AA.Héctor

Categoría: César, habitación 13

     Le gusta pasearse por la casa, sobre todo estando sola. Siempre le ha gustado. Recorrer el largo pasillo lleno de viejas puertas de madera, asomar un poco la cabeza dentro de las habitaciones, olerlas. Olerlas, eso le trae de nuevo a la realidad: ahora no puede olerlas, como tampoco puede sentir crujir el suelo de tarima bajo el peso de su cuerpo. Ahora no pesa, o no tiene cuerpo, no sabría decir.

     Le queda poco tiempo. Desde el mismo día de su accidente nota que poco a poco va… disolviéndose. Y con cada intento de contactar con su hija el proceso se acelera. No importa, tiene que conseguir contárselo antes de desaparecer del todo; siempre le gustó dejar todo “atado y bien atado”.

     Beatriz llega un poco pasadas las siete. Viene cargada con un montón de bolsas y entra en casa un poco acelerada. “¡Mamá, soy yo! Ya he llegado”. Las bolsas se le resbalan de las manos mientras una lágrima se desliza por su mejilla. Atraviesa el pasillo casi a la carrera; entra en el cuarto de baño y se sienta en el borde de la bañera, el llanto que a duras penas ha podido retener durante un par de segundos explota. Y llora cómo nunca ha llorado, llora sin contención. Su madre la observa desde la puerta. No siente pena. Siente un inmenso cariño.

     El sol se oculta dejando la casa en penumbras. Beatriz coge su teléfono. Marca. Espera. “Hola, oye ¿podrías recogerme en casa de mi madre cuando salgas? No, no pasa nada. Simplemente quiero que me recojas aquí”. Y cuelga sin dar opción a réplica. Su madre ya no está con ella. Su madre está en una esquina del salón, poniendo todo su empeño en abrir un cajón del escritorio. No es la primera vez que lo hace, pero cada vez le cuesta más.

     Beatriz, mientras tanto, ha vuelto a la entrada, ha recogido las bolsas y está entrando en el salón. Deja todo sobre la mesa de comedor y se sienta en el sillón que utilizaba su madre para leer. No necesita encender las luces, todo está exactamente donde tiene que estar.

     Pasa el tiempo, no sabría decir cuánto, y oye pasos en la escalera. Alguien está subiendo. Lo reconoce inmediatamente. Enciende la luz de la lámpara de pie y se dirige a la entrada. Abre justo cuando suena el timbre.

     –¡Joder! que susto. ¿Estabas esperando detrás de la puerta, o qué?

     –Algo así –le dice mientras intenta aparentar normalidad–.

     –Has estado llorando.

     –No, no he estado llorando.

     –No preguntaba, Bea.

     Mientras avanzan por el pasillo ambos se lanzan comentarios sin sentido; esa esgrima verbal que practican en cuanto se presenta la menor ocasión no va a traerles más que problemas. Al llegar al salón ambos se callan. Beatriz se dirige a la mesa, quiere recoger y salir de allí cuánto antes. Carlos, mientras, deambula por la habitación.

     –¿Avisaste a todo el mundo? Del accidente, me refiero. Familia, amigos, conocidos…

     –Sí. Supongo. ¿Por?

     –Porque en este cajón está el teléfono de tu madre. ¿Repasaste su agenda?

     –Nunca lo utilizó. Creo que ni siquiera lo sacó de la caja.

     –Pues está fuera, y al lado tiene el cargador. A lo mejor sí que lo utilizaba.

     Beatriz, que ya lleva las bolsas en la mano las deja en el suelo, casi soltándolas. Le pica la curiosidad.

     –Déjame ver.

     –Un momento, que está sin batería. Conecto el cargador y… ya está. Todo tuyo.

     –Qué raro, la agenda empieza con el teléfono de un tal AA.Héctor.

     –Héctor.

     –Sí, AA.Héctor, lo que he dicho.

