El Profesional

Profesional

     –¿Y?

     –Pues que me dice que sí. Así, sin regateos. Que no hay problema por la pasta, pero que quiere estar presente cuando lo haga.

     –¡Hostia puta! ¿Y tú que le dijiste?

     –Qué le iba a decir: ¡que no, coño! Yo no voy por ahí cargándome gente con público.

     Los dos hombres están sentados al fondo del bar, en la mesa del rincón, de espaldas a la pared. Desde ahí se ve todo el local. Ambos se integran perfectamente en la decoración del lugar. Podrían ser dos asiduos hablando de fútbol, o de mujeres si atendemos a las estadísticas.

     –¿Les pongo alguna otra cosilla, señores? –la pregunta llega desde detrás de la barra.

     –Sí, Germán, vete poniéndonos otro par de cañas. Y unos callos, que a mí hablar de trabajo siempre me da hambre –esto último ya no va para el camarero, sino para su compañero de mesa, con el que enlaza donde lo había dejado–. Pues el tío venga a insistir, y yo que no, que ni de coña.

     –Hombre, claro. Es que eso es como estar montándotelo con tu chica y tener un tío de miranda: te corta todo el rollo.

     –Pues nada, que no hubo manera. Al final me calentó tanto la cabeza que le dije que sí, pero que si quería verlo tendría que pagar el doble.

     –Y se acabó la charla, ¿no?

     –No, me dijo que sin problema, que pagaría. ¿Qué te parece?

     –Que te ha tocado el gordo, tío, eso me parece.

     –Ya. El caso es que saca un fajo de billetes –el adelanto–, me lo pone en la mano y me dice que tengo que estar a las diez, esa misma noche, en un almacén de su propiedad en el polígono de La Celulosa. Me da la dirección, se da media vuelta y se pira.

     La puerta del bar se abre. Los dos hombres interrumpen la conversación y recorren mecánicamente el local con la mirada. Vuelven a lo suyo al comprobar que quien entra es una pareja de jóvenes que seguro viene a hacer tiempo hasta que empiece la sesión de tarde en los cines que hay enfrente.

     –En fin, que me voy para allá a las nueve y me busco un sitio desde donde observar sin que nadie me vea, por si acaso –su compañero de mesa asiente, como aprobando la jugada–. A las diez menos veinte llega un coche, se bajan dos tipos y entran en el edificio. Yo me quedo vigilando hasta las diez.

     –…Y entras.

     –Y entro, sí, pero apenas veo nada. La única luz que hay está en la otra punta de la nave, iluminando una escalera de subida a lo que debían ser las antiguas oficinas. Casi me mato hasta llegar allí.

     El hombre que cuenta la historia da el último sorbo a su cerveza y continúa.

     –Total, que subo las escaleras y desde la puerta veo a los dos hablando en mitad de la sala. Me miran, me acerco y, cuando estoy a un par de metros de ellos, el pagano me dice: que sufra. Y se separa, dejándome espacio. Al otro se le queda cara de pez, no entiende nada, y yo aprovecho y le sacudo en la boca del estómago. Lo dejo boqueando, agarrándose las tripas con los brazos.

     –Se lo dejo por aquí, jefe –es el camarero, con las cervezas y los callos–. He pensado que, como me han salido un poco picantes, mejor unos dobles que unas cañas. Si no tienen inconveniente.

     –Tú siempre pensando en el cliente, Germán. Así da gusto.

     Tras comprobar la alegría de los callos y el frescor de la cerveza la historia continua.

     –Pues eso, que lo siento en una silla, me pongo los guantes y empiezo a sacudirle. A los veinte minutos el otro me dice que con eso le vale, que liquide. Así que agarro un madero del suelo y le atizo en la nuca: ¡clon! El tío cae redondo, y yo me voy a por el resto de la paga.

     –Como tiene que ser.

     –Pues mira tú por dónde, no he dado dos pasos y oigo detrás de mí: por favor no me pegue más, por favor… Me doy la vuelta y me encuentro al hostiado sentado en el suelo, mirando al vacío.

     –¡No!

     –Como te lo cuento. Y el otro que me mira como quién mira pifiarla a un pardillo. Me dio tanto coraje que saqué la pipa y le metí un tiro al del suelo, a bulto, sin mirar mucho.

     –¡Qué cabrón el tío, no querer morirse!

     –Ya, pues espera, que como no me fío voy y le tomo el pulso.

     –Y está vivo.

     –No, fiambre total. Pero como estoy con la mosca detrás de la oreja cojo una de las lámparas que nos ilumina, rompo la bombilla

     –…y electrocutas al muerto.

     –Sí, y de paso hago saltar el automático: nos quedamos a oscuras.

     –Joder.

     –Eso mismo dijo el otro mientras nos poníamos a buscar el cuadro eléctrico iluminándonos con los mecheros. No tardamos mucho en encontrarlo. Probamos con varias teclas y al final lo conseguimos. Y cuando nos damos la vuelta el hijoputa del muerto no está, lo único que hay es un reguero de sangre que va hacia la puerta.

     –Eso es que el choc eléctrico lo revivió, seguro.

     –Gracias doctor House, pero me importa un güevo. Yo lo que quería era acabar la faena, cobrar y desaparecerme. Y no había manera. Ni me atreví a mirar a la cara al contratista. Me fui directo a la puerta, dispuesto a rematar como fuese. Pues ni así pude, cuando llego me lo encuentro hecho un guiñapo al final de la escalera: el tío se ha caído rodando y se ha roto el cuello.

     –¡Bote! –es Germán lanzando al tarro de las propinas la moneda que ha dejado la pareja de jóvenes que estaba al final de la barra.

     –¿No pensará que le voy a pagar por la muerte accidental de este memo, no? –Me dice el jefe echándome el aliento en la oreja. Y a mí se me pone tan mala hostia que lo cojo por las solapas y lo hago volar desde lo alto de la escalera. ¡A tomar por culo!

     –Me lo has quitado de la boca, tío. Lo malo es que te tocaría limpiar el doble.

     –Bueno, gajes del oficio. Decidí empezar por el sufridor. La verdad es que me daba un poco de pena el tipo. En fin, que bajo la escalera y mientras me lo echo al hombro le digo: ya lo siento chaval.

     –No te preocupes, hombre, son cosas que pasan ­–me contesta el muy…

     –¡No me jodas, no me jodas… te topaste con el sietevidas! ¿Y qué hiciste entonces?

     –¿Tú que crees? Llevarlo a urgencias. Me pagaron por un muerto y eso es lo que entregué.

     –Cagüenlaputa, sí señor, profesional cien por cien. ¡Brindo por eso!

     –Es lo que hay. ¡Salud!

 

Etiquetas: Hb13, humor, muerte, relato

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ATENCIÓN: Al pulsar el botón 'Publicar Comentario' estás aceptando la Política de Privacidad de este sitio web.