Sometida

Yo iba a la casa de la solterona, mujer insociable y medio ciega, una vez a la semana. Le leía un libro. También le ayudaba a escribir alguna que otra carta.

A una hora determinada, siempre a la misma, un hombre pasaba por delante de la puerta acristalada del salón. El ruido de sus zapatos sobre el suelo de madera anunciaba su presencia. Su silueta era como una filmina del pasado.

Pero una tarde se detuvo en el corredor, abrió la puerta y entró.

Pensé que se presentaría. Pero no fue así. Lo único que hizo fue mantener los ojos fijos en mí. Con descaro. Incomodándome.

Interrogué con la mirada a la anciana. Nada en ella me indicó si se había dado cuenta de que el desconocido estaba ahí. Lo ignoraba, o hacía que lo ignoraba.

El hombre vestía un traje impecable. Decimonónico. En su rostro, juvenil y melancólico, se ajustaba un bigote engominado. El flequillo negro y lacio le caía sobre la frente. La boca, grande, quedaba remarcada por labios gruesos. Los ojos, lánguidos.

Un guiño y su melancolía se intensificó. Se llevó un dedo a los labios. Me pedía un silencio sensual y desvergonzado. Después me dio la espalda y regresó a la oscuridad del pasillo.

Sorprendida volví a mirar a la anciana. Pero ésta, apoyada la barbilla sobre su pecho, cabeceaba al ritmo de su pecho.

Sentí la imperiosa necesidad de seguir al hombre.

Cerré el libro, me levanté y lo dejé sobre la silla.

***

En el corredor dominaba una despótica oscuridad. Al fondo del todo una luz tenue y amarillenta indicaba que allí había una estancia.

Era un ropero lleno de trastos.

Unas manos en mi espalda me introdujeron en él.

La luz se apagó.

Se cerró la puerta.

El ruido de un pestillo.

No grité.

Ni siquiera luché.

Su voz, apagada, abisal, susurró a mi oído que me deseaba.

El fuerte olor a cerrado y polvo se mezclaba con el aroma a bolsas de lavanda y a la colonia del hombre.

Sus manos rápidas y directas palparon mis caderas, mi trasero. Frotó su nariz en mi cuello. Su boca apresó el lóbulo de una de mis orejas. Solo entonces le empujé. Una ridiculez: apenas pude separarlo de mí.

—Le ruego que me deje salir. —Le supliqué.

—Lo siento, pero no puedo. Quiero…, necesito tocarla.

Creo que asentí.

A pequeños empujones me llevó hasta el final del ropero. Mi espalda chocó con algo mullido, como si hubiera un colchón apoyado en la pared. Las manos, extrañamente heladas, tocaron mis pechos. Los apretó.

Emití un sollozo, un simple rumor, sin defenderme.

Aquellas manos continuaron su camino.

Bajaron.

Al llegar al borde inferior de mi falda comenzaron a levantarla.

Me tensé.

El hombre se movió para acoplarse a mí. Se apretó contra mi costado.

En ese momento fue cuando le cogí una mano y aceleré su marcha. Mi cuerpo se arqueó. El espacio, estrecho y sofocante, pasó a ser cálido y húmedo. Ingrávido.

Floté.

***

Cuando recuperé el aliento, le rogué, le exigí, que necesitaba algo más.  Mis dedos hurgaron en su pantalón. Frenéticos.

Y todo acabó.

Se apartó de mí, abrió la puerta y desapareció.

***

La anciana levantaba la cabeza justo al entrar yo en el salón. Con todo el sigilo que pude llegué hasta la silla, tomé el libro y me senté.

—¿Por qué has dejado de leer? —Me preguntó.

—El hombre que vive con usted me pidió que le diera papel y pluma.

—¿El hombre? ¿Qué hombre?

 

 

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