Bolitas de queso

A la de tres. A la de una, a la de dos y a la de tres. Respiro. El aire es más frío, más punzante aquí arriba. Las luces de los edificios me hacen pensar en la vida que hay en ellos. En las oficinas trabajo por hacer. En las casas la cena, los niños, la noche por hacer. Mi madre lavaba la colada a esa hora cuando la suciedad del día había alcanzado su zenit y sabía que hasta el día siguiente no llegaría más. Recuerdo dormir entre olor a suavizante y mi hermana pidiendo un cuento más. El del castillo de animales, rogaba, ese que yo había escuchado unas mil veces pero que no me importaba repasar otra más en la voz de mi padre. Porque mi padre se lo inventaba un poco cada vez y atento, yo esperaba descubrir el gazapo.

A la de tres, me dije. Una sirena pareció darme el arranque para la cuenta atrás pero por el contrario, hizo que recordara el tronar del puerto adonde íbamos a echar bolitas de queso a los peces, que sobrevivían entre las hélices de los barcos. ‘¿Por qué no se hunden si están tan gordos?’, preguntaba mi hermana y yo, que jamás he entendido cómo flotan los barcos, le contestaba que cuanto más gordos mejor, que así se convertían en globos y no podrían sumergirse. Mi hermana dudaba pero todavía se fiaba de mí; entonces, tiraba unas cuantas más y aparecían infinidad de bocas peleándose como un grupo de delfines entrenado sosteniendo una pelota. Mi padre nos silbaba e íbamos de su mano a ver a su amigo Ted que siempre estaba limpiando su barco. ‘¿Por qué nosotros no tenemos uno? A mí me gustaría tener un barco’, le decía mi hermana a mi padre empezando a desear lo que otros tenían. Entonces él poniéndose de rodillas, a su altura, y mirándole a los ojos le contestaba que ella no había nacido para limpiar. Olí a pescado crudo y a sal en mitad de una ciudad seca.

Sin más, no cuentes que distrae. Pero volvía a la infancia, era como si el resto de mi vida no hubiera existido. Quizá la vida solo merecía la pena durante lo primeros años, cuando uno todavía no puede estropearla por sí solo. Yo lo había hecho a la perfección. Eso me fastidió, me removió, pensé que esa idea era muy buena para darme las fuerzas necesarias para dejarlo todo en el tres. Comenzaron los reproches: primero a mí, luego al mundo en general, después a nombres en particular. Cuando me pongo en ese estado tan insoportable necesito un cigarrillo. Lo saqué, me lo fumé. Y otro más. Recordé a mi madre fumando en el porche echando las cenizas a las macetas que ella cuidaba con parsimonia. No parecía estar alterada. Cansada, quizá. Nos observaba, entre las pequeñas nieblas de su humo negro, colocar bajo las flores legiones enteras de muñecos, construir pueblos entre las ramas de sus rosas, de sus lirios, o enredar soldaditos por sus buganvillas. ‘¿Quién pinta los colores de las flores? Yo quiero pintar mi propia flor’, le dijo mi hermana una vez. ‘Esta noche le rezaremos al Señor para que mañana tengas una flor blanca que pintar’, le anunció mi madre que, tras el desayuno siguiente, la llevó al rincón donde crecían margaritas. Pude agarrar en mi mente la goma dura de mi soldadito preferido, que bauticé como Teniente Drake. Me gustaba ese apellido. Olí a jardín y a suavizante pese a llevar puesta una vida sucia.

A lo mejor si me pusiera de espaldas no me costaría tanto, el cielo está lleno de nubes en las que buscar formas. La de mi hermana debe ser un castillo inmenso cubierto de flores garabateadas. No quiero verla. Si todos están arriba tú qué haces aquí abajo, me digo. Di tres, di tres. Pero me aterra pensar si yo me hundo, si yo no subo o me quedo a medio camino. Retrocedo. Pienso en los peces y en las bolitas de queso.

 

 

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