Gato

Categoría: César
Gato

     A una mujer que nunca había tenido animales le regalaron un gato. Al menos eso le gusta creer a Mujer. La verdad es que Gato aparece esta mañana en mitad del salón, sin más. Seguramente se cuela por la ventana que da a la escalera de emergencia, la que queda abierta con el buen tiempo.

     Mujer se despierta pronto, casi con el sol. Se levanta, se pone sus zapatillas, una bata encima del camisón y abre la ventana. El aire fresco y húmedo que llega desde el río se cuela en la habitación. Las farolas están encendidas; ya no. Mujer se lava y se peina, se recoge el pelo en un pequeño moño que sujeta con horquillas de colores. Toma café, y tostadas, sin mantequilla, sólo un poco de amarga mermelada de naranja. Ordena la cocina y prepara un cuenco de leche con galletas que deja en el suelo.

     Gato alza las orejas cuando Mujer entra en el salón, la sigue con la mirada hasta que se sienta en el sillón y, entonces, se va: ambos comparten el gusto por los desayunos en paz.

     El sol entra por la ventana, los vecinos están en calma y la calle sólo es un rumor. A Mujer le apetece música, seguro que encuentra algo que escuchar. Se levanta a encender la radio y se queda inmóvil, asombrada, sorprendida por la ausencia de uno de sus pies: lo siente, la sustenta, le pica, pero no está. Al menos tampoco duele.

     Gato no está en el salón, ni en la cocina. Gato está en el dormitorio de Mujer. Le gusta la penumbra de la habitación. El olor. Su silencio espeso. El olor de la mujer. Su suave suelo. El olor del cuerpo de la mujer.

     A Gato le gustan los pies de Mujer.

 


Este relato nace a partir de la primera frase de la novela ‘Bourgeoisies’ de Natalia Ginzburg

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