Nariz contra cristal

‘Pórtate mal’, me decía siempre mi padre cuando me despedía antes de salir. Era un juego de palabras entre los dos nunca explicado. No hacía falta. Él me abría las puertas a la transgresión y a romper las reglas. A sentir un beneplácito, un visto bueno poco usual y muy alentador. Pero solo era un lenguaje trilero y estudiado, pura astucia progenitora que te guiaba con una flauta hacia donde querías ir, para que nada más llegar te dieses la vuelta por ti mismo. Los dos sabíamos que, dentro de ese juego, el poso de las palabras no dichas era evitar en lo posible convertirme en una persona adoctrinada. Por eso él lo dejaba caer así sin más, justo antes de cruzar el umbral de nuestra puerta. Lo susurraba posando sobre mí la decisión, esperando que yo supiera la respuesta.

‘Prudencia’, me decía siempre mi madre cuando me despedía antes de salir. Era el valor más apreciado, la virtud que condensaba a todas las demás a la hora de marchar afuera. Era un freno al exceso pero no un prohibido; solo había que calibrar hasta encontrar el punto moderado. Un pase para cualquier propuesta siempre que fuese con la medida justa de sentido común de quien maneja una balanza a diario, del que ya no necesita pesar porque acierta a simple vista. Diplomacia, término medio, un disfrutar contenido que no coartado. Era explorar montañas cargando con un chaleco anti-daños colaterales aunque siempre con el talón al descubierto de un permiso.

Fue un gran éxito de ventas. Portarse mal prudentemente, se consagró como la autoficción más angustiosa de la última década como pudo leerse en las críticas. Y es que fue así, fue tener durante toda mi vida la nariz pegada contra el cristal y nunca atreverme a probar lo que había dentro.

Hasta entonces.

Etiquetas: cristal, dulce, madre, nariz, padre

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