Un medio hombre, un paraguas y un alcorque

@Silverry

Al verle, ella utiliza el paraguas como parapeto. Lo sitúa ligeramente inclinado hacia la derecha para poder fijar su mirada hacia el ventanal del restaurante. Desacelera el paso, necesita cerciorarse de que es el perfil que le ha parecido ver desde la otra acera. Les traen el aperitivo. Escruta un ancho y poblado corte de patilla, una morfología de oreja caprichosa y una cicatriz curvada en el pómulo. Todo coincide con él, debería de ser él. Es él, su marido. Coincide todo menos su historia inventada apenas unos minutos antes al teléfono. Las mesas de oficina no tienen velas.

Camina hasta la esquina movida por no querer ser descubierta en una actitud extraña, moviéndose y parándose, espiando tras un paraguas. Se frena, no consigue continuar como si tal cosa. Comienzan el primer plato. Piensa qué se hace en estos casos y enciende un cigarrillo como puede levantando las bolsas de las compras. Necesita volver y escrutar de nuevo. Sus pasos avanzan con el aturdimiento que deja la caída de una bomba, paso tan pronto firme como dubitativo y se detiene en el mismo alcorque, en ese metro cuadrado de tierra donde su vida acaba de plantarse. Siente cómo brota un punto de inflexión. Con el paraguas se esconde de ese medio hombre, de ese perfil que le está dando de lado. Le observa la mano derecha, se mueve ligera y sin cargas tras el cristal, liviana sin el peso que representa una alianza. Intenta adivinar de quién es ese carmín de medio trazo.

En esa calle anodina y sin relevancia una ojeada distraída lo ha roto todo. Se arrepiente de no haber subido por la plaza o de no haber tomado ese autobús. En ese momento no quiere pensar que su vida pueda haber cambiado, que cambie o que deba cambiar a la fuerza. Segundo plato. Entonces se plantea si alguien la habrá visto tras el paraguas. Nadie. Y quién sabrá que una vida ha quedado enterrada en ese alcorque. Nadie. Dirige sus pasos a la esquina y toma un taxi.

En ese mismo instante la mirada de él se dirigiría fuera. Llueve, en la acera un paraguas con las siglas de una empresa se pliega frente a un taxi. Sirven el postre. Al rato, un mensaje llega al bolsillo de su chaqueta. “Cariño acuérdate mañana comemos con mis padres”. Un “Lo sé amor, no olvidemos su regalo”, vibra sobre la cama de matrimonio.

 

 

Etiquetas: amor, Hb13, matrimonio, relato, verdad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *