Si vis pacem…

Categoría: César, habitación 13
Si vis pacem

–El 17 de julio de 2023 el Burán, un submarino nuclear ruso de la clase Yasen que participaba en las maniobras anuales del ejército ruso en aguas del Ártico, halló accidentalmente una importante anomalía gravimétrica mientras probaba un nuevo sistema de detección y defensa en las proximidades del Polo Norte.

–Señor…Kohl –interrumpe la mujer–, supongo que no me habrá sacado de la conferencia para hablarme de juegos de guerra, o para darme una clase de ciencias. Hay temas mucho más importantes a tratar en esta cumbre, y muy poco tiempo para hacerlo. Vaya al grano, por favor.

La conversación tiene lugar en una habitación situada dos niveles por debajo de la sala de plenos. Es un espacio rectangular, de unos veinticinco metros cuadrados y sin ningún tipo de mobiliario. Una cámara, sin eco ni reverberación, completamente aislada del exterior.

–Serán sólo unos minutos Señora Presidenta. Además, no tiene por qué preocuparse por su ausencia de la sesión de la mañana; lamento comunicarle que el congreso no es más que una estratagema, una argucia para reunir a los jefes de gobierno de los países aliados sin levantar las sospechas de la población. Una vez estén todos informados podremos tratar el tema que verdaderamente nos ha traído hasta aquí. Si me permite continuar…

La mujer hace una señal con la mano que sirve tanto de protesta como de indicación a su interlocutor para que continúe con su exposición. Está molesta por el engaño, desde luego, pero más aún por el tono que Kohl ha empleado para dirigirse a ella: cortés, pero también firme. Es militar, seguro –piensa–, aunque vista impecablemente ese traje hecho a medida en alguna sastrería de Savile Row.

–El mismo día que se detectó la singularidad, el oficial científico del Burán envió los datos al Estado Mayor, junto con un primer informe de análisis.

–Apenas dos horas más tarde –continúa Kohl–, las comunicaciones entre el submarino y Moscú se hicieron constantes, algo del todo inusual, y se mantuvieron así durante unos veinte minutos. Después, silencio total.

La mujer está a punto de interrumpir de nuevo para preguntar cómo es posible que sepa todo esto cuando se supone que las comunicaciones militares están cifradas, sobre todo las rusas. Finalmente decide no hacerlo.

–Como resultado de este último intercambio de mensajes se produjeron dos hechos reseñables: uno, los rusos suspendieron por completo las maniobras, aunque mantuvieron sus fuerzas en posición, en estado de alerta; y dos, se envió al Burán con rumbo norte, en navegación de superficie.

Kohl, que no ha cambiado de posición desde que empezó a hablar, bascula ligeramente y pasa el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Hace una breve interrupción y continúa. Quiere asegurarse la atención de la presidenta.

–Tres horas más tarde el capitán del submarino emitió un único mensaje: el Objeto mantiene la posición. Y lo hizo en inglés, sin ningún tipo de encriptado. Unos minutos más tarde nos facilitó la dirección IP desde la que pudimos descargar los datos originales recogidos por el Burán.

–Vaya, no puede decirse que fuesen muy sutiles –interviene, sarcástica, la presidenta–. ¿Sabemos a qué objeto se referían nuestros colegas rusos? Y, sobre todo, ¿tenemos alguna idea de porqué compartieron la información con nosotros?

La falta de resonancia en la sala comienza a ser molesta. No sólo sus voces suenan raras, están empezando a oírse a sí mismos: sus latidos, su respiración, sus articulaciones. Hasta el roce de la piel con la ropa se hace audible. Kohl conoce el efecto que esta cámara produce en la gente, sabe que no será soportable mucho más tiempo. Continúa, ahorrando cualquier tipo de información innecesaria.

–El análisis de los datos, los del Burán y los que posteriormente recogimos nosotros mismos, indica la presencia de un objeto situado sobre el Polo Norte Magnético, a 20.000 km de altura sobre la superficie terrestre. Sabemos que tiene un tamaño lo suficientemente grande como para no haber sido lanzado desde la superficie terrestre, y que no ha sido ensamblado por fases en el espacio: imposible mantener en secreto el transporte y montaje.

La presidenta asiente con la cabeza, conoce de primera mano los informes de seguimiento de los vuelos hacia o desde la Estación Espacial Internacional, además de algunos otros referidos a misiones espaciales con objetivo no declarado.

