Tres tristes tigres

Mi vida entera pasa ante mis ojos. Esa vida que empezó en el año… Mejor no os aburro contándoosla. Nunca me la tomé en serio. Además, ni es oportuno, ni el lugar el más idóneo.

Muevo las manos pidiendo tiempo. Parezco un guardia de tráfico frente a un camión.

—El número 3 en la Biblia… eh… eeeeh, representa la totalidad, pasado, presente y futuro —musito por fin.

Los ojillos de mi adversario refulgen. Literalmente arrojan fuego.

En fin, me ha salido el tiro por la culata. Toca escuchar el tipo de condena…

¡Es increíble!, el bicharraco rojo rompe a reír, una risa la mar de jovial, ¡hasta puedo decir que simpática! Es la primera vez que lo hace desde que me enfrenté a él. En las otras ocasiones también se había echado a reír, sí, pero con una carcajada estridente, desagradable.

Río con él mientras intento pensar en cómo seguir perdiendo tiempo. Llevamos jugando, ¿jugando?, una eternidad, aunque puede ser que sólo llevamos un par  de minutos.

—Sigue —dice de repente, cortando con brusquedad su risa y por ende, la mía. El sudor ya no cubre mi rostro, me chorrea por los cuatro costados.

Ya le había dicho lo de su marca personal, los tres seises; El tercer hombre, y casi le conté la película; Los tres mosqueteros, me lo admitió tras un patético sollozo; Los tres filtros de Sócrates: bondad, verdad, necesidad, poniendo todo el énfasis en la palabra bondad; El tercer ojo, ese situado en el entrecejo, asociado al conocimiento y al despertar de la conciencia; los tres ángulos de un triángulo… y así otros tantos más, hasta que empezaron a ser ridículos, como los tres cerditos, lo de los tres pies del gato… Pero en un último estrujamiento de cerebro me acordé del cuento de Los tres pelos del diablo y el mismísimo tres como Número Divino. Mentar al bicho en el que queda como un bobo me pareció no sólo insolente, también condenatorio ipso facto, y mentar a su «archienemigo» ni te cuento. Sin embargo me leyó el pensamiento, por lo que me dijo que o lo soltaba o me daba el mejor trabajo disponible en su cálido hogar. Aquí frunció los labios, se cogió la cola y la movió con sensualidad. Por supuesto, me convenció. Y por eso, para conseguir el peor trabajo, solté lo de su rival. Y ahí estábamos los dos, riendo felices y contentos para que unos segundos después volviera el llanto y el rechinar de dientes.

—¡Vamos! —ruge. Un rugido que suena a triunfo; que huele a mil demonios.

Está clarísimo que no me dejará libre hasta que dé con la clave. El cielo o el infierno dependen de un estúpido y simple tres.

—…, los…, los…, no…, ¡no me acuerdo de más…! —e intento volver a llorar. Imposible, cada milímetro de mi piel lo está haciendo con profusión. Por cierto, no sé si el alma puede morir pero estoy a un tris de descubrirlo.

Entonces el cornudo me pone entre la espada y la pared, se ha cansado del jueguecito; me dice que diga de carrerilla, y sin equivocarme, el trabalenguas de los tigres.

Trago la poca saliva que me queda y cierro los ojos.

Nunca me he tomado la vida en serio, sin embargo siempre hay una primera vez:

—Tres tristes tigres comían trigo en un trigal. ¿Cuántos tristes tigres comían trigo en un trigal?

Y lo gracioso es que lo he dicho de un tirón, sin equivocarme. Lo que no es tan gracioso es que él, sorprendidísimo por mi perfecta declamación, me intenta imitar. Y un diablo trabucándose, es decir, quedando en ridículo no tiene perdón de Dios.

 

Imagen de Wikipedia

Etiquetas: 3, demonio, Hb13, relato

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