Anaconda

Anaconda

     He llegado en tren, junto a medio centenar de personas. He disfrutado del trayecto: extensos campos de cultivo, pequeñas poblaciones a lo lejos, viajeros charlando amistosamente. Sin embargo ahora, aquí de pie frente a este conjunto de funcionales… de racionales construcciones que se extienden ante mis ojos…

     El viento, me encanta el viento cuando mece los árboles, cuando me trae su olor verde mate, cuando se me cuela bajo el pelo y me lo revuelve, y me lo echa en la cara y me hace cerrar los ojos.

     Inclino la cabeza hacia atrás y despejo mi rostro con la mano. Abro los ojos. Nubes, nubes por todas partes, nubes compuestas de nubes, nubes blancas en un cielo azul vibrante. ¿Tendrá nombre este azul abrumador? Las nubes lo tienen. Este podría ser un lugar hermoso.

     Cuando bajo la vista veo la alambrada que se extiende a derecha e izquierda, veo la puerta de entrada, el rótulo que hay sobre ella: Arbeit macht frei. Atravieso el umbral que miles antes de mí cruzaron una única vez.

     Avanzo hasta alcanzar los primeros barracones. La grava que tapiza el camino cruje a mi paso, y en cada crujido parecen resonar las voces de cientos diciendo su nombre. Ya no hay viento, ni sol, las nubes lo han tapado. Un olor gris dulzón parece emanar del suelo y pegarse a mi ropa. Echo a andar para desprenderme de él. Dejo tras de mí una estela pegajosa.

     Las edificaciones que tengo alrededor son todas iguales: largas y estrechas, de madera, y con cierto aire de provisionalidad. No hay ventanas en los laterales, sólo unos estrechos tragaluces que se adivinan en la parte más alta del techado. Tienen una única puerta, una única salida.

     Algo se revuelve en mi interior, algo que me incomoda y que me hace desear dar media vuelta y salir de aquí cuanto antes. Pero no puedo. Mis pies están pegados al suelo. Una masa amorfa y purulenta surgida a través de los intersticios del suelo se ha enroscado alrededor de mis tobillos y me impide el movimiento.

     Miro a mi alrededor en busca de ayuda –nadie– y me doy cuenta de que el espacio que había entre los barracones ha desaparecido. Las fachadas, ahora unidas, forman un recinto cerrado sobre el que se apoya un cielo gris marmóreo.

     El aire se ha enrarecido, y se ha espesado. Cada vez me cuesta más respirar: doy grandes bocanadas, exhalo con esfuerzo. Los pulmones me arden. El corazón, alarmado por la falta de aire, ha aumentado su ritmo. Los latidos son cada vez más fuertes, ensordecedores. Todo el recinto retumba. No es sólo por mi causa: caen cuerpos a mi alrededor. Cuerpos sin vida. Cuerpos desnudos con la piel pegada a los huesos. Cuerpos que producen un sonido grave, casi sin eco, que se me cuela por la piel.

     Cierro los ojos con la esperanza de que desaparezcan. No lo hacen, siguen cayendo, y amontonándose a mi alrededor. Llegan hasta mis rodillas, hasta mi cintura. Pego los brazos al cuerpo, las manos en puño: no quiero tocarlos. Noto su frialdad, su tacto flácido al pegarse a mí. La náusea que me llena la garganta me impide gritar.

     Han llegado a la altura de mi pecho, noto su presión, su asfixia. Cada vez que espiro ocupan el espacio del aire desalojado.  Cada vez que inspiro me cuesta más llenar un volumen que va menguando, cada vez…

     En un par de minutos no podré respirar, perderé la consciencia… ya no me resisto

Etiquetas: claustrofobia, Hb13, relato

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