–Dispone de un sistema de camuflaje casi perfecto –prosigue Kohl–. Hasta donde sabemos, su superficie absorbe toda la energía que le llega; de hecho sólo somos capaces de verlo por contraste, por ocultación de lo que hay detrás de él.

–Por último –concluye el militar– está la cuestión de la propulsión: no hemos detectado ningún tipo de emisión procedente del objeto, nada que le permita mantener la posición. Con la información disponible, la hipótesis más plausible es que es capaz de interactuar con el campo gravitatorio terrestre para mantenerse en una órbita estable.

–Creía que eso era imposible –interviene la presidenta–.

–Y lo es, para nosotros.

–Señor Kohl, ¿está usted diciéndome que hay una nave, casi con toda seguridad no terrestre, tecnológicamente avanzada y prácticamente invisible, orbitando sobre el Polo Norte? Empiezo a entender a los rusos –remata casi entre dientes–.

–Una nave no tripulada, en todo caso, Señora Presidenta. Creemos que se trata de un satélite de observación.

–No sabe cómo me tranquiliza eso, Señor Kohl. Y dígame, ¿qué se supone que está observando?

–En ese sentido no podemos sino especular. Si fuese la primera vez que nos visitan, la opción más lógica sería pensar que estarían realizando estudios científicos: cartografiando la superficie, analizando la atmósfera, buscando vida. Al menos es lo que nosotros mismos hemos venido haciendo al explorar otros planetas.

–¿Y si ya dispusiesen de toda esa información, si no fuese la primera vez?

–En ese caso, Señora Presidenta, creo que todo se resumiría en una única cuestión: ¿nos reconocen como especie inteligente?

–Bueno Señor Kohl, es evidente que lo somos.

–En realidad no lo es tanto. Si tenemos en cuenta que desde hace décadas sabemos que, aquí mismo en La Tierra, hay especies animales dotadas de cierta inteligencia y que, sin embargo, en todo este tiempo hemos sido incapaces de comunicarnos con ellas, quizás una raza extraterrestre altamente evolucionada no vea mucha diferencia entre nosotros y un pez.

–Esperemos que llegado el momento seamos capaces de hacernos entender, Señor Kohl.

Los dos segundos que pasan a continuación, en silencio, se vuelven eternos en esta sala anecoica que fuerza al cerebro a oír lo inaudible. La presidenta espera algún movimiento, algún comentario, pero no ocurre nada.

–Hay algo más, ¿no es cierto?

–Lo hay –responde Kohl–. Desde la fecha del primer contacto con el Objeto hemos encontrado otros siete, hasta donde sabemos idénticos al inicial, formando una red cúbica perfecta que cubre la totalidad de la superficie terrestre. Sin duda nos observan. Con todo detalle.

–Vaya, va a ser difícil explicar a los reyes de la creación que su reino se limita a una placa de Petri –comenta la presidenta en voz baja, evaluando ya cómo podrá llevarlo a cabo–.

Kohl no dice nada, ha visto cómo un pensamiento cruza la mente de la mujer.

–No, no podemos hacerlo. No podemos informar a la población. Imagine lo que eso supondría: acaparamiento de alimentos y combustible, disturbios callejeros, vandalismo; manifestaciones multitudinarias en pro y en contra, enfrentamientos violentos… Suicidios en masa… ¿Sabe Señor Kohl?, quizás no seamos una especie inteligente después de todo.

Ambos se dirigen hacia la salida, vuelven juntos a la paz del ruido exterior. Justo antes de llegar a la puerta la presidenta se para y se gira hacia el hombre que la acompaña.

–Dígame, ¿qué haría usted si estuviese en mi lugar? Seguro que ha pensado en ello.

–Lo cierto es que no lo sé –responde el militar, sorprendido de que se pida su opinión–. Todo esto es tan nuevo para mí como para el resto: carecemos de referencias previas, desconocemos el alcance de su tecnología, sus intenciones, su número… Creo que lo más sensato sería adoptar una actitud prudente, pero no ingenua.

–¿Conoce la obra de Flavio Vegecio, Señora Presidenta?

Ella niega con la cabeza.

–Vegecio escribió en el siglo IV un tratado militar en el que aparece una máxima que no puedo quitarme de la cabeza: “igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum”.

–Quién desee la paz que prepare la guerra –interviene la presidenta–.

–Sí, y eso lo dijo un romano hace mil setecientos años; un miembro de la civilización que a lo largo de la historia impuso su cultura a todos los pueblos que se enfrentaron a ella. Pueblos tecnológicamente menos desarrollados.

–Da que pensar, ¿no cree?

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