Proust in Extenso

Las había yo repartido para el retrato flanqueando a la mayor, Julia, la que saltó antes de que pudiese sacar los pinceles. Alta y corpulenta, parecía haber tendido con su brinco una sombra gigantesca sobre las otras muchachas, desbaratando el cuadro. A su derecha la pequeña, Susana, de tez morena y corta estatura, se perdía entre encajes y volantes asomando tras las otras con aspecto de ratón asustado y escondiendo las manos. Y a la izquierda de ambas acomodé a la mediana que, pálida y enfundada en un voluminoso vestido blanco, se retorcía un mechón de pelo casi albino y trasladaba su peso de un pie a otro; me hizo pensar en un magnolio en flor puesto del revés. Frente a las hermanas coloqué a dos negritas de las que mi prima Helena se había encaprichado durante un viaje a las Indias -y que había adquirido para entretenimiento de sus hijas-. Ambas se tomaban de la mano y miraban sobrecogidas en dirección a sus dueñas con ojos saltones y sorprendidos. Una mancha blanquecina en forma de media luna tapaba en parte la cara de una de las brunas, la alta y flaca como rama de jacarandá, que tironeaba de la mano de la bufona más pequeña, Mariana, una muñequita de ébano bellísima y de mirar brillante, que gritaba enfurecida mientras se liberaba de su igual: “¡No hacer eso, missy!, ¡tú no poder hacer eso, oyes?”, chillaba con prisas.

Pero sus últimas sílabas se torcieron amparadas en el restallido seco del disparo, justo antes de que un silencio feroz tomara posesión del parque y el tiempo se perdiera por siempre para el pequeño Marcel.

Etiquetas: 3, relato, Tres

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