Orujo

Orujo

En el pueblo sólo había dos bombillas. Una en el poste de la plaza, frente a la iglesia, donde acababa la acometida que llegaba desde la carretera general. La otra en casa de Lucas, el Romano, el dueño de la tienda donde podías comprar un poco de todo, y donde estaba el teléfono del pueblo. El resto nos apañábamos con candiles de aceite y alguna que otra vela, para los faroles, por si había que salir.

Los inviernos eran largos, pero las noches, las noches eran eternas. Con menos de diez horas de sol al día, la mitad de las veces a las nueve de la noche ya estábamos en la cama. Más que nada por no gastar, ni aceite, ni leña. Y uno se cansaba hasta de dormir.

Una noche, acabados de cenar y mientras esperábamos que la lumbre terminara de consumirse, llamaron a la puerta. Padre fue a abrir. Era el tío David, el hermano de Padre. Una de las vacas le había pisado cuando la estaba encerrando en la cuadra y le había mancado un pie. Madre, que era medio curandera y se daba mucha mano con estas cosas, le dio unas friegas con alcohol de romero y le puso una venda para que no moviese la articulación. Padre, mientras tanto, había sacado la botella de orujo y un par de tazas, de las de café. Se sirvieron, bebieron y comenzaron a alardear de sus viajes de juventud: a Padre le había tocado la mili en Zaragoza, al tío David en San Fernando, Cádiz.

Cuando el orujo se evaporó, el tío David se dispuso a marchar. Padre le preguntó si quería que le acompañase a casa. Mi tío se miró el pie, lo movió un poco, se apoyó en él y finalmente nos dijo:

–Creo que podré yo solo, –y guiñando un ojo– el alcohol ha cumplido su misión.

A la mañana siguiente Padre y yo fuimos a casa del tío, por ver si necesitaba algo. Entramos. Padre fue hacia la cuadra, yo a la cocina. Al darme la vuelta para salir, Padre estaba detrás de mí.

–Acércate a casa de don Rogelio, anda, que venga con los oleos; y después vete donde el Romano, hay que dar parte a la Guardia Civil. Y a tu madre, avisa también a tu madre.

Lo velamos ese día, y lo enterramos al siguiente. La tierra estaba helada, tan dura que tuvimos que usar los picos para cavar la sepultura. Lo dejamos junto a Elvira, su mujer. El frío y la nieve que empezaba a caer menguaron el responsorio y avivaron el paso de la gente tras el amén. Mientras todos regresaban, Padre y yo cerramos el hoyo, allí no se enterraría a nadie más. Madre adecentó la tumba con una escoba que acababa de cortar y dejó la rama de jara que esa misma mañana me había mandado coger.

Al volver del cementerio encontramos el coche de la Guardia Civil aparcado frente a casa. El cabo y el número que conducía permanecían dentro. Salieron en cuanto nos vieron llegar. El cabo se acercó a nosotros, se dirigió a Padre:

–Les acompaño en el sentimiento. Sólo quería decirle que por nuestra parte el asunto queda zanjado. Según el informe del médico la muerte de su hermano fue accidental. Todo indica que, mientras trajinaba en la cuadra, uno de los animales le pisó y le hizo tropezar. En la caída se golpeó con el borde de uno de los comederos y se desnucó. No creo que sufriese. Cuando usted lo descubrió, ayer viernes por la mañana, debía llevar ya cuatro o cinco días muerto.

–Cuatro o cinco días –repitió Padre–. Pero entonces…

–¿Entonces qué? –preguntó el cabo al ver que Padre no acababa la frase.

–Entonces fue el domingo, en misa, la última vez que lo vimos –terció Madre–. En invierno no asomamos mucho por la calle, sabe usted.

El cabo le hizo una seña al conductor para que fuese poniendo en coche en marcha.

–En fin, como les decía, muerte accidental. Si no tienen nada que alegar, daremos el caso por cerrado.

Y como nadie dijo nada, el cabo se tocó el tricornio a modo de saludo, se subió al coche y se marchó.

Pasamos la tarde sin hablar, y la cena. Estuvimos un rato viendo cómo el fuego iba consumiendo unos sarmientos de la última poda. Cuando nos levantábamos del escaño para marchar a dormir llamaron a la puerta. Era el tío David, que venía a ver si Madre le podía recomponer la venda del pie. Madre fue a por el alcohol de romero y Padre a por el orujo y las tazas de café. Yo, por no quedarme sin hacer, avivé el fuego con unas ramas del castaño que quitamos en verano. Madre le dio las friegas y le vendó de nuevo el pie. Cuando acabó se sentó junto a mí. Padre sirvió el orujo y le alcanzó una taza a su hermano. Bebieron.

