Garzas y ballenatos

Acechando tras un matorral a la espera del rayo perfecto, ese que se romperá en mil estrellado contra la piedra que tapa una ola sin espuma, un bulto negro cruza bailoteando mi objetivo; es enorme y me hace perder la perspectiva. Enfadado, bajo la cámara, observo y espero que desaparezca. Pero no lo hace y disparo incansable, confiando en redimir ese rayo con alguno de los tiros que descargo en el mismo punto mil veces. Luego miro lo que ocurre al otro lado de la cámara.

Es una mañana brillante de cielo limpio, y una mujer algo más que cuarentona corretea por la arena hacia la orilla. Sus espléndidas medidas se aúnan, solidarias, en un bañador enterizo que recoge como puede su figura desbordante de alegría. Su media melena oscura, con un mechón blanco a un lado, está sujeta por una cinta elástica que deja al descubierto una cara feliz. Corre buscando el agua con gesto de absoluto placer; la expectación brilla en sus ojos, casi enterrados en pequeños neumáticos rosados. Mientras contemplo su correteo desconocidos afanes me inundan la garganta; puedo anticipar lo que ella sentirá al lanzarse, con ansias y de cabeza, al agua. Quiero fotografiar ese instante preciso; quiero que dure para siempre.

Ella llega a la orilla y, en lo que parece un gesto de místico agradecimiento, cierra los ojos y alza brazos y cara al sol, risueña.

Pero en ese preciso instante, y en cuestión de segundos, el cielo burla a mi modelo y un enorme chaparrón, que llega en forma de nube densa y oscura, cae de golpe sobre ella.

─Nonono, por favor no… ─imploro arrodillado entre las matas.

Su cara se convierte en una máscara de desilusión y pena tan profundas que atraviesan el espacio y me apuñalan el corazón a través del objetivo.

Decepcionada, ella mira a su alrededor, baja los brazos y la cabeza, y trota despacio, como un hipopótamo torpe, hacia el montón que forman la toalla y unos zuecos desteñidos por el sol. Recoge sus cosas y mira de nuevo al mar con tristeza resignada. Aprieta la toalla contra su pecho mientras el mío sangra sin remedio.

Cojo mis bártulos con desgana y mientras me alejo de la orilla veo que mi modelo tira la toalla, lanza los zuecos al aire y echa a correr con la ligereza de las garzas hacia el mar que la lluvia sigue mojando con empeño. Mi corazón deja de sangrar y, jubiloso, espera el remate de la jugada, que no lo decepciona.

La zambullida del pequeño ballenato negro es perfecta: con el pelo pegado a las mejillas y su barriga por delante, ella se lanza alborozada al mar produciendo tal impacto en él que, sumisa, el agua se abre a sus costados en dos paredes de gotas perfectas y brillantes que luego caen de nuevo sobre sí, cerrando otra vez el mar. Un instante después reaparece, triunfante, con un salto inconcebible para la imaginación humana, chorreando las gotas que se apropió al zambullirse.

─¡Sí! ─grito alborozado.

Mientras me acerco, disparo a lo loco y el tiempo se para.

Es entonces cuando ella ve mi cámara en acción y, sorprendida, sonríe con timidez.  Manteniéndose un momento en el aire, adopta una pose coqueta de medio lado y luego cae al agua con los brazos en alto; en los dedos de ambas manos, la señal de la victoria.

Etiquetas: Hb13, relato, sensaciones

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