     –No –estira la vocal aleccionadoramente–. El nombre es Héctor, lo de AA. es para que aparezca el primero en la lista. Parece que tu madre sabía más de lo que parecía.

     Se enzarzan en una pequeña discusión. Su madre los observa. Se acaban las oportunidades. Abre la boca y grita el nombre de su hija, pero no pasa nada, sus pulmones inexistentes no pueden impulsar a través de unas cuerdas vocales transparentes el aire que no pueden tomar. Sin embargo, su hija se calla en ese mismo instante, no sabría decir porqué, y vuelve a consultar el móvil, y descubre que Héctor y su madre intercambiaron cientos de mensajes los últimos meses. Se sienta de nuevo en el sillón y comienza la lectura; desde el principio.

     La madre, mientras, le cuenta la historia de Héctor, sabe que las palabras no saldrán de su boca y que Beatriz no podrá escucharlas; aun así lo hace.

     –Conocí a Héctor a la vez que a tu padre, bueno, un poco antes porque fue él el que entró primero en el bar del pueblo en el que todos veraneamos ese año. Tu padre entró detrás de él, me miró, le dijo algo al oído a Héctor y ambos se encaminaron a la barra, justo donde una amiga y yo estábamos comprando unos helados. Comenzamos a hablar, tu padre conmigo y Héctor con mi amiga. No nos separamos en todo el verano: nos bañamos en todas las calas, subimos todas las montañas, bailamos en todas las fiestas. Lloramos cuando agosto llegó a su fin; bueno, lloramos nosotras, en aquel entonces los chicos no lloraban… pero estuvieron a puntito, a puntito. Aunque sabíamos lo que solía pasar, nos intercambiamos los números de teléfono. Nos despedimos y, justo cuando nos separábamos, Héctor se me acercó y casi al oído me dijo: “Si esa tarde en el bar yo hubiese estado más rápido, tú no te habrías escapado, chiquita”.

     –Ni que decir tiene que tu padre sí que me llamó, muchas, muchas veces. De Héctor no volví a saber nada hasta el funeral de tu padre; no sé cómo se enteró, pero allí estaba. Me costó un poco reconocerlo. Charlamos un rato, nada trascendental y, aunque sabíamos lo que solía pasar, nos intercambiamos los números de teléfono.

     –Esta vez sí que llamó. Y nos vimos. Y hablamos, mucho, muchas veces; primero para ponernos al día, después para hacer planes. ¿Te imaginas? ¡Planes! ¡A mi edad! Decidimos pasar el verano en el pueblecito en el que nos conocimos; los dos; solos.

     La madre no le cuenta todo. No le cuenta nada de los preparativos. No le cuenta cómo, mientras termina de ducharse, repasa mentalmente la charla que tendrá con su hija en unos instantes. No le cuenta que no quiere darle tiempo para pensar, no sea que, al final, la convenza para no ir. Nada de eso tiene ya importancia: es el día del accidente, es la hora del accidente. Todo se desvanece.

     Beatriz termina de leer los mensajes. No acaba de creer lo que ha leído. ¿Su madre? ¿Un amigo de juventud que aparece de repente y que la convence para irse “de veraneo” al pueblo en el que se conocieron? Eso no es posible. Su madre se lo habría contado. Se pone en pie sin soltar el móvil. Mira por la ventana pero es de noche y sólo ve el reflejo de sus ojos.

     Un charrán cruza veloz la línea de costa. Viene del interior y alza el vuelo al internarse en el mar. El sol, aunque está en todo lo alto, ya no calienta como hace unas semanas. El charrán echa un último vistazo a tierra: hay un hombre en la playa; la camisa y los pantalones remangados, las manos en los bolsillos y los pies en el agua. Detrás de él, a unos metros, hay una mujer.

     –¿Héctor?

     Y Héctor se gira, y alza la mano izquierda para hacer visera y verla mejor; reconoce los ojos.

     –¿Sabes que tu madre estaba empeñada en que nos conociésemos?

Etiquetas: fantasmas, Hb13, relato

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