–David, tú sabes que estás muerto, ¿verdad? –A Padre nunca le gustó andarse con rodeos.

–Hombre, saber, saber… yo algo barruntaba. Pero si tú lo dices, así será. El caso es que ya me extrañaba un poco ver sólo difuntos por las calles; bueno, y a vosotros. Y que sólo pudiese entrar en esta casa; con vuestro permiso, claro está.

–Esta es tu casa, David. Aquí siempre serás bien recibido.

A mí este último comentario de Madre no me hizo mucha gracia, la verdad, pero para ella la familia era lo primero, y daba igual si estabas aquí, o allí, o con un pie en España y otro en Portugal.

–¿Y sabes por qué sigues aquí? –Continuó Madre–. ¿Dejaste algo pendiente, alguna promesa por cumplir?

–No, no dejé nada a deber. Y tampoco sé por qué sigo aquí. Creo que hay algo que he de encontrar, pero no sé qué es.

Hubo un par de segundos de silencio y después mi tío se levantó y se despidió. Cuando salía por la puerta Padre le dijo:

–Ven cuando quieras, hermano, –y dándole una palmada en la espalda– pero no esperes orujo todas las noches.

Al tío David le brotó una sonrisa.

–¿Sabes que dejé un par de garrafas de las grandes, llenas hasta arriba, detrás de la escalera? A lo mejor el rapaz y tú podéis acercaros mañana a casa y ponerlas a buen recaudo.

–¿De la alquitara del Gallego?

–De esa misma.

Y entonces fue Padre el que sonrió.

Mi tío siguió viniendo todas las noches. Cuando se cansaba de contar historias suyas, o de Padre, comenzaba con las que le contaban los que estaban como él. A nosotros las que más nos gustaban eran estas últimas: siempre aparecían chismes de los que quedábamos aquí.

Así pasamos todo el invierno, y parte de la primavera. Una noche de abril mi tío no se presentó. Era la primera vez que pasaba y un poco sí que nos preocupó. Lo justo, en realidad: cuando caímos en la cuenta de que ya le había pasado lo peor que le podía pasar, nos fuimos tranquilos a dormir.

La noche siguiente, mientras nos preparábamos para cenar, llamaron a la puerta. Mi tío, seguro, ayer no vino y hoy viene antes para contrapesar. Padre fue a abrir. Y sí, era tío David, pero esta vez no venía solo.

–Mira a quién encontré.

Mi tío se hizo a un lado, detrás de él apareció Elvira, su mujer. Esa noche hubo fiesta en casa. Y no sólo por los hermanos: Madre y tía Elvira, que eran de la misma quinta y se conocían desde muy chicas, se sentaron en el escaño y empezaron a hablar y a reír sin parar.

Al poco Madre me mandó al sobrado a por la cazuela grande. La bajé con cuidado y la limpié. Cuando volví a la cocina ya estaba todo en marcha: Madre había sacado unos rescoldos de la lumbre y ahora medía el arroz que echaría al final, Padre había descolgado un chorizo y parte de un costillar, lo partió de dos machetazos, y tía Elvira estaba cortando una cebolla y un par de dientes de ajo que echaría a la cazuela en cuanto se deshiciese la manteca. Al tío David, que era un desastre para todo lo de casa, sólo le dejaron sujetar el bote del pimentón.

Mientras se fue haciendo el arroz, Padre y yo colocamos la mesa en mitad de la cocina, y unos taburetes alrededor. Sacamos del cajón las cucharas y el cuchillo para el pan, y dejamos bien a mano la barrila del agua y la botella de vino recién sacado de la cuba. Cenamos. Bebimos. Sí, esa noche bebimos todos, aunque a mí el orujo que acompañó al café me lo rebajaron antes de dármelo a probar.

Sentados a la luz del candil tía Elvira nos contó que el día que murió se puso a andar y andar, sin más, que cruzó a Portugal, que llegó al borde del mar. Y que allí se quedó. Nos contó que una tarde, casi a la puesta de sol, vio caer un rayo, lejos, hacia el interior. Esperó después al trueno, pero este nunca llegó. Pensó que quizás era hora de regresar.

La llama que nos alumbraba tembló un par de veces y, finalmente, se apagó. Padre rebuscó en el bolsillo del pantalón, sacó el mechero y lo encendió. Sólo tres caras salieron de la oscuridad.

Elvira y David se encontraron de nuevas ayer. Y se han despedido de nosotros hoy. No hay cuentas que saldar ni promesas que cumplir. Y David quiere ver el mar.

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