Matrioshka

Categoría: César, habitación 13
Matrioshka

     Antonio me espera a los pies de la escalinata que da acceso al sanatorio. Lleva un tres cuartos azul oscuro de corte marinero –algo ajado y holgado– y la boina que le envié hace unos meses, y que parece haber llevado toda su vida. Es como estar viendo a un viejo miembro de la resistencia.

     Contacté con él hará cosa de un año. Le dije que estaba desarrollando un proyecto fotográfico sobre los exiliados de la guerra civil en América y sobre sus familias a ambos lados del Atlántico; “pues allí sólo dejé un par de primos lejanos con los que nunca he vuelto a hablar –me dijo–, y aquí, aunque me casé, no tuve hijos. Tú me dirás…”.  Me costó más de una hora convencerlo. Al final, el argumento decisivo fue que ambos habíamos nacido en la misma comarca; curioso si tenemos en cuenta que esa fue la única verdad que le dije en toda la conversación.

     Antonio abre la puerta del taxi mientras pago. Me bajo. Él cierra la puerta y me observa unos instantes; me ofrece su brazo. “Paseemos”, me dice, y yo acepto. Anda con algo de dificultad, esforzándose en que no se note lo que le cuesta disimularlo. Creo que todavía queda algo de orgullo castellano en este resistente.

     –¿Y la cámara? –me espeta de improviso–.

     –Bueno, hoy sólo quiero que me cuente su historia. Ya tendremos tiempo para las fotos. –No he sonado muy convincente pero, en fin, ya está hecho –.

     Esto no es como yo había imaginado. Tenerle aquí a mi lado… noto cómo el pánico empieza a enroscarse en mis piernas. Necesito ayuda, fuerzas, algo a lo que agarrarme. Meto la mano en el bolsillo del abrigo buscando el apoyo que necesito: ahí está, la rozo con los dedos y el color me vuelve a la cara. De todas las pertenencias que guardo de mi madre esta es la más valiosa.

     Me grito en silencio exhortándome a tomar la iniciativa: ¿seis mil kilómetros para mirarte la puntera de los zapatos? ¡O se lo sueltas ya o no se lo vas a contar en la vida!

     –¿Sabes que cuando vine a América, me exilié dos veces? –comienza a contarme mientras me quedo con la boca lista para la primera frase–. Yo, a lo que vine fue a hacer dinero. En el pueblo no tenía nada. Mi padre combatió en el bando republicano, no por rojo si no porque acertó a pasar primero el camión de reclutamiento voluntario de la CNT. Si hubiese ido a regar dos días más tarde lo habría reclutado la Falange; pero claro, cada uno riega cuando le toca. No pudimos despedirnos de él, ni llorarle cuando murió porque nunca supimos cuándo sucedió. Mi madre no pasó del primer invierno de posguerra; gripe me dijo el médico, como si saberlo fuese a aliviarme el dolor de la pérdida. En fin, que decidí irme, cuanto más lejos, mejor.

     Le observo mientras me cuenta su historia y me olvido de la mía. Le cambia la expresión cuando retoma el hilo. Los ojos le brillan.

     –Lo único que lamento es haber dejado escapar a María, una mocita que rondé un par de años antes de irme –y se le escapa una sonrisa pícara–. Siempre le llevaba margaritas. Tenía la esperanza de que se las pusiese en el pelo, pero ella siempre se las guardaba en el bolsillo: “de ofrenda a la Virgen; para cuando nos casemos”, me decía medio en broma medio en serio.

     Y a mí me da un vuelco el corazón y aprieto la bolsita de tela que llevo en el bolsillo, con suavidad, no quiero que se rompan sus recuerdos. Me vuelvo hacia Antonio, pero a Antonio se le ha apagado la mirada.

     –Aunque habíamos hecho planes de futuro, al poco tiempo de estar yo aquí recibí una carta suya diciéndome que lo había hablado con sus padres, que lo nuestro no podía ser, que tal y que cual… que se había casado. Y nunca supe más de ella.

     Dudo, no me decido a hablar y Antonio vuelve a tomarme la delantera.

     –Te decía que me exilié dos veces –lo dice en el tono alegre con el que comenzó la charla–, venirme aquí fue la primera; la segunda tuvo más gracia. Resulta que cuando llegué, aquí todos eran exiliados políticos. Imagínate la reacción cuando les dije que a mí la política me importaba un pepino, que yo lo que quería era hacerme con un buen capital lo más rápido posible, volverme a España, comprarme unas tierras,… las risotadas cruzaron el país. Pero claro, cuando comprendieron que lo había dicho totalmente en serio, les faltó tiempo para ponerme de patitas en la calle. Liberté, egalité, fraternité ¡y unos cojones! Y disculpa la expresión.

     –No hay nada que disculpar Antonio. ¡Menudo hatajo de cretinos! –y por fin digo algo–.

     Antonio se gira y me mira, la exclamación me ha salido un poco teatrera.

     –¿Qué? –Le respondo yo con el tono que empleas cuando te has puesto en evidencia–.

     –Nada, nada, mujer –me dice con una medio sonrisa en los ojos–.

     Se le nota cansado. Nos sentamos en un banco y dejamos que el sol nos temple la cara. Cierro los ojos. Decido que hoy no es el día en el que le cuento nuestra historia.

     No sé cuánto tiempo pasa, hace mucho que no me siento así. Cuando abro los ojos Antonio me está mirando. “Ten”, me dice, y me ofrece una margarita. La cojo, le miro, le escucho: “crecen por todas partes, sólo hay que saber dónde encontrarlas”.

     –Pues mañana tiene usted que enseñarme a buscarlas –le digo mientras me coloco la flor en el pelo–.

     –¿Después de las fotos?

     –Después de la fotos.

Etiquetas: encuentro, Exilio, relato

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