Sirenas

Si Paula hubiera podido elegir, le habría gustado ser una sirena. Una elegante sirena, soberana de un reino solo habitado por súbditos leales y amables, siempre pendientes de sus órdenes y deseos. Se pasaría el día nadando perezosamente en las profundidades azules devolviendo, sonriente, los saludos y reverencias que a su paso le harían sus entregados vasallos.

─Ya eres esa reina sirena ─le dice su madre.

─¿De verdad?

Y ella la cree y ríe, encantada, con su boca torcida como un poliedro irregular pintarrajeado de rojo en los bordes que ocupa casi toda su cara. Su diminuta nariz se desliza hacia arriba, acercándose decidida a los dos ojos, miopes y profundos, de verdes desiguales. Los párpados, teñidos con torpeza de un azul encendido, le dan una extraña apariencia de hada vieja. No se parece a nada que exista en el planeta; al menos a nada que Alba haya visto nunca, antes ni después de haberla tenido. Y es tan jodidamente auténtica en su alegría que al mirarla siempre tiene ganas de llorar.

Mirar a Paula es un tormento. Su cuerpecito, vencido hacia la izquierda en su sillón-trono, parece querer encajar a la fuerza en el corpiño de poliéster rosa al que ya le faltan muchas estrellas. La falda larga de tul cae sobre sus piernas con desmayo, semejante a una medusa desplomada sobre un cubo de playa puesto del revés. El tridente, que aferra incluso cuando duerme, le sirve tanto de apoyo como de símbolo de poder, y la corona de grandes perlas falsas y zafiros de cristal se ladea sin llegar nunca a caerse. El collar de caracolas, perpendicular al suelo en elipse, se engancha de continuo al tridente haciendo todo más difícil aún.

Los médicos le repiten a Alba una y otra vez que el estado de su hija no es su culpa; que nada tiene que ver con haberse metido de todo (y por todas las vías) durante el embarazo; que el responsable único es  un gen mutado que podría haber aparecido mucho después. Pero la culpa la mata.

* * *

Alba, hija única de dos miedosos, neutraliza los terrores paternos con canto y baile, y al final se larga con un inglés a los veinte años. Se libera, así, de terribles predicciones de desgracias y accidentes que sus padres derraman sobre ella sin piedad. Cuando el inglés desaparece al quedarse embarazada, ella vuelve con sus padres. Allí es acogida con el cariño de siempre y los mismos miedos. Y sigue cantando y bailando.

Cuando ve a su hija por primera vez, Alba se enamora de ella y, a la vez, se le rompe el corazón para siempre. Contrahecha, diminuta, morenucha con profundos ojos de verdes diferentes, es la viva estampa de lo que una madre siempre teme parir.

─Ay, pobre y querida niña… ─dice la abuela al contemplar todos sus temores cumplidos en la nueva criatura.

Alba deja de cantar y bailar. Paula crece poco y muy despacio; todo en ella es pequeño a excepción de su boca y su imaginación, que resulta ser infinita. A los tres años ya es sirena por decisión propia y su alegría crece hasta niveles histéricos cuando su madre termina la cola de sirena plateada que le pide en cuanto aprende a hablar. Necesita la cola para bajar a las profundidades azules a saludar a sus vasallos. Allí habla con Tritón, su consejero principal, que le hace sabias sugerencias y la asesora en las cosas de la vida. Quizás un día se case con él. Alba la escucha con una gran sonrisa falsa y de noche llora en su cuarto.

─Mi madre se pone triste siempre que me mira ─le dice Paula a Tritón el día de su décimo cumpleaños.

─Sí, tiene miedo de que un día alguien se ría de ti y te haga daño porque eres diferente ─le contesta él─. No sabe cómo evitarte eso, porque los humanos nunca han convivido antes con sirenas.

Paula deja entonces de aludir a su esencia de sirena, deja de ponerse el vestido de tul y de pintarse los ojos de azul encendido y esconde el collar de caracolas. A partir de ese día, sólo cuando su madre se va a dormir, se convierte de nuevo en sirena y baja a las profundidades azules de su reino a saludar a sus súbditos y recibir sus reverencias. Alba no pregunta por la vida marina de su hija; al fin, la niña ha dejado de fantasear.

─Sigue teniendo miedo por mí, ¿verdad?

─Sí ─contesta Tritón─. Y nunca se le pasará porque ella no sabe que todo va a ir bien.

* * *

Una noche muy fría de invierno, la de su decimonoveno cumpleaños, vuelve a vestirse de reina del mar antes de bajar al inmenso océano a recibir las felicitaciones de sus vasallos. Ahora el vestido le queda grande. Aprieta un poco más el lazo de la cintura, pero da igual; el vestido también le queda un poco largo y el corpiño -casi sin estrellas ya- le hace bolsas. Qué pena, vestidito, me he perdido tu crecimiento; no he estado en tus momentos significativos ni en tus grandes alegrías. No he sabido ayudarte en los trances importantes de la vida…

─Deprisa, tu madre te necesita ─le urge Tritón─. En su cuarto.

Se saca con rapidez la cola de plata, y arrastrando los pies todo lo rápido que puede y con el tul barriendo el suelo, Paula llega al dormitorio de su madre apoyándose en el tridente. Alba está tirada al lado de la puerta. Sus piernas, en un extraño ángulo, forman una especie de uve con el resto de su desmadejado cuerpo. Los ojos, grandes y ahora excepcionalmente profundos, miran a su hija con pesar; pero su boca, torcida como un poliedro irregular, sonríe de par en par pintada de rojo cuando Alba se inclina sobre ella y la acaricia. Así que no era mi culpa…

─Todo va a ir bien, mamá. Confía en mí. Ahora tú también eres una sirena─. Y con un enérgico gesto de la mano, ordena a sus ejércitos marinos rendir pleitesía a la nueva reina madre.

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