Yo sí que te quiero

─Yo sí que te quiero, Raúl; yo sí sé que te quiero y, además, sé explicarlo para que lo entiendas y lo creas.

─Bueno, pues, ¿cómo explicas lo que sabes?

─Porque yo sé que no me engaño, porque me cuesta decirlo pero quiero hacerlo, porque me conozco y no pierdo la paciencia –hago una pausa para que entienda lo que digo, para que vea la diferencia entre yo y él─. Porque te quiero, Raúl.

─¡Pero si estamos hablando de lo mismo! Yo también te quiero, y también lo sé.

─Solo en apariencia, porque tú no estás seguro, no sabes demostrarlo; aunque crees que estás seguro, yo dudo porque no me convences de que lo sabes.

─Pero no sé qué más puedo hacer para convencerte… Te he ofrecido matarme por ti, te daré todo lo que tengo. ¡Te daré todo lo que soy!

─No será mucho lo que me quieres si me crees tan materialista como para ofrecerme todo lo que tienes y así matar mi duda. Y no puedes ofrecerme todo lo que eres; ¿cómo voy a creerme eso?

Tiene cara de perplejidad y concentración, también de desesperanza; me miro en él y solo veo un espejo viejo, ahumado por el tiempo, en el que no atisbo mi brillante reflejo. Pero de pronto se le ilumina la cara y a mí me salta el corazón. ¿Será posible…?

─Ya sé: ¡seré lo que tú quieras que sea, querida mía! Así te daré lo que soy. Tú harás de mí lo que yo acabe siendo si he de ser cualquier otra cosa que tú quieras…

─Pero si eres otra cosa de la que eres ahora que te quiero, no podré quererte ya. Porque yo te quiero ahora y, por lo tanto, te quiero así. ¿Podré, entonces, quererte después? ─Dios mío, yo le quiero así. Por favor, haz que sea capaz de demostrarme que me quiere sin cambiar.

─Ya, pero si te doy lo que soy puedes hacer de mí lo que quieres que sea exactamente, por ejemplo que sea capaz de convencerte de que te quiero. Y, aun siendo diferente, yo te seguiré queriendo igual y podrás después volver a hacer de mí lo que soy ahora, cuando ya estés convencida de mi certeza…─se levanta y se me acerca con ímpetu.

─No, porque si eres otra cosa de lo que ahora eres y ahora amo, también cambiarán tus sentimientos hacia mí. Inevitablemente.

Volvió a quedarse pensativo, mirándome a los ojos con concentración lejana; su mirada estaba mucho más allá de la mía, más allá de la pared, más allá de los confines de la ciudad, en otro mundo que yo no alcanzo. Me dio miedo el miedo en su mirada.

Al poco volvió a estar conmigo y le sentí de nuevo animado. Mi corazón volvió a latir a su son.

─Bueno, pues te daré lo que soy solo hasta ese punto; solo hasta el punto en que no puedas cambiar ese sentimiento. Pero todo lo demás te lo daré.

─Si me das todo lo que eres solo hasta ese punto, ya no me lo estás dando todo; ya no me das lo que más valoro: tus sentimientos, Raúl, que es lo que más valoro. Solo que no sé si estoy segura de que tú estés seguro de ellos.

─¡Pero claro que lo estoy! Ya te lo he dicho por activa y por pasiva, María. No sé qué más hacer o decir para que me creas, para que entiendas que sí estoy seguro de mis sentimientos por ti, del amor que te profeso, de que éste es total, infinito. Yo lo sé, pero no sé qué más hacer para que lo sepas tú con la seguridad que buscas.

Quiero creerle, claro que quiero creerle. ¿Qué clase de tonta sería si ni siquiera quisiera creerle? Quiero creerle mucho más de lo que él quiere que le crea. Pero si no nos aseguramos, ¿qué pasará luego si, ya tarde, descubre que estaba confundido? ¿Y si resulta que no me quiere más que a nada?

─Yo tampoco sé qué más puedes hacer, Raúl. Yo solo puedo saber qué más haría yo en el mismo caso. Solo sé eso.

─¿Y qué harías tú?

─Yo también te daría todo lo que soy, claro; pero yo sí sabría que, cuando fuese lo que quisieras que fuese exactamente, te seguiría queriendo.

─¿Y por qué yo he de creerte a ti y tú a mí no me crees?

─Porque yo estoy segura de que te quiero, y tú no estás seguro de que me quieres. Lo acabas de demostrar preguntándome que por qué has de creerme. En el amor no existen las dudas, Raúl.

─¡Pero yo no dudo! Tú crees que yo dudo y pones en mi pensamiento los tuyos, pero yo no dudo en realidad, son todo imaginaciones tuyas…

─¿Me quieres y me llamas mentirosa?

Agachó la cabeza con desesperación y la apoyó en sus manos. Pasaron unos minutos hasta que, besando las mías, me miró a los ojos con dulzura pero ya rendido.

─María, María, ¿qué podemos hacer? –suplicó

─¿Respecto a qué, querido?

─Respecto a todo este lío: nos queremos el uno al otro más que a ninguna otra cosa, los dos conocemos lo que sentimos y sabemos que es cierto, pero tú no sabes mi certeza porque no parezco ser capaz de transmitírtela. Me siento tan impotente…

Otra vez lo mismo, la historia se volvía a repetir; con Luis y con Ricardo había sido igual. Lo dijeron hasta la saciedad, pero no pudieron convencerme, no supieron hacerlo. Llegaba la cosa a un punto muerto de nuevo, el mismo punto de siempre. Lo siguiente a la impotencia era la confusión antes de la tristeza, y luego venía, inevitable, la ruptura.

¿Cuántos Luises y Raúles quedarían por venir hasta que llegara el que de verdad supiera hacerme saber que me quería? ¿Y si no llegaba? Mi corazón encogido se encogió un poquito más. No, no lo consentiría. No me volvería a ocurrir, no y no.

─¡Ya sé! –grité alborozada.

─¿Qué sabes? –una lucecita se encendía y se apagaba en el fondo de sus pupilas─. ¿Qué sabes ya, María?

─¡Tengo la solución!

─¿Y cuál es? ¿Cuál es la solución, María?

─Lo haré yo, querido; yo lo haré todo –estaba decidida a que esta vez fuera diferente. De pronto me importaba mucho que lo fuera. Le quería de verdad, yo lo sabía─. Yo me convenceré de que me quieres más que a nada. Yo lo haré, y sí, sí que sabré al final que me quieres y sabré que tú lo sabes con seguridad. Sí, Raúl, me convenceré a mí misma, y te creeré. Porque te quiero, al final te creeré.

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