloria se mira alrededor, no hay nada extraño, le pregunta: ¿Qué te ha pasado en el Hospital?

Paula se situa detrás de ella, murmura algo del trabajo, coge el bisturí sin estrenar de filo ancho y brillante que tenia preparado. Bruscamente rodea con el brazo izquierdo el cuello de Gloria traccionándolo hacía el mismo lado, dejando al descubierto la parte lateral derecha. Punza detrás del angulo de la mandibula y hace una incisión arqueada hacia atrás.

Produce una ola roja que salpica. Al soltarla el cuerpo cae  con un relajamiento mortal. Sin pausa le da la vuelta hacía arriba  aún  con estertores y los ojos de gata abiertos y fijos en el techo.

Espera a que termine con las sacudidas espasmódicas, mientras limpia la sangre alrededor. Hay rojo en el suelo, un charco alargado y manchas pintando todos los rincones, en la mesa, en el frigorífico, alguna pequeña incluso había volado hacía los cristales de la ventana. Qué desastre.

Es decorativo, podría dejarlo así.

Empapa el suelo con unas toallas cogidas del cuarto de baño de servicio cercano a la cocina y con la fregona termina de limpiar el suelo.

Con un estropajo frota lo que queda hasta que le duelen los nudillos de las manos.  Vuelve a poner a Elvis. Qué pena que la canción que más le gusta dure tan poco.

Recoge el mismo bisturí, se arrodilla y produce una incisión en la piel, de atrás a adelante, en el quinto espacio intercostal dejando a la vista el contenido torácico. Con tranquilidad hunde su puño en el interior rebuscando hasta alcanzar su objetivo. El corazón. Ya lo tiene. Lo libera y lo coge con las dos manos, caliente, está caliente.

—Hola —le dice—, estás en mis manos, te pareces a los otros.

Lo disecciona en pequeños trozos sobre la tabla de madera con la ayuda de una pinza. Y como Tiresias el adivino griego que  destripando  las aves predecía el futuro se ve a sí misma en una celda con barrotes. Con la muñeca se retira el flequillo y deja todo en un bol, luego lo triturará.

Sube al altillo con dificultad.

Coge una manta vieja, envuelve el cuerpo y lo arrastra con dificultad hacia la puerta del sótano.

La abre, y dando patadas consigue tirarlo por las escaleras, cae hasta el fondo.

Sergio no baja nunca al sotano, miedos que tenía de pequeño. Ella no, no teme a nadie.

Tendrá tiempo de desmenuzarlo y guardarlo en  el congelador de la carne.

Al subir pone otra vez: El rock de la cárcel.

Y baila, mientras recoge los zapatos, baila.

Lanza el bolso de Gloria en alto como hacía Sergio con ella, cuando baja lo tira a la basura junto a los zapatos. Sí que tenía mucha sangre la palomita, aún quedan restos  en sus manos. Se las lava cuatro veces con el cepillo de uñas  mientra canta ”let’s rock ,everybody, let’s rock”.

Se las mira estudiándoselas, luego coge de la mesa la copa de Gloría, bebe un sorbito de vino blanco  y come una aceituna.

Se sienta un segundo, satisfecha, va por el buen camino.

Le cuesta picar la carne, hace unas bolas pequeñas añadiendo zanahoria, puerro, patata y queso rallado. La masa se pega a las manos como si no quisiera despegarse de ellas.  Ella, con un poco de harina,  amolda las albóndigas y las lanza como balas de revólver en el puré de lentejas,  salpicando la pared. Un revólver quisiera, para ponérselo en la sien a Sergio y hacerle morir de miedo. Suelta una carcajada.

Cuando él llega, a las ocho de la noche, todo está a punto.

La mesa del salón preparada para un acontecimiento, con velitas rojas en forma de corazón compradas en un mercadillo de Roma, el año pasado por San  Valentín.

Y rojo el vestido que Paula se pone para esperarle,le gustaba tanto.  Lo recibe con una copa de champagne.

Sergio la mira sorprendido.

—¿Champagne, querida? ¿Festejamos algo? ¿Te han dado el día libre en el hospital? Cata un sorbo de la Veuve de Clicquot para despistar.

—Sí, como vas a irte por tanto tiempo, he querido prepararte algo especial y cenar contigo.

—Paula, si yo quería estar también con Marta.

—Mi amor, no te preocupes por la niña, luego la llamamos, tenía tantas ganas de ir a casa de la tía Elisa.

Se acerca y le da un beso en la boca que a él le pilla por sorpresa.

—He estado toda la tarde cocinando para ti. No te cambies que la cena  está a punto.

Él aparta la silla, apoya la chaqueta , se sienta y suspira.  Ella lo mira como el gato al ratón a punto de caer sobre él . Sigue siendo guapo y es suyo.

En una bandeja de plata  trae las albóndigas con el puré de lentejas alrededor y encima el pequeño corazón de caramelo que había encontrado en la habitación de la niña.

—Las albóndigas, cariño, como las hacía tu madre, con el puré de lentejas. Siempre te han gustado. Cómete primero el corazón, es un detalle para ti.

Paula le mira feliz, satisfecha de su obra de arte. Se queda de pie. Le parece tan poético que él vaya a comerse a su palomita.

—¿Y Tú? ¿No comes?— le pregunta él al verla tan pendiente de sus movimientos y al mismo tiempo lejana. Sigue sus órdenes y se traga el corazón. Si es un chuche de Marta!, hubiera querido verla. Algo no va bien, siente un ligero escalofrío. Se le ha quitado el hambre, pero ella está pendiente de sus movimientos y acaba cogiendo la primera albóndiga. Se la mete en la boca. Los ojos de Paula brillan demasiado.

—Mi amor, ya sabes que no me gustan mucho las albóndigas y el puré me recuerda a la papilla de la niña. ¿A que te sabe a gloria?

Le acaricia una mano que él retira.

—Tranquilo, ya picaré algo. Tengo todo el tiempo del mundo.

Etiquetas: Hb13, negro, relato

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