Ahora Inexistente

Categoría: César, habitación 13
Ahora Inexistente

Leo un libro en la penumbra del salón, una novela sobre una mujer que tiene un accidente y es incapaz de situar sus recuerdos en el tiempo, y de separar éstos de sus planes futuros: todo es aquí, todo es presente. Tú estás fuera, en la terraza, tumbada sobre la hamaca, tomando el sol, desnuda, la mañana de un caluroso sábado de marzo en Madrid. Me ciega el reflejo del vaso que has dejado en el suelo, junto a ti. Aparto la mirada y veo cómo las gotas que se deslizan por el cristal irisan la pared que hay tras de mí. Voy a por la cámara. Cuando vuelvo, el sol ha girado mil veces, el reflejo se ha esfumado y tú ya no eres tú. Me gustabas mucho, lo sabes ¿verdad?

Es noviembre, y de los fríos. Mi último año en la facultad. Estoy subiendo por la escalinata de la entrada principal, la que compartimos con los biólogos. No he sido consciente hasta entonces de que no habrá más inviernos aquí; de que sólo quedan unos meses para que todos nos dispersemos, nos perdamos, nos –casi– olvidemos de los otros. Se acabarán las clases, los laboratorios. Ya no habrá más salidas de prácticas al campo, ni más bocadillos en el monte a mitad de camino entre el Punto A y el Punto B, ni más botellines a la puerta del único bar del pueblo, sentados, tirados por los suelos junto a nuestras mochilas. No más oportunidades de decirte todo lo que te habría dicho, si me hubiese atrevido.

No me he dado cuenta de que todo este rato ella ha estado parada frente a mí sin hacer nada, sin decir nada. Aguantándose la risa mientras yo me desnudaba a toda velocidad. Cuando la miro de nuevo tiene la cabeza ladeada, y el gesto pícaro de quien te está evaluando para hacerte sufrir, un poco. Vale, nena –le digo, poniendo voz de presentador de radio engolado mientras me acerco–, veo que necesitas ayuda con esos botones. Cuidadito, nene –me responde ella, imitando a la Sandy del final de Grease–, ni mis botones ni yo queremos prisas esta tarde, ¿oído? Y ese día aprendo que las manos ven y la vista toca; que la piel sabe y la lengua palpa; que el tiempo se desdobla, se estira y desaparece. Que lo no vivido ya nunca se podrá vivir.

Huele a frito y a canela. A torrijas. Lo he sabido desde que he entrado en el portal, tres pisos por debajo de la sartén. Mamá siempre se queja del trabajo que dan; de lo mucho que se ensucia la cocina y de lo poco que se lo agradecemos. Se lamenta, protesta y, cuando crees que la cosa ya no puede ir a más, remata con que ya nos lo advirtió, que la última vez que las hizo ya nos dijo que era eso, la última vez. Y entonces va y las hace. Duran lo que tarda en hacerlas, eso duran. Mi madre, ese rato que nos tiene comiendo sus torrijas lo siente como el mayor de los elogios, aunque nosotros, bocado va, bocado viene, no digamos ni pio.

No entiendo cómo hemos llegado a esta situación. De verdad que no. Soy incapaz de distinguir cuándo se produjo el cambio; cuándo dejamos de gravitar el uno alrededor del otro. Cuándo nuestros polos dejaron de ser opuestos y empezó la repulsión. Quizás, sin darnos cuenta, nos hayamos convertido en la misma persona, no lo sé. Ya no nos reímos, ni nos besamos, ni jugamos, ni nos peleamos, ni nos amamos como antes; o quizás sí y ese es el problema. Hastío, tedio, apatía, indolencia… Cuantas palabras distintas para nombrar un mismo vacío. Creo que éramos felices sin saberlo, y cuando lo supimos dejamos de serlo. Debería advertirse a la gente que la felicidad y la razón se excluyen mutuamente.

He juntado todos mis recuerdos y los he puesto en una hoja de papel. Después he hecho lo mismo con todo lo que me espera hasta el final. Cuando acabo tengo toda mi vida ante mí. Bueno, casi. Me doy cuenta de que falta algo. Junto entonces las dos hojas y aparece. La delgada línea entre lo que fue y lo que será. El hoy. Una cuchilla que se desliza en el tiempo y que me obliga, constantemente, a tomar líneas de futuro y llevarlas al pasado. Desde este vacío presente veo cómo crecen los recuerdos, y cómo se acorta el porvenir.

Enciende un cigarrillo con mi zippo. Le encanta ese encendedor. Los bordes redondeados, el tacto suave y frío del acero, el peso en la mano. El clap, metálico, seco, sonoro, de la tapa al cerrarse. El olor a gasolina, sí, ese olor le fascina. Ella, que vive para provocar, para incendiar ideas, disfruta el poder del fuego en las manos. A veces, después de encender el cigarrillo, coloca el mechero entre sus piernas y fuma despacio, muy despacio, dejando que las volutas de humo dibujen futuros posibles en mi cabeza. Cuando acaba, coge el zippo con dos dedos y lo deja en la palma de mi mano. Mantiene el calor de sus muslos. Yo me ruborizo, me prendo. Ardo. La miro y veo cómo sus iris cambian de color, cómo desliza las manos hacia la nuca y se deshace la coleta, cómo deja que el pelo se le venga a la cara. Me mata su melena roja.

Una sístole sin diástole y, después, nada. Un corazón parado, congelado en el eterno presente. Es extraño, no saber cuándo empezó a palpitar y, sin embargo, recordar –unos segundos, nada más– en qué momento se parará. Mi cerebro se desconecta, todo se me vuelve blanco luz. Me pierdo en el tiempo, en la memoria de los otros.

Me disuelvo como se diluye el azúcar en el café que estoy tomando el día que te paras –ese día, sí– junto a mi mesa y me hablas por primera vez.

Ella Fitzgerald cantándome al oído Moonlight Serenade en un vagón de cercanías, mientras la gente va.

Un helado de pistacho, verde intenso, un septiembre siciliano.

La sombra de una nube tortuga tapándonos el sol.

El sonido calmo de tu voz entre murmullos y bips.

Una lágrima, recién nacida, salada como un mar.

Etiquetas: dietario, Hb13, relato

2 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ATENCIÓN: Al pulsar el botón 'Publicar Comentario' estás aceptando la Política de Privacidad de este sitio web.