Sombra de una rebeldía

—¿Alguna vez has ido con las luces apagadas? –me preguntó Jaime, y aceleró al mismo tiempo el coche.

Yo sonreí: a mi incredulidad, estar allí ya era digno de asombro; a mi miedo congénito; a él. Era una sonrisa incrédula, inquieta, de amante fiel. Una sonrisa para animarle a que lo hiciera y a que no lo hiciera. La carretera se oscureció. La luna, inmensa, cargada de expectativas, nos robó un paisaje furtivo y desmantelado. Los árboles pasaron a ser sombras blanquecinas que se fragmentaba a toda velocidad a través de una carretera sinuosa, estrecha, vacía, y tan nuestra. Durante unos minutos estuvimos callados. Ninguno de los dos despegó los labios. Los míos los tenía bien apretados como acto de triunfo, de sometimiento. Renunciaba a la niña buena, apocada, insulsa, a esa mosquita muerta que no valía ni para echarle un polvo. No sólo me había subido al coche, sola, de un chico (aunque ese chico fuera Jaime, el que toda madre quiere como yerno), también estaba dispuesta a sacrificar a eso del qué dirán y que regía, como un reloj de iglesia, mi conducta. Un efecto ingobernable que cerraba cualquier resquicio a la lucidez. Jaime volvió a acelerar. Mi corazón le siguió. Sentía una confianza devota, un desasosiego carnal. Tendí mi mano hacia él, e incitándome a trasgredir más normas, la coloqué en su entrepierna. Me eché a reír. Despellejada por mis contradicciones. O por lo que mis dedos descubrían. Entonces, a lo lejos, tras una curva, aparecieron los faros amarillos de un coche. Jaime encendió los del suyo y levantó el pie del acelerador. Dejé de reír. Retiré la mano. Alivio y decepción. Un seísmo. Un cambio que me desorientó. La aventura había sido breve, intensa, eso sí, pero breve. Recuperé mi espíritu inmutable.

—Por favor, llévame a casa —sollocé—. Tengo que estar antes de las doce.

Etiquetas: Hb13, normas, relato

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