4 segundos

4 segundos

     Son casi las seis de la mañana, y aunque las noches son cada vez más cortas, todavía habrá que esperar un par de horas para que amanezca. Hay tanta quietud en las calles que podrías oír a los gatos correr.

     Suenan los primeros despertadores. Se acabó la calma chicha.

     Luces que se encienden, buenos días a media voz. Agua corriendo sobre la piel.

     Cucharillas contra el cristal, cuchillos sobre el pan. Carreras contra el reloj.

     Portales que se abren y cierran. Gente que se saluda en la calle. Habituales que charlan de su día a día en el autobús hasta que se apean y se despiden cortésmente hasta mañana. Chavales que corren al colegio, mayores al cuidado de pequeños. Todo se sucede a ritmo constante, de ayer, de mañana. Vivir en una pequeña ciudad es una gran ventaja, si eres como todos.

···

     Mi infancia fue como la de cualquiera, supongo, nada especialmente destacable. Sí que tengo muchos recuerdos de los juegos en la calle con el resto de chavales del barrio. Todos revueltos. Desde el bocadillo hasta la puesta de sol, o en verano hasta que tu madre te daba una voz desde la ventana para que subieses a cenar. Creo que éramos inconscientemente felices.

     Y entonces vas y creces. Y el mundo se te complica. Empiezan los cambios, las diferencias. Los gustos, las simpatías, las atracciones. Las dudas. Buscas refugio entre tus iguales pero no los encuentras, ya no los hay. Y cada vez más ojos observándote, más dedos señalándote. Más conversaciones silenciadas por tu sola presencia.

     A ti se te revuelven las tripas. Quieres soltarlo todo y liberarte. Quieres confiar en tus amigos, en que aún sean tus amigos. Y mientras tú estás pensando en el cómo, el miedo se sienta a tu lado y empieza a susurrarte ¿por qué?

     No peleé, hui dejándome llevar: me integré en el cardumen de un pequeño mar interior.

···

     El verano de los dieciocho llegó, y yo me vi con más lío de lo esperado. El curso siguiente empezaría en la universidad y, aparte de solicitar la beca y de matricularme, tenía que buscar libros, transporte, residencia. Por lo demás, la misma rutina de todos los veranos: mañanas de piscina, tardes de pipas y paseos, y noches de fiestas veraniegas por los pueblos de alrededor, si encontrabas quién te llevase.

     Julio pasó, más ajetreado que de costumbre pero igual de pegajoso, y entró agosto.

     –Coge el bañador. Nos vamos a la Muni –es Tere, que habla por todo el grupo.

     –Hoy creo que no. Demasiado calor. Prefiero quedarme aquí en el parque y pasar la mañana leyendo a la sombra –mentí, sin demasiado interés en que no se notase.

     Conozco a Tere de siempre y sé que, mientras se gira hacia el resto dándome la espalda, ha puesto los ojos en blanco y las cejas en arco antes de soltar con voz de curilla novato: Bienaventurados los incultos ignorantes porque también ellos alcanzarán el reino de la sabiduría. Así que ¡ale, panda de analfabetos!, vamos a buscarnos un reino. A ser posible con sombra y piscina.

     Veo cómo se alejan por el paseo y cojo el libro que me ha servido de pretexto: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. Leo sin ganas. Apenas un par de páginas más tarde alguien se me cuela por el rabillo del ojo. Alzo la vista. Son Lidia y su hermano Berto. No, espera, ¿Lidia no se iba a no sé qué a la Provenza?

     Cuando están a mi altura Berto comienza a hablar, pero yo sólo oigo bla-bla, bla-bla, Esther, bla-bla, intercambio con mi hermana, bla-bla. Apenas le escucho, tengo toda la atención en los ojos, en los de ella, y el resto es blanco nuclear.

     Supongo que Berto ha debido hacerme alguna pregunta porque de repente soy consciente de que nadie habla y de que ambos me miran. Yo les devuelvo la mirada.

     –¿Os apetece ir a la piscina? Con este calorazo, como que apetece ¿no?

     Nos volvimos inseparables. Yo la invitaba a quintos bien fríos y ella a mí a Gauloises, que eran como lija para los pulmones, pero a mí me daba igual. Y hablábamos, hablábamos mucho, hablábamos sin parar. El resto del grupo solía dejarnos en un rincón, para que no les calentásemos aún más la cabeza, decían.

     Agosto se hizo muy breve.

    El día de la despedida todos se agolpan alrededor de Esther. Besos, risas y buenos deseos. Lo típico. Yo no. No quiero despedirme. Me quedo a un par de metros observando la escena, deseando despertar.

     La piña se rompe y nos quedamos frente a frente, en silencio. Las palabras no dichas se me atascan en la garganta. Esther ladea un poco la cabeza, esboza una sonrisa y se acerca a mí.

     Me abraza.

     No sé cuánto tiempo permanecemos así. Tampoco sé cuánto tiempo lleva un abrazo normal. Lo que sí sé es que siento su cuerpo junto al mío y que el mundo se me reordena.

···

     El primer trimestre de universidad fue caótico, extenuante y seguramente el más feliz de mi vida. Las clases, las prácticas, la biblioteca, el grupo de estudio. Apenas me quedaba tiempo para nada y sin embargo a mí no se me iba la sonrisa de la cara.

     A mediados de diciembre los exámenes ya habían pasado, las aulas estaban cerradas y los cuerpos pedían ¡fiesta! Los de Primero quedamos a media tarde en la Plaza Mayor. No fuimos los únicos. Al parecer esa era la costumbre, de todos los universitarios.

     Poco antes de la una ya habíamos recorrido todos los garitos de la zona, o eso creíamos, así que decidimos parar para reponer fuerzas y comenzar con la segunda ronda. Nos fuimos a Casa Aurelio, su especialidad: los bocadillos de calamares recién hechos.

     Nos apretujamos en una esquina del bar. Comemos, brindamos. Bebemos. Y cuando aparto el vaso de la cara veo a Esther al otro extremo de la barra. Me mira. Sonríe.

     En cuanto mi corazón retoma el ritmo perdido alzo el brazo por encima de la cabeza y le señalo la puerta del bar. Ella asiente. Me despido del grupo a las bravas y salgo. Y por un instante me entra el pánico. ¿Y si sólo la he imaginado? ¿Y si, cuando salga, ella no está allí?

     Pero sí, está.

     Nos ponemos al día. Me cuenta que ha venido para estudiar Filología Hispánica, que lleva aquí algo más de una semana, que ha tenido problemas con el visado y que ha perdido los dos meses de inicio de curso.

     Que se alegra de verme.

     Echamos a andar, hombro con hombro. Charlamos. Hace frío. Me quito un guante y deslizo la mano en el bolsillo de su abrigo, dónde lleva la suya a resguardo. Me mira, tiene la nariz roja.

     –¡Oh là là! Vamos a tener que buscar refugio –me dice apretándome la mano–. Estás helada.

     Y voy a decirle que no, que ya no, que durante mucho tiempo lo estuve, pero que ya no. Y me doy cuenta de que tengo toda la atención en los labios, en los de ella, y que el resto es blanco nuclear.

Etiquetas: Hb13, mujer, relato

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *