Unos testigos muy incómodos

Categoría: habitación 13, Pilar

Mis padres me educaron para ser una persona de bien: no toques eso, no hables mientras comes, presta atención a tu madre cuando te habla, no des patadas a tu hermana por debajo de la mesa…, pero yo sentía dentro de mí una inclinación natural hacia el mal. Una inclinación agazapada en mi interior y dispuesta a saltar en cualquier descuido.

Siendo yo tan consciente de ella como era, y de cómo se crecía con la evolución natural de mi cuerpo infantil, intentaba frenarla encogiendo la espalda en las visitas periódicas a la consulta de don Antonio, el pediatra. Don Antonio llevaba las cuentas por escrito de todo lo que acontecía en mí: ha crecido tres centímetros, informaba a mi madre, que le devolvía una mirada de orgullo y una sonrisa de satisfacción tras la sentencia: “Es un niño muy sano”, proclamaba tras anotar los resultados en el cuaderno que todo lo sabía.

Fue esa sensación de impunidad frente a la ciencia de don Antonio lo que me acomodó en el camino del mal.

Recuerdo mi gratitud extrema a ese juez implacable que a pesar de apuntar lo evidente -el incremento de los centímetros-, no hacía alusión a lo extraordinario -el niño no es sano por dentro. Tiene una anomalía congénita que le lleva a despreciar a la humanidad-.

Al poco llegaron las cuentas con la Iglesia. Mis padres nunca me dijeron “no mates”. Esa parte de la educación estaba reservada a la catequesis. “No matarás”, me enseñaba don Benito recitando el quinto mandamiento. En las primeras clases de religión yo siempre le miraba de reojo cuando tocaba ese mi primer tropiezo con la fe tras los sencillos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas”, “No tomarás el nombre de Dios en vano”, “Santificarás las fiestas”, “Honrarás a tu padre y a tu madre”… “No matarás”, decían todos a coro, tan seguros.

En ese punto yo siempre callaba y observaba. Pero nada en don Benito indicaba la menor reprobación hacia mi persona. Con esa conciencia adquirida ya a los ocho años que me daban los sermones de mis padres y las clases de religión me preguntaba si lo que en esas catequesis acontecía era discreción o complicidad por parte de Dios o si por el contrario se guardaba un terrible castigo que pronto haría recaer sobre mí.

Y con esas dudas hice la Comunión. También seguían ahí, ya consentidas, cuando años más tarde llegué a la Confirmación. Para entonces mi empeño por encogerme unos centímetros había sido vencido por el metro ochenta que la genética me había dado. El mal campaba ya a sus anchas.

Llegados a este punto hice mía una frase ajena y complaciente: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Había encontrado una nueva catequesis.

Acabé así con quien había sido hasta entonces mi mejor amigo. Le aparté de un plumazo de mi vida, por no volver a sentir su reprobación cuando me ensañaba cortando colas a las lagartijas, alas a los pájaros y uñas a los gatos.

Llegó seguido el turno de mi hermana, que tanto había puesto en evidencia mis mentiras ante mis padres con sus patadas por debajo de la mesa. El de mis padres, que me obligaron a confesar mi autoría en la sustracción del reloj de oro que faltaba en el cajón de mi madre. El de los vecinos del quinto, por testigos y por culpables de mi codicia, cinco presuntuosos disfrutando antes que nosotros todo lo que yo ambicionaba.

Me alejé de todo y de todos. Y me convertí en un ermitaño. Por el día disecciono cuerpos. He hecho de mi perversión ciencia. Y hasta vivo de ella. Ya no robo. Ya no miento. Ya no deseo nada de otros. Y en las noches me deleito en el placer de saltarme el único mandamiento que hoy sé que no quiero vencer jamás: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Soy un adulto razonablemente feliz.

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