Encuentro

No entendía por qué escudriñaba, hasta hacerse sangre, en el pasado.

El encuentro pareció casual. O eso había creído él.

En el vestíbulo del hotel (uno más de los muchos en los que él recalaba), donde los mármoles cuenta historias decimonónicas, donde la lámpara de cristal habla de años de esplendor y de un hoy decadente, él leía en uno de los butacones gastados por cuerpos laxos o expectantes. Llevaba días alojado allí, pero seguía sin decidirse a salir a la calle. Esperaba a que alguna señal, algún acontecimiento decidiera por él.

Levantó los ojos del papel y miró a través de la gran cristalera a la lluvia.

Se levantó. Se acercó a la puerta de salida.

Entró un grupo de gente: vocinglero, con olor a abrigos mojados.

Entonces algo le rozó el hombro. Un roce apenas perceptible. Luego vino el perfume. Tenue, balsámico. Después, la mirada. La de ella. Ojos que nunca debieron cruzarse con los de él. De no haber sido así, su vida, esa que dejaba que decidiera el azar, seguiría siendo lo que hasta ese momento era, mediocre.

Pero no. Hubo el roce de su pañolón de gasa.

Hubo perfume.

Hubo mirada.

Como plagio de tantas novelas donde un hombre solitario y una mujer bella se cruzan en el vestíbulo de un hotel decimonónico.

Los labios de ella se curvaron. Lo hicieron con lentitud, creando un oasis. Era el anuncio de la existencia de un placer desconocido, delicado, oscuro. Una invitación sin paliativos. Un suicidio inesperado de los sentidos que iba más allá de lo carnal. Una muerte clandestina y necesaria. Y tras la sonrisa, unas palabras: «Esta noche, sin falta». Y antes de que él pudiera atrapar con sus dedos algún pliegue del pañolón de gasa, desapareció.

A la noche, en el vestíbulo, tras largos minutos (quizá horas) de esperanzas, se atrevió a preguntar por ella.

Nadie le pudo dar noticias suyas.

Y él permaneció en el hotel más tiempo del que tenía previsto.

Permaneció por fidelidad a su deseo.

Por eso, al regresar a su casa, la poseyó, como venganza. En su pensamiento, en sus fantasías. Violentándola con la pluma: inventando historias sobre hojas de papel amarillentas. La estuvo poseyendo a todas horas, sin tregua, sin misericordia.

La estuvo venerando en un cielo.

La estuvo venerando en un infierno.

********************

La casualidad (esas que nunca son tales) se produjo en el portal de su casa. Frío, húmedo, guarida de arañas.

Él no se sorprendió. Así tenía que ocurrir.

Ella seguía igual. La misma mirada, la misma sonrisa. Tal vez un leve reproche en esa mirada, en esa sonrisa.

«Te estuve esperando», dijo la mujer.

«Te estuve buscando», contestó él.

Ella subió las escaleras, sin titubeos, hasta la puerta del apartamento.

Él, que había atrapado con sus dedos un pliegue del pañolón de gasa, se dejó llevar.

Entraron.

El pañolón escapó de entre los dedos de él.

Todo tenía ya sentido: un fin.

 

Imagen obtenida de Wikipedia. Cuadro de Raimundo Madrazo.

Etiquetas: fin, Hb13, relato, sentido

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