CLASIFICADOS

Categoría: Aarón

Entró en la habitación. Con una mano sostenía el teléfono en la oreja y con la otra un trozo de papel arrugado de cuaderno con un número escrito.  Miró hacia la cama que todavía estaba sin hacer, la ropa aún por el suelo. Se acercó a la cómoda y miró al vaso de agua que tenía preparado, pero no se atrevió a beber por si contestaban en ese momento.

Respiró profundamente varias veces tratando de bajar su ritmo cardiaco. Temía que su voz se entrecortara y delatara sus nervios. Una voz de mujer habló y el estómago se le subió al pecho, sintió un cosquilleo en los labios  y un escalofrío le recorrió la espalda. Un ligero mareo le hizo percibir una potente sensación de irrealidad que, sin embargo, invadió la estancia, como si acabase de despertar de un letargo y entrase por primera vez en el mundo verdadero.

–¿Aló, con quién hablo? – y tras un silencio – ¿Aló?¿Quién llama?

–Hola, ¿Qué tal? Verás, llamo por un anuncio.

–¡Ah! Eh. Si, hola, ¿cómo estás?

–Bien ¿y tú?

–Muy bien. Acá solita, viendo un dividí en la cama. ¿Cómo te llamas bombón?

–¡¿Eh?! Eeeee – giró la cabeza buscando algo con la mirada hasta que se topó con el jarrón de la mesita de noche, del que sobresalían las flores, algo marchitas, que le había regalado.

–Rosa, ¿y tú?

–Ayelén, cielo, lo pone en el anuncio, Y bueno, contame. ¿Qué es lo que querés?

–Pues bueno, había pensado… quería quedar. No sé. Una cita, ¿quedas con mujeres también?

–Si cariño, me gustan las chicas.

–Sí, pero también lo haces con chicos, ¿no? Quiero decir, citas.

–Claro amor. Podés traerte a tu chico si querés. La pasaremos genial los tres.

Giró la cabeza hacia la cómoda y posó la mirada en el retrato de la boda. No era la mejor de las fotografías. A ella ni siquiera se le veía de frente, pero era el único retrato del momento del beso tras el sí quiero. Ella inclinaba la cabeza hacia atrás y a través del tejido vaporoso del velo se iluminaban los dos enormes ojos de él. ¿Cómo no enamorarse de aquellos infinitos ojos azules?

–No, mi marido no…

–Ah no pasa nada, ¿algún amiguito? ¡Bárbaro!

–No, no tengo… quiero decir, que había pensado que…

–¿Querés que te busque yo uno? Tengo un amigo que es un adonis, ha salido varias veces en revistas de belleza para hombres. Tiene un six pack que te va a volver loca, pero no es sólo un cuerpo ¿eh? Además es relindo y bueno, también está lo otro. Ya sabes…-

Dejó el vaso de nuevo sobre la cómoda, tenía la boca seca y había aprovechado para dar un trago y aclararse la garganta.

No, bueno. Quería decir que no quiero quedar con otro hombre. Quería verte a ti –tragó saliva–, las dos solas.

–Claro bombón, ¿cuándo querés venir?

–Eh, no sé. Eh…

–¡Yo esta tarde estoy solita para ti!

–¡No, no! Hoy, no, hoy no puedo. Me es imposible.

–Ok cielo. ¿Cuándo podés?

Miró de nuevo al retrato del beso, guardó silencio un segundo y llenó de aire su pecho.

–¿Aló? Cielo… ¿es la primera vez? Con una chica me refiero.

–¿El martes tienes libre? ¿El martes que viene?

–¿El martes? Pero estamos a miércoles. ¡Queda una semana!

–Sí. Si no puedes no pasa…

–Sí sí. Ningún problema. Es que no me suelen pedir cita con tanta antelación. ¡Sos una mujer ocupada! ¡Espera que saco mi agenda! – Dijo riéndose. –¿El Martes a qué hora bombón?

–¿Sobre las cinco de la tarde?

–¡Ay! ¿A las cinco? ¿No podés un poco más tarde? ¿A las ocho como va?

–A las ocho se me hace un poco tarde. ¿A las cinco no puedes?

–¡Ay! no bombón, a las cinco no va a poder ser. Lo siento.

–Vaya. ¿Por qué?

–y tengo unas cosillas…

–Ah. ¡Vaya! Qué pena. ¿Algunas cosillas?

–Sí, cosas de una…

Volvió a coger el vaso y a dar un sorbo rápido y preguntó en tono seco.

–¿Tienes un cliente?

–Y bueno… ¡sí! Me dedico a esto, ¿sabes? Pero si querés más temprano o más tarde soy toda tuya, o cualquier otro día…

–¿Es guapo?

–¿Qué?

–El cliente.

–Sí, no sé, normal. Bueno sí. No está mal.

–Igual se lo puedes decir a él.

–¿Qué?¿El qué?

–Quedar los tres. Juntos digo.

–¿Qué? Este… no sé…

–Seguro que le gusta, ¿no? Estar con dos mujeres, digo.

–Sí, imagino que sí. Pero claro…

–Yo soy una mujer muy atractiva. Me lo han dicho siempre, desde que era joven. Muy elegante y me conservo muy bien. Voy al gimnasio.

–¿Estás loca?

–Te pago igual, ¡Claro!

–No. Si no es eso, es que…

–Él te paga, ¿no? ¡Mejor! ¿No? Así cobras dos veces por el mismo rato.

–No sé, tendría que decirle…

–¿No dices que es guapo?

–Sí, sí. Si guapo sí es…

–¿Cómo de guapo?

–Bueno, guapo.

–Yo me fijo sobre todo en los ojos. ¿Cómo son sus ojos?

–¿Eh? Pues son… bonitos.

–¿De qué color los tiene?

–¿Los ojos?

–Sí. A mí me gustan azules. ¿De qué color los tiene?

–Oye, escucha. ¿No podés venir otro día mejor?

–¿Qué? ¿Por qué? No, otro día no puedo.

–¿Dónde decís que has visto mi anuncio?

–¿Qué?

–Mi anuncio. ¿Dónde lo leíste?

– No sé, no me acuerdo. En el periódico. ¿Por qué?

–Cielo, no me anuncio en ningún periódico.

–No. No sé. Igual en internet.

–¡Ah! Claro… sí, en internet sí ¿En qué página?

–¡Pues no sé, no sé en qué página, en… no me acuerdo.

El silencio se prolongó unos segundos, hasta que por fin replicó la voz al otro lado de la línea. El tono era más lento ahora, incluso parecía otra voz la que hablara, más grave y menos jovial.

–Cielo… Rosa, ¿verdad?

–Sí.

–Yo me llamo Julia. Oye, escucha… no sé bien qué decirte. Lo siento. Esto pasa todos los días. Ya sé que no es excusa, pero si no es con una es con otra. Creo que lo mejor es que hables con tu chico. Muchos quieren de verdad a sus mujeres, es sólo que… bueno, que son hombres.

–Sí…

– ¿Sabes? Hay momentos duros en esto que hago, pasan cosas feas y una siempre tiene que estar preparada. Pero tu llamada… siempre me ha dado miedo esta llamada. Esperaba que no llegase nunca. No sabía si estaba preparada. Yo intento ser buena persona, ¿sabes? tengo una niñita y tengo que enviar la plata.

Mientras escuchaba, caminó con los ojos vidriosos hasta la mesita de noche. Cogió las dos flores del jarrón y se las llevó a la nariz. Aspiró profundamente intentando captar una fragancia ya inexistente en los pétalos apagados, en un esfuerzo por retrasar unos segundos la salida de las lágrimas, sin que aparentase estar haciendo un esfuerzo por contenerlas.

–Ya sé que no es ningún consuelo, pero siempre usamos preservativo. Por eso al menos podes estar tranquila. Yo siempre lo uso. Aunque sea con clientes habituales. Bueno, no. No quiero decir que sea… bueno… oye mira…

Caminó hasta la Cómoda con el ramo en la mano. Tenía la papelera a los pies. La miró, había un condón usado. No habían vaciado la papelera por la mañana. Volvió la mirada hacia la foto de la cómoda primero, luego a la mesita.

 

–Él dice que ya nunca practicáis sexo.

–Sí. Anoche lo hicimos. Pero no es asunto tuyo.

–No, tenés razón. No es asunto mío.

Examinó ambas flores y retiró los pétalos ennegrecidos de las capas más externas, permitiendo que quedaran a la vista unos pocos de un rojo más vivo. Caminó de nuevo con paso ceremonioso hasta la cama y se sentó junto a la mesita. Observó el jarrón, que todavía tenía agua, y colocó en su interior de nuevo las flores.

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