La caja

Papá ha invitado a Alex y a Diego a comer. Amigos de trabajo. Quiere preparar una paella y necesita público para que le aplaudan.

Se me hace raro que estén en casa. Yo también soy empleada, una especie de secretaria con sueldo según “el estado de humor de mi padre que para eso es el jefe”, y una cosa es verlos en el despacho y otra en tu mundo privado. Sobre todo porque estoy enamorada de Diego. Hombre maduro para mi edad, o mi mentalidad: todavía me cuesta despegarme de mis muñecas.

Alex se muestra muy interesado en cómo se hace la paella. En la cocina le oigo preguntar sobre el tipo de arroz y de aceite que usa para cocinar, ¿conejo o liebre?, que por qué echa el arroz haciendo una cruz sobre el recipiente… Va por buen camino si quiere meterse en el bolsillo a mi padre.

-Dame la caja –la voz de Diego suena pegado a mi cogote.

Debo de tener super sensible esa zona, donde los pelillos de la nuca son rubios y cortitos, porque noto un escalofrío delicioso ahí mismo; su aliento caliente no sólo ha conseguido remover los pelillos de esa zona.

Como estoy poniendo los platos sobre la mesa, estos hacen un ruido ensordecedor al resbalar sobre el mantel.

-Joe, ¡qué susto! ¿Qué caja? –pregunto tratando de mostrar cierta indiferencia.

Me alejo de él con disimulo.

-Te vi cogiéndola de encima de mi mesa –el susurro ahora es en mi oreja.

¡Ay, así que me vio! Pese a las evidencias, vuelvo a repetir qué caja. ¡Cojo tantas cosas de encima de su mesa!: clips, papel, gomas de borrar…

-No te hagas la despistada –me dice Diego.

Su mirada es tan sugerente, que me inventaría lo de la caja de no ser así.

-Es que está en mi cuarto y…

-Pues vamos a tu cuarto…

Esa petición me pone la carne de gallina.

-Espera que termine de poner la mesa…

-No… -es tan tajante que me giro sobre mis talones y me dirijo a mi habitación. La sumisión es lo mío.

Él me sigue. El cuarto está en el extremo más alejado de la casa. El desorden que se observa le hace exclamar un joder de lo más humillante. Pese a lo embarazoso de la situación, suelto una risita.

Le digo que no entre y trato de cerrar la puerta en sus narices. Con una mano, él la sujeta. Yo no pongo mucha resistencia, la verdad.

-Deja que la busque con tranquilidad… –trato que mi tono de voz sea seguro y firme. Soy sumisa, pero no hay que dar pistas.

-¿Es que tienes algo que esconder…?

-¡No!

-Veo tirados un sujetador –me dice mientras me hace un quiebro eficaz y entra-, unas bragas, un paquete de compresas…, en fin, lo más vergonzoso ya lo he visto, así que…

-¡Pero qué mentiroso eres! -le digo a la vez que busco alguno de esos objetos por si fuera cierto-. Soy desordenada, ¡pero no tanto!

-Venga, la caja.

Pero me agarro a él y le beso. No sé si intenta abrazarme o todo lo contario, intenta deshacerse de mí. Trastabillamos y caemos sobre la cama. El golpe del cabecero contra la pared hace que la balda que está encima se caiga. Es muy delgada e inestable, uno de sus soportes está, desde hace meses, flojo. Todo lo que hay encima de ella se desparrama sobre nosotros.

Diego, tras el susto, mira con estupor lo que ha caído. Exclama un “¡vaya, vaya!” con retintín, un “¡serás bruja!” y un “¡eres un auténtico bicho!” con enojo, junto con palabras groseras que acallo con un nuevo beso. Ha descubierto todo lo que le he ido sustrayendo durante los últimos años.

Corresponde a mi beso.

Pero de pronto se separa de mí.

Le agarro de la camisa y tiro de ella. Con pasión. Con fuerza. Como una loca.

***

Un par de segundo después y mientras Diego sale y se mete los bajos de la camisa por el pantalón, me dice:

-Ya hablaremos de esto, y de lo otro más tarde.

Yo me encojo de hombro y miro el par de botones que se han quedado en mi mano. Más tesoros.

***

En la cocina unas copas de vino nos esperan para tomar un aperitivo. Alex sigue alabando a mi padre, que se mueve como un pavo real. Diego se ha sumado a los elogios. La paella ya tiene su color azafranado. Yo tomo mi copa, Alex me la llena, Diego levanta la suya, mi padre toma un sorbito de la suya.

Todos sonreímos. La copa de Diego, con su saliva, pasará también a mi colección.

 

Etiquetas: Algo inesperado, caja

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