Laca de uñas

Sandra se pinta las uñas de verde cuando está bien consigo misma. Y de negro cuando no puede controlar su vida. Los otros colores son para vanidades.

Su madre apenas le hace caso porque Sandra es autosuficiente. Desde muy pequeña sabe lo que tiene qué hacer. Cómo hacerlo. Qué es lo correcto. Lo que no. Una mujer madura en un cuerpo de niña. A Sandra le gusta. Nadie le pide cuentas. O como mucho, su madre le pide que deje el instituto y se ponga a trabajar. El dinero en casa no escasea pero no da para caprichos.

La madre de Sandra quiere recuperar su juventud desde que es viuda. Quiere atraer a los hombres que se peinan con gomina, llevan relojes de marca, a los que alardean de coches lujosos. Los gastos en ropa, complementos y cremas se han disparado.

La madre de Sandra alquila una de las habitaciones. Siempre a mujeres. Sin embargo hoy la ocupa un hombre.

El hombre es de rostro duro pero de ojos tiernos, intensos. Un hombre callado, artillero de monosílabos. De manos fuertes. Engominado. Galante.

A Sandra no le hace gracia. Se lo dice.

Su madre tuerce el gesto.

Sandra es guapa, como lo es su madre. Ambas son altas. Ojos claros, zalameros. Ambas tienen muslos y trasero apretados. Pechos vehementes.

Sandra lleva últimamente las uñas pintadas de verde.

Se turba cada vez que se cruza con el hombre. Le espía. Siente curiosidad por saber a qué se dedica, qué hace. Sandra se irrita si descubre en su madre una mirada de más hacia él.

Desde hace unos días las horas fluyen entre turbulencias, no hay sumidero por las que fluyan con libertad. Su madre ya no le pide consejos ni la deja decidir. Tampoco la deja sola. La agobia.

Sandra le contesta por primera vez, de malas maneras. Ha sido por culpa del hombre. Su madre le agarra del brazo y le clava las uñas. Hay nuevas normas: no saldrá de su cuarto mientras esté el hombre en casa. Comerá incluso allí. La amenaza con poner un cerrojo en su cuarto.

Sandra se pinta las uñas de negro.

Cae el sol. No están ni su madre ni el hombre. Sandra, a oscuras en su habitación, atisba por la ventana abierta. Lo ve apostado en la acera de enfrente, iluminado por la luz de un escaparate. El hombre está mirando hacia la ventana. La mira a ella. Hay reto, deseo, en sus ojos. Sandra le sostiene el reto. Descubre que le desea. Y sabe que él lo sabe.

Una mujer se acerca al hombre. Lo abraza. Él acepta el abrazo pero sigue sin apartar sus ojos de Sandra.

La madre de Sandra ríe en la boca del hombre.

La pareja se aleja calle arriba.

Sandra está temblando. Cierra la ventana. Echa las cortinas. Contiene, sobrecogida, la respiración.

En el cuarto de baño coge los esmaltes de uñas.

Al marcharse Sandra no deja ninguna nota. Hay exilios forzosos, voluntarios. El de Sandra además es una huida de sí misma.

Cuando su madre llega casa encuentra el bote de uñas negro en la basura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *