Coger carrerilla

Para huir de la disciplina militar de una andaluza viuda, decidida a hacer de su única hija una mujer de provecho, has de tener una imaginación muy viva. Y yo, allá por mi decimotercer cumpleaños, no la tenía aún.

Toda mi adolescencia fue una orgía de miedos y pecados imaginarios que, entre mi madre y Dios, se encargaron de fomentar. Los temores de la una y los mandamientos del otro me freían.

Con trece años estaba programada únicamente para estudiar, rezar y obedecer. Creía a pies juntillas que la higiene y la honra eran tan importantes como el idioma moderno, la lengua y el arte.  La alternativa a esto, según las negras previsiones de mi madre, era acabar de fregona o de puta. En resumen, que en la edad en que todo invita a pecar yo ni me planteaba abrir la invitación.

Las tardes se iban en merendar al llegar del colegio, estudiar, ayudar a poner la mesa, estudiar, beso de buenas noches y a dormir. Esta rutina no varió en tres largos años que ahora recuerdo, por fortuna, como si no fueran míos.

Pero, ¡ay!, existen imprevistos que son más fuertes y decididos que una madre andaluza que quiere tu bien. Y uno de ellos es el primer beso.

No es que fuera nada del otro mundo —fue torpe por los dos bandos— pero me dio una visión de mí misma que difería enormemente de la que mi madre siempre anheló para mí. Y esa visión me volvió soñadora y despistada.

Dicen que las madres lo saben todo, y la mía no era en eso original. Se lo olió de inmediato y pronto estrechó el cerco. De golpe, las tardes de los sábados —en las que podía pasear con mis amigas por la alameda— se llenaron de tareas urgentes que requerían de mi ayuda. Aprendí muchísimo sobre el arte de planchar camisas, doblar enormes sábanas, lustrar zapatos para que parecieran de charol sin serlo, matar hormigas con vinagre caliente y muchas cosas más que, en un futuro, harían de mi hogar un oasis de júbilo para el hombre que me mereciera.

Como entre el primer y el segundo beso pasó, a mi modo de ver, mucho tiempo, se empezó a desdibujar de forma alarmante el futuro que me había hecho la ilusión podía ser el mío: el de una chica normal. Así que, consciente del peligro que corría, me dispuse a buscar besos a toda costa para reencontrarme con mi visión más clara.

El segundo y el tercer beso llegaron tarde y mal, todo fue mucho mejor después del cuarto y acabé por coger carrerilla. Las hormonas ganaron por goleada. Y con la fuerza que procuran los besos bien dados, me hice gandula y embustera, rebelde a destiempo, y acabé por forjarme uno de esos futuros que mi madre más temía.

No, no soy fregona; soy puta. Y bien que me va. Ahora, los zapatos me los lustran otros y en vez de planchar sábanas las arrugo. También he aprendido el francés, aunque no el que enseñan las monjas.

Etiquetas: besos, monjas, orgía, puta, rebelde

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