Una parada obligada

Categoría: habitación 13, Pilar

 

  • ¡Joder, tío, mira eso!, le dice Unai a Aritz en un grito entre la incredulidad y el terror que obliga al amigo a saltar del saco de dormir sin miramientos.

Como hiciera minutos antes Unai, Aritz se restriega los ojos en un intento de recuperar el enfoque de la vida. Pero la vista les devuelve la misma imagen. Los dos se miran sin mediar palabra, los ojos como platos, y de nuevo la mirada por la ventana, ya con la certeza de que no están alucinando.

Llegaron a ese lugar de noche, tras varios días de carretera sin rumbo fijo. Tres días de hacer camino, alternar las canciones a los tres mil decibelios que vomitaba el viejo equipo de música con conversaciones intermitentes sobre las tetas de Ana -que los dos conocen tan bien-, el último disco de… y la cada vez mayor certeza de Unai de que le van a echar del trabajo.

La caravana más repleta de bebida que de comida. Y un leve consumo de hierba en el camino que se mudó en un desfase alegre tras la parada obligada por el pinchazo de una rueda.

Ni siquiera se molestaron en buscar la de repuesto. Anulada la exigencia de la concentración en el camino todo fue un rítmico suceder de risitas flojas, más tetas verbalizadas, muchos espontáneos “saca otra cerveza” y otros tantos silencios divinos en la espera del papel liado y listo para quemar. Y más risas y más tetas y algún estribillo a coro y mil planes de esos que se juran como en un pacto de Estado por romper la puta rutina del día a día de los firmantes.

Ya de día, la resaca de las neuronas es una buena justificación para lo que tienen ante sus ojos. De ahí el obligado restriegue de dedos contra cuencas. Y el empeño de las cuatro órbitas contra la estrechez de la ventana. Pero nada cambia el fotograma.

Ante ellos, un suceder de perros callejeros caminando sobre tres patas. Unos tristemente cojos, aunque todavía conservando la pata inútil. Otros, alegremente trípedos, como si hubiesen nacido así. Y algún extraño con una pata ortopédica articulada de última generación, obtusamente inutilizada -qué burros son los animales y sus instintos-.

Treinta minutos después de ese mirar sin desayunar ni fumar Unai y Aritz vuelven a compartir cuencas, pero esta vez las acompañan unas palabras.

  • Joder, un tío.
  • Hostia, sí, aquí vive gente. Me empezaba a sentir como en el Planeta de los perros cojos.
  • Vamos a pedirle ayuda para arreglar el pinchazo.
  • Espera, ¿tú crees que ese manojo de arrugas con garrote nos puede ayudar a resolver nada?
  • Pero es un hombre. Sabrá donde arreglar el pinchazo -dice Unai-, o -Aritz-, o los dos en su interior sin verbalizar nada.

Por aliviar el peso de la escena, Unai propone tomar unos huevos fritos con café. Aritz se pone a ello con una exigencia de concentración que no consigue, aunque engaña al amigo. Unai hace acopio de fuerzas por acompañar el crujido de la cáscara, el batir del contenido y el olor del resultado con alguna gracia que se le queda en la garganta.

Comen en silencio. Tras el desayuno reconfortante y sin mediar palabra se fuman otro peta y vuelven a dormir. Una caravana con tres ruedas no anda. ¿Y a quién le importa?

Etiquetas: Tres

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