En Memoria

Categoría: César, habitación 13
En Memoria

     Cuando el rey, mi señor, atraviesa las puertas de la última ciudad conquistada encuentra a todos sus habitantes postrados ante él; a todos menos a uno. Frente a él, ojos al suelo, brazos pegados al cuerpo y puños cerrados, se yergue una joven de no más de veinte años. Su simple actitud constituye la mayor de las afrentas. Mi señor no puede permitirlo: desenvaina la espada, espolea al caballo y se lanza al galope en su dirección. Faltando apenas una decena de metros la joven alza la vista, y su mirada atraviesa la coraza del guerrero y toca el corazón del hombre. El corcel para en seco, el jinete desmonta. Se acerca a la joven, la espada aún en la mano. No dice nada, ninguno lo hace, y cuando se encuentra a un brazo de distancia, mi señor, el rey, apoya una rodilla en tierra y ofrece su arma: un arma que es un reino, una ofrenda que es una petición, una aceptación que es un compromiso.

· · · · ·

El viento sopla a ras de suelo:

constante,

invariable.

Viaja siempre hacia el interior.

Agosta el cereal,

vuelve ocres los arces,

deja que la nieve deposite suavemente en los páramos el agua robada al mar.

· · · · ·

     Mi señor recorre la balaustrada a la carrera, los gritos han cesado. Antes de llegar a la puerta, esta se abre: la matrona lleva a su hijo en brazos y por un instante la carrera se frena. El instante en el que la tristeza de unos ojos traspasa la alegría de una sonrisa. Mi señor pasa de largo, entra en la habitación y ve a mi señora, más hermosa que nunca, bajo un velo de seda blanco. El dolor se apodera de él, grita, aúlla, brama; corre sin destino hasta que sus fuerzas le abandonan. Cae, y en la caída ve a su amada en los reflejos de la luna llena. Sueña.

     Cuando su guardia personal lo encuentra a la mañana siguiente, mi señor está despejando un claro con su espada. Allí erige un palacio, una tumba. En el centro la sala de marfil, mi universo por unos años. El encargo: completar el labrado de las paredes, las tallas más delicadas.

     No hay dibujo alguno que me sirva de referencia, cada pieza debo realizarla de acuerdo a las precisas indicaciones que el rey me da, y así su voz y mis manos van dando cuerpo a los vacíos: una rama de suave curvatura, una roca de río, una caracola, unas nubes empujadas por el viento… Mi señor observa detenidamente cada pieza, busca imperfecciones con las yemas de sus dedos, convierte en polvo mis fracasos.

· · · · ·

     He visto una bandada de ibis cruzar hacia el norte, a su vuelta yo ya no estaré aquí para verlos, el último vano está siendo ocupado: una rosa silvestre. Ensimismado como estoy en el trabajo no me doy cuenta de que el aceite de la linterna se acaba y me quedo a oscuras. Maldigo para mis adentros. Me levanto. Apoyo la mano en la pared para no perder el equilibrio y la retiro inmediatamente, sobresaltado. ¿Acaso no he tocado unos labios? Sé que es imposible, que delante de mí sólo está la pared en la que trabajo; también sé que mis manos nunca me engañaron. Repito la acción y mis dedos me devuelven unos labios suaves, carnosos, entreabiertos. Reconozco la flor en la que se esconden.

     Enciendo una luz y recorro la estancia buscando mis obras. Cierro los ojos, dejo que sean mis manos las que vean: el suave arco de un brazo, la curva de unas caderas, la circunvolución de una oreja, los mechones de una larga cabellera… Siento rubor al comprender lo que estoy tocando, y siento aún más rubor cuando me descubro buscando aquello que mi memoria reclama. Me abandono. Dejo que mis dedos vuelen, que compongan el total de la figura; que me devuelvan el recuerdo. Que me trasladen al momento.

     Mis sentidos se saturan. El tacto me engaña: siento una piel junto a la mía; siento su presión, su calor atravesándome. Siento cómo la fina capa de sudor que se ha formado entre ambas convierte el más mínimo roce en una eterna caricia. Me dejo engañar. Hasta el final.

     Cuando abro de nuevo los ojos mi señor está frente a mí, empuña su espada, hay ira en sus ojos. Yo le miro asustado, desconcertado. Un pensamiento envuelto en pavor aparece en mi mente: no son mis recuerdos los que están escondidos en estas paredes, son los suyos. Demasiado tarde. Me arrojo a sus pies, junto las manos y las elevo sobre mi cabeza suplicando por mi vida. El tiempo se expande y durante una eternidad no ocurre nada, después un susurro metálico y un dolor que me engulle.

· · · · ·

     Me despierto tendido en un lecho, a los pies un hombre mantiene algo frente a mí: una caja de marfil exquisitamente tallada. Jamás he visto nada parecido. Siento curiosidad. Y deseo. Quiero ver la caja más de cerca, tocarla con mis manos. Sólo entonces soy consciente de mi cruel castigo: mis manos ya la están tocando.

Etiquetas: cuento, erótico, Hb13, relato

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