treSerpientes

Categoría: César, habitación 13

     Los faros del coche iluminan unas roderas, un camino de tierra apenas transitado que se adentra en el valle; las puertas delanteras están abiertas, el motor aun caliente. Hay polvo en el aire y en la piel sudorosa del hombre que se yergue entre los matojos, y que mira hacia abajo. Su respiración es agitada, su voz tranquila.

     -Nací el 17 de noviembre de 1966 en Piedras Negras, Estado de Cohauila, Méjico; aunque bien pude haber venido a este pinche mundo en cualquier otro lugar. Mis padres habían comprado unas tierras al sur, un ranchito cerca de Guerrero, y allá se dirigían cuando llegué yo. En cuanto mi madre pudo andar y cargar conmigo continuaron viaje. No tuve hermanos ni hermanas así que, siendo yo sólo, en cuanto crecí lo suficiente empecé a trabajar en el campo. Apenas si veíamos a alguien durante el día. Durante todos los días. Sólo los domingos y fiestas de guardar cuando íbamos a la iglesia. Allí fue dónde conocí a Lucía. Y donde comencé a cortejarla cuando tuve edad. En el 85 las fiebres se llevaron a mis padres. A los dos a la par, en un suspiro. A la semana del entierro, una mañana, me despertaron unos golpes en la puerta de casa. Apenas si había amanecido y yo casi ni veía. ¡Pero vaya que sí vi! Era Lucía. “Mientras yo tenga aliento a ti no te faltará cuidado”, me dijo. Y entró en casa y se puso a preparar el almuerzo. Y aunque apenas había cumplido los diecisiete, a nadie le extraño que nos casáramos. Tuvimos dos hijos: Manuel, el mayor, y Guadalupe, mi chiquita. Apenas se llevaban un año. Iban a todos lados juntos. Daba gusto verlos. Lucía y yo no queríamos para nuestros hijos la vida que a nosotros nos tocó vivir. Decidimos emplear todo el trabajo y todos los ahorros en la educación de los chicos. Y así fue como los enviamos al internado. Más o menos por aquel entonces aparecieron ustedes, los gringos del gas. Venían de San Antonio, Texas, repartían dólares como si fuesen estampillas de santos. Se instalaron a un par de kilómetros de donde estaban los chicos y al poco empezaron a contratar gente. A mí se me abrió el cielo, podría ganar mucho más que con el rancho y ver a mis hijos cuando quisiera. No costó que me dieran empleo, no hacía falta tener mucha escuela para cargar tuberías adonde a uno le decían. Unos meses más tarde me pusieron a cargo de las bombas que metían a presión en el suelo el contenido de las cisternas que venían del otro lado. Nunca supe lo que traían dentro; tampoco pregunté. Y así seguimos unos años, Lucía en el rancho, los chicos en la escuela y yo en la perforadora. Un buen día el capataz nos juntó a todos y nos dijo que ya no había más gas, que nos pagarían lo que se nos debía y que nos volviésemos a casa. Quisimos preguntar a los patrones, pero ya no había nadie a quien preguntar. Se habían ido, sin más. A Lucía y a mí poco nos importó, Manuel acabaría la escuela ese año y Lupita al siguiente. Sólo había que apretarse el cinturón un poquitito más. Y vaya si tuvimos que apretárnoslo. Lo del internado fue como una epidemia, día a día iban cayendo enfermos: alumnos, profesores, ayudantes, todos. Nos entró el miedo, nos trajimos los chicos a casa. Era tarde, la bicha ya les había mordido. Dejaron de comer, se pusieron amarillos, se te encogía el alma sólo de verlos. Fuimos de doctor en doctor pero ninguno supo encontrarles el mal. Las autoridades federales acabaron mandando un ingeniero que recorrió la zona, habló con los enfermos, y analizó el suelo, la comida y la bebida. Al final dijo que el problema estaba en el pozo del internado, que el agua estaba envenenada; recogió sus cosas y se fue. Y no tuvimos más ayuda.

     El hombre alza la cabeza, mira al frente, a un punto indeterminado en el horizonte. Imposible distinguir las estrellas de las luces de las poblaciones del valle. Hace frío, ahora lo nota.

     -En una semana se nos fueron los dos. Primero Guadalupe, mi chiquita. A los pocos días Manuel, el mayor.

     -Lucía enfermó de locura. Se culpaba a sí misma por haberlos enviado fuera de casa y a mí por envenenarlos día a día con mi trabajo. Una tarde limpió y recogió la casa, se lavó de arriba abajo, se peinó como de fiesta y se puso su mejor vestido; salió de casa, fue hasta el cobertizo donde guardábamos la yegua y se colgó. En la mesa me había dejado la cena preparada.

     Y como despertando de un sueño el hombre vuelve en sí, y vuelve a mirar hacia abajo. Casi no lo distingue; no hace falta, lo siente a sus pies. Se pone en cuclillas y susurra.

     -Sé lo que está pensando, gringo del gas: se está preguntando por qué carajo le cuento todo esto ahora que ya le metí cuatro dedos de acero en el corazón, ahora que el alma ya se le despegó. Pues verá, el caso es que el veneno de haber perdido a mis dos hijos y a mi mujer tendría que haberme matado. Pero no lo hizo y se me quedó dentro. Y entonces supe qué tenía que hacer: cruzar la frontera siguiéndoles el rastro y darles caza como a alimañas; y ya se sabe, cuando uno caza no platica. Pero ahora,… ahora que ya está usted del otro lado,… ahora que va camino del infierno, donde pronto nos encontraremos, quiero que conozca bien mi historia. Y que sepa quién lo mató. Todos me dicen treSerpientes.

Etiquetas: 3, cuento, Hb13, historia, negro, venganza

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