Omnes vulnerant, ultima necat

Categoría: César

     El rastro de sangre conduce hasta la figura que se arrastra hacia la esquina de la sala. Seis o siete hombres le rodean a cierta distancia; le observan sin hacer nada; cuchichean, se miran nerviosos unos a otros y esperan. El rostro de algunos refleja… ¿miedo, tal vez?

     Al hombre del suelo le cuesta mantener los ojos abiertos, pierde la consciencia al mismo ritmo que la sangre. Su respiración es pesada, borboteada. El aire que se cuela a través de las cuchilladas está haciendo que sus pulmones se colapsen, el diafragma no podrá seguir cumpliendo su función por mucho más tiempo; aun así ha logrado apoyar la espalda en la pared; a tientas está buscando la daga que asoma bajo la toga.

     –¿He de ser yo quien vuelva a salvar a Roma?

     La pregunta llega desde el otro extremo de la habitación. Suena atronadora: la falta de muebles, de tapices en las paredes multiplica la voz de tal manera que la pregunta casi se transforma en exclamación. Un hombre de piel morena y aspecto marcial se aproxima con amplias zancadas. Cuando llega a la altura del grupo este se separa franqueándole el paso. Todos le conocen, ninguno le devuelve la mirada: hay sangre en las vestimentas de todos y puñales en todas sus manos.

     El recién llegado se aproxima al hombre yacente y apoya una rodilla en el suelo; los ojos de ambos quedan a igual altura, y así permanecen unos instantes. Sin apartar la vista toma la daga del herido, él también la ha visto, la desenfunda lentamente y se vuelve hacia el grupo que retrocede sorprendido.

     –¡Cobardes! –les espeta en voz grave-.

     Y girando sobre su rodilla clava la daga en el corazón del moribundo.

     –Omnes vulnerant, ultima necat(*).

   

(*) Todas hieren, la última mata. Inscripción que solía incluirse en los relojes de sol romanos.

Etiquetas: cuento, historia, negro

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