Tiempo Muerto

Categoría: César, habitación 13
Tiempo Muerto

     El timbre del teléfono lo despierta. Se gira para apagar la alarma pero no es el suyo el que ha sonado, es el de Amalia, su mujer. Maldita sea, piensa, para cuatro horas que puedo dormir. Sólo espera que la hora de levantarse esté próxima, una vez despierto le resulta imposible volver a conciliar el sueño.

     Amalia no está en la habitación, está en la cocina, se ha levantado un rato antes y le está preparando el desayuno. La llamada le ha pillado de improviso. Habla con alguien a media voz, y con la mano libre delante de la boca, haciendo pantalla, para impedir que sus palabras se desperdiguen por la casa.

     Juan se incorpora y consulta el móvil: lunes 04/09/2017, 06:23, al menos sólo he perdido siete minutos de sueño, se dice. No le da más vueltas, se levanta de la cama y va al baño. Se lava la cara, apoya las manos en el lavabo, contempla su imagen en el espejo. No parece reconocerse: calvicie, ojeras, barba canosa… Se siente cansado.

     Cuando sale de nuevo al pasillo ve a su mujer abriendo con cuidado la puerta de la habitación.

     –¿Qué haces?

     Amalia da un respingo. –¡Coño, Juan! Qué susto me has dado. Venía a despertarte.

     –Si nunca lo haces –la mira un tanto perplejo–.

     –Bueno, pues hoy sí. ¿O es que no puedo?

     –Sí mujer, sí. Claro que puedes. Sólo digo…

     –Nada, tú no dices nada, no vaya a ser que ahora le cojas gusto. Tienes el desayuno en la mesa –y esto último se lo dice ya camino de la cocina–.

     Juan no replica, los años le han enseñado que hay batallas que sólo se pueden ganar no peleándolas. Entra en la habitación. Se viste. Se acerca a la mesilla y coge el móvil… ¿y el reloj? Se queda mirando el reloj un par de segundos, casi instintivamente gira su cabeza hacia el otro extremo de la habitación –él siempre lo deja sobre la cómoda, junto a la cartera y las llaves–. Y allí está, donde debía.

     –Pero qué… –la mirada de Juan va de un reloj al otro, no entiende nada–.

     Y entonces se acuerda, como si estuviese viendo una película, se acuerda del día en que él, Marcos y Rubén se compraron tres relojes idénticos para celebrar la primera gran venta que hacía su empresa recién formada. Se acuerda del dineral que se gastaron, de la alegría con que lo hicieron. Y ahora…

     –Los mato –habla entre dientes–. Los voy a matar. A los dos. Primero a ella, aquí y ahora; y luego a él… ¿Pero a él, a quién? ¿A Marcos, a Rubén? No importa, ya me lo dirá, ya.

     Coge la cartera y las llaves y se pone su reloj, el otro se lo guarda en el pantalón. Sale de la habitación y camina por el pasillo. Se para antes de entrar en la cocina. Echa mano al bolsillo, quiere asegurarse de que el reloj sigue ahí, que no lo ha soñado. Está.

     Cuando se sienta a la mesa su mujer está fregando los platos de la cena, le da la espalda. Él aprovecha y saca el reloj del bolsillo, lo deja al otro extremo de la mesa, quiere que su mujer lo vea en cuanto se dé la vuelta.

     –Juan, así no podemos seguir.

     A Juan se le va la sangre a los pies, se queda descolocado: Amalia acaba de tomar la iniciativa. ¿Lo tenía todo preparado desde un principio? Va a decir algo, pero su mujer continua.

     –No paras de trabajar. Entre semana en la empresa, doce, catorce horas. Cuando llegas a casa estás reventado. Y los fines de semana coges el coche y te vas a ayudar a tus padres. Noventa kilómetros, Juan. Que sí, que tus padres están mayores y hay que ayudarlos, pero es que siguen sembrando lo mismo que de jóvenes. Y encima tu hermano no aparece por allí ni para saludar. ¡Joder, Juan, que vive a cuatro calles de ellos!

     Respira antes de continuar.

     –Que ya casi ni te veo –y esto lo dice a media voz, casi para ella misma–.

     Amalia cierra el grifo de la pila y se gira hacia Juan, que parece haber recompuesto sus pensamientos y disponerse a hablar, cuando se oye un clac y el silencio reemplaza la luz.

     Qué extraña es la oscuridad, cuando llega, el mundo desaparece. Nos deja flotando en el vacío, solos, desamparados, y entonces sentimos el impulso irrefrenable de hablar, de decir lo que sea, únicamente para asegurarnos de que seguimos allí,… vivos.

     –La cuarta vez esta semana –es la voz de Amalia la que suena–.

     Juan no dice nada, permanece sentado, ciego, mirando a ningún sitio. Ante él, como si fuese una de esas experiencias cercanas a la muerte, está pasando su vida, al menos parte de ella. Está reviviendo los momentos pasados con Amalia, los buenos, todos a la vez: las fiestas del pueblo, el beso, el chapuzón, la pelea, el instituto, el viaje a Lisboa, los cafés con leche en la cama, la reconciliación, la boda, la casa, el baile, los asientos de atrás del Kadett, Amalia a cinco centímetros…

     La sonrisa se le tuerce cuando cae en la cuenta de que son menos los recuerdos presentes que los pasados, y eso le duele, y le da rabia, y le escuece, y le revuelve las tripas hasta producirle arcadas, porque en ese momento, en esa oscuridad silenciosa, vuelve a estar enamorado.

     Unas manos sobre la mesa. –Amalia, ¿dónde estás?

     Un clac, un breve parpadeo y un fluorescente que vuelve a iluminar la cocina. –Aquí. Siempre he estado aquí.

     Juan se pone en pie. –¿Te acuerdas de la canción?

     Ambos se miran. –¿Qué canción?

     Se acercan. –La del baile,…

     Sus manos se rozan. –…en las fiestas del pueblo,…

     Amalia a cinco centímetros. –…cuando nos dimos el primer beso.

     Ningún reloj entre ellos.

Etiquetas: Hb13, normas, relato

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