Blancas y Negras

Categoría: César, habitación 13
Blancas y Negras

Cuando Marcel abre los ojos lo ve todo gris. Está tumbado en el suelo, boca arriba, mirando al cielo. Un cielo encapotado, uniforme. Gris. Se incorpora ayudándose con los brazos. Le duelen. Todo el cuerpo le duele. Está aturdido, magullado. Le pitan los oídos. Intenta recordar dónde está, cuando está. Se mira las manos, las piernas. Todo él es gris. El suelo, las piedras, el brazo sin hombre que casi roza su mano, los charcos. Grises.

Marcel abre y cierra la boca un par de veces. Está pastosa. Mira a su alrededor buscando el macuto en el que lleva la cantimplora. Lo ve a cuatro o cinco metros de él. Se levanta y va a buscarlo. Anda despacio, arrastrando ligeramente la pierna izquierda. La bolsa está destrozada, sólo se han salvado un poco de carne seca envuelta en papel, que se echa al bolsillo, y el agua.

Desenrosca el tapón y bebe. Y por un momento él ya no está allí, está en casa, dónde distingue los árboles por su tono de verde, dónde el cielo es azul intenso sobre su cabeza y pálido hacia el horizonte, dónde el valle se tiñe de rojo al final de la tarde. Ese momento pasa, el agua le ha dejado un sabor metálico en la memoria. Ahora se acuerda…

Está acurrucado en una trinchera, al lado de otros muchos como él. Ha sido una larga noche, apenas han dormido: el miedo resulta ser un gran remedio contra el sueño. Aun así todos ruegan para que la oscuridad no acabe.

El sargento consulta su reloj, y los papeles dónde figuran sus órdenes. Es la hora.

El pitido del silbato perfora la penumbra y despierta las gargantas de los soldados. Mientras saltan al campo de batalla aumenta el vocerío. Corren medio a ciegas, empuñando sus fusiles con fuerza, agachados para no ser un blanco fácil, envalentonados por los gritos de los demás.

Pasan los segundos y no hay respuesta. Medio minuto. Un minuto. Una eternidad. Los gritos se van acallando. Las carreras van cesando. Se miran unos a otros preguntándose qué hacer.

–Seguid avanzando–, les ordena el sargento a sus espaldas. Y lo hacen. En silencio.

A lo lejos, frente a ellos y deformados por la niebla, unos fogonazos anaranjados rompen el gris de la mañana. Después llegan los truenos. Finalmente los silbidos y las explosiones. Ahora los gritos son de espanto, y las carreras de huida. El infierno se ha tragado la mañana y vomita cuerpos destrozados.

Una bomba cae al lado de Marcel. Lo lanza por los aires y lo deja sin sentido. Lo tumba en el suelo. Lo pone boca arriba. Le impide mirar el cielo…

El eco de la explosión le devuelve al presente. Apura el último sorbo de agua y se ata la cantimplora al cinturón. Busca su fusil, no puede andar muy lejos. Lo ve a unos pasos de él. Se acerca, lo coge. Le quita la bayoneta y se lo pone en bandolera. Se dispone a caminar. ¿Pero, hacia dónde? Mira en todas direcciones. Ni rastro del enemigo que intentó matarlo, ni de los compañeros que lo dieron por muerto.

–En fin –piensa Marcel en voz alta–, si no sabes a dónde vas, cualquier camino es bueno, que diría el Gato de Cheshire.

Pasa el resto del día andando, a veces entre barro, a veces entre cuerpos medio desnudos, rapiñados por sus propios camaradas en orden de necesidad: agua y comida, botas, abrigo, munición, armas. Llega la noche y cae rendido. Se tumba formando un ovillo, maldiciendo al que pensó más en los desfiles que en las noches frías a la hora de confeccionar los abrigos para la tropa. Finalmente, se duerme.

No hay estrellas ni luna. Ni viento ni lluvia. Ni luciérnagas ni grillos. Sólo silencio oscuro. Marcel se sueña en casa, recorriendo con su mejor amigo los antros en los que, a cambio de unas copas de vino, interpretan en pianos desvencijados las canciones de moda en la ciudad. Sueña que su país ha entrado en guerra y que ambos pronto serán reclutados. Sueña que los dos se dirigen al frente con otros cientos como ellos, que van charlando por una carretera, que oye un zumbido y que cuando se vuelve hacia su amigo, a este le han volado media cabeza. Marcel se despierta sobresaltado. Cree haber escapado, pero su vida es sueño, y su pesadilla, realidad.

Hoy el día es tan gris como el de ayer, quizás sea el mismo repetido en un bucle sin fin. Marcel se incorpora y echa mano al bolsillo para sacar el pedazo de carne seca que lleva aún envuelto en papel. Le da un par de mordiscos, mastica sin prisa. Un poco de agua le iría bien ahora. Lástima.

Se pone de pie y mira a su alrededor. Nada. Todo plano y gris. No obstante hoy no tendrá problema para elegir qué dirección tomar. Ayer dejó su fusil apuntando hacia dónde seguir.

Pasan las horas. Tres, cuatro, no sabría decir. Ha debido andar unos quince kilómetros, aunque si miramos alrededor se diría que sigue en el mismo sitio. ¿O no? A lo lejos distingue un punto oscuro entre el gris cielo y el gris suelo. Está en su camino. Decide investigar.

El punto crece mientras se acerca, va tomando forma. Se diría que es una casa; una granja, quizás. Puede que haya algo de comida, o de agua, al menos. Cuando está a unos doscientos metros ya no hay duda posible, pero piensa que sus ojos le engañan, o que es un espejismo: lo que tiene ante sí es un palacete de dos plantas rodeado por un porche, en el que se podría celebrar un baile, y una gran escalinata que asciende desde el camino de acceso hasta la entrada principal.

Marcel se tira al suelo. Vencido el estupor inicial cae en la cuenta de que está a distancia de tiro. Si hay alguien apuntándole desde la casa no va a preguntar si es amigo o enemigo.

Pasan los minutos. No hay movimiento: o no hay nadie dentro, o es mal tirador. Hay que hacer algo, ¡ya! Marcel se levanta de un salto, corre en zigzag todo lo rápido que puede, sube a saltos la escalera y, ya en el porche, desenfunda la bayoneta y pega la espalda a la pared. Está a un par de metros de la puerta. Espera. Escucha. Contiene la respiración para que esta no le delate.

Nada. Nada en absoluto. Decide entrar.

Abre la puerta y se desliza al interior. Permanece en la sombra hasta que sus ojos se habitúan a la oscuridad y atraviesa el recibidor. Al llegar al pie de la escalera que sube al segundo piso ve a su izquierda una gran puerta corredera abierta de par en par. Se acerca. Desde el umbral puede ver todo el interior: un salón de baile. El suelo de tarima aún está bastante bien, si estuviese en zona amiga no dudaría en arrancarlo y quemarlo para calentarse.

Al principio no se ha fijado, pero al fondo hay un gran bulto tapado por un guardapolvo. Cuando se aproxima ve que por debajo de la tela asoma un objeto de metal. Lo reconoce enseguida: es el pedal de un piano, de un piano de cola, en un palacete de dos plantas, en medio de la zona de guerra. Marcel no puede más y estalla en carcajadas. Piensa que se ha vuelto loco, o que está soñando. Da igual. Ya todo le da igual.

Devuelve la bayoneta a su funda y deja el fusil a un lado del piano. Quita la tela que lo cubre y levanta la tapa del teclado. Por unos segundos la emoción le congela. Finalmente pulsa una tecla, una al azar y la nota ilumina el salón. Es entonces cuando se da cuenta de que, en el extremo opuesto de la sala, un soldado le apunta con su arma.

El otro hombre le grita. No le entiende, pero por las voces y los gestos está claro que quiere que suba las manos. Marcel lo hace.

Su enemigo se acerca un par de pasos, cada vez son menos las oportunidades de salir vivo de allí. Tiene que ganar tiempo, distraerlo como sea mientras piensa en cómo escapar. Y en ese momento…

–Música –le dice Marcel mientras señala el piano con los dedos índices de ambas manos aún alzadas. Y como el otro parece no comprender,

–Música –le repite–, piano –y mueve todos los dedos como si estuviese saludando a un niño.

Ahora sí le entiende. Señala con la barbilla a Marcel y este baja las manos lentamente hasta ponerlas sobre el teclado. Hace sonar las primeras notas de una de sus piezas favoritas, La Suite Francesa nº2 de Bach.

Marcel se vuelve hacia su captor, que le dice algo mientras señala con el arma un cajón de madera apoyado contra la pared. Marcel mira el cajón y comprende; lo arrastra hasta el piano, se sienta sobre él, cierra los ojos y comienza a tocar.

Durante los casi trece minutos que dura la interpretación, Marcel se abandona a su música, se olvida de sí mismo, y la fealdad del mundo desaparece, la desolación le abandona, el color le puebla.

Cuando acaba y la última nota se ha extinguido, Marcel abre los ojos y mira a su enemigo; permanece de pie dónde estaba, pero no le apunta con su fusil, que está tirado en el suelo, si no con el del propio Marcel.

–¡Qué estúpido he sido! –Dice para sí mientras aprieta los puños y la sangre le bulle–. Así que mi música te daba igual. Sólo querías entretenerme para hacerte con mi arma.

–Seguro que hace tiempo que te quedaste sin munición –continúa Marcel, aunque el otro no le entiende–… como todos.

Las pupilas de Marcel se dilatan, su respiración se detiene y, en lo que se diría es un único movimiento, salta desde el cajón, desenfunda la bayoneta y se abalanza sobre el soldado en pie, que hace lo único que puede hacer: apretar el gatillo.

Marcel puede ver cómo la sorpresa, y después el miedo, se apoderan del rostro de su adversario porque, en vez de oírse el estruendo del disparo, lo que se oye es el clic del percutor golpeando el vacío.

Ya es demasiado tarde, la bayoneta de Marcel ha atravesado ropa y piel a la altura del estómago, ha girado hasta quedar casi vertical, y ha sido impulsada hacia arriba para que atraviese el hígado y el diafragma, perfore los pulmones y llegue hasta el corazón, rozándolo apenas. Suficiente. Ya sólo queda rotarla un cuarto sobre su eje y extraerla con decisión. No va a ser una muerte rápida ni indolora, pero no será la suya.

El muerto tarda un par de segundos en darse cuenta de que lo está y, entonces, se desploma. Empieza a toser y a escupir la sangre que acabará ahogándolo en unos minutos.

Marcel, observa.

Cuando la casa queda en silencio, se agacha, mira a los ojos del otro, aún abiertos, y limpia la bayoneta en su manga. Se pone en pie. Mira el piano, el largo cuchillo que tiene en su mano, el rojo sangre que lo empapa todo.

Marcel piensa en el futuro, dicen que la guerra pronto llegará a su fin. Se pregunta a qué podrá dedicarse una vez que ésta acabe